24 de agosto de 2019
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José Ocampo Avendaño

10 de mayo de 2019
10 de mayo de 2019
Ilustración con tratamiento basado en el puntillismo artístico.
Si se calla el cantor calla la vida, porque la vida, la vida misma es todo un canto…

Álvaro Marín Ocampo

alvaro marinRayando las 23 horas del pasado primero de mayo y bajo el auspicio de san José –patrono de la buena muerte–, la autenticidad humana sufrió un golpe mortal. Cuando el pulso del tío José se apagó, comprendimos que su espíritu admirable sólo acababa de romper las ataduras terrenales para liberarse definitivamente de los dolores y de los silencios inconmensurables.

El tío José encarna, para la posteridad, la excelencia de los afectos, la extraordinaria calidad del ser humano y el retrato hablado y cantado del legendario Cascarero –el centro de gravedad de nuestras devociones–, en todos los tiempos. Pero, nuestro cantor, recuperó su libertad absoluta, su autonomía de vuelo para poder emprender la travesía sin regreso por el camino de los siglos, el éxodo definitivo de este planeta triste.

Intentar un bosquejo de la parábola vital del tío José, es delinear la crónica de la nostalgia infinita, la memoria de las herencias y de los legados familiares, la fábula de la tenacidad y el estoicismo, porque él llegó al final del camino después de 90 años de lucha y resistencia contra la ingratitud institucional y el denso manto del olvido colectivo o, del artilugio perverso de la amnesia selectiva que en el fondo son lo mismo. De allí, esta página apuntalada en su memoria con el propósito de construir unas líneas plenas de impostergable gratitud.

Aun cuando el menor de los Ocampo Avendaño estaba precedido del lustre y el renombre de la poderosa familia aposentada en la inmensa casona de la calle 28 número 19-08, –la casa de los abuelos en Manizales– José brillaba con luz propia, tenía la energía natural y la capacidad suficientes para echar a andar los sueños de progreso y poner su impronta de éxito en los proyectos productivos que forjaba con sus manos diestras y honradas de ejecutivo de oro. Eran otros tiempos, las empresas tenían alma y las personas lealtad y transparencia, tenían valor, pero no precio. Ahora, en la era de la perpetua decadencia, la verdad es la mentira más eficiente y lo único auténtico es lo artificial.

José rompía los silencios –heredados legítimamente de su padre– con las rondallas, los bambucos, las serenatas que todavía vibran en el recuerdo de quienes lo quisimos y compartimos su inmensa compañía. En su guitarra –erudita en todos los ritmos– todavía rema infatigable El boga mientras esperan como buenas samaritanas la Señora María Rosa y también Mi señora Rosario, y se va La lancha para jamás volver después del recio temporal, pese al Anhelo infinito de la mujercita que dulcemente cantó. Además, se agazapan Las acacias y Los guaduales, las Flores Negras y El limonar a punto de reverdecer, lo mismo que el inconfundible Sabor de mejorana y el Copito de yerbabuena y la Negrita con su sonrisa inmortal, porque Tienen sus ojos un raro encanto en esta Muchacha de risa loca. Y, naturalmente, en su cancionero personal no faltaban páginas festivas e inolvidables como El grillo o Satanás es un mosco yo lo conozco. En fin, José sabía darle, mejor que nadie, significado, sabor y encanto a la vida a través de las canciones con los arrullos y las cadencias propias de sus más hondos sentimientos, con una voz bien timbrada y su fina catadura de actor consagrado.

Quienes vivimos los mejores momentos del tío, siempre lo vamos a evocar espontáneo y jovial, como un guía ineludible de los valores familiares, de la integridad moral y ética, de la capacidad para enfrentar los días difíciles con fe y una sonrisa. Queda con nosotros la imagen del padre y del amigo excepcional, del hombre y del profesional honesto, del pariente y contertulio inigualable.

Es posible que detrás de su muerte, José esté viviendo su propia realidad porque él sabía que la vida es una esclavitud si la libertad de morir nos falta. Ahora, sus cenizas se diluyen en la hondura del reino de los silencios bajo la sombra de un árbol nostálgico, allí a la orilla del Guacaica, el mismo río que viene de nuestra infancia, donde los suyos tratamos de asimilar su ausencia irreversible.

Desde que el tío José abandonó para siempre las fatigas terrenales y se transformó en una brizna de lumbre y eternidad, podemos decir, en sus propias palabras, que ya no cantan las mirlas por la mañana, porque si se calla el cantor, mueren de espanto la esperanza, la luz y la alegría.

Bendito sea mi Dios, como decían las abuelas para paliar la desesperanza en las horas más oscuras…