24 de mayo de 2019
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Colombia, el enemigo externo

13 de mayo de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
13 de mayo de 2019

En su campaña reeleccionista Trump está utilizando a nuestro país para el discurso nacionalista; el tema de las drogas produce votos en Estados Unidos y Colombia aparece, de nuevo, en la agenda de la primera potencia del mundo, como en la época del presidente Samper.

Una vieja historia

Colombia ha sido el más fiel y sumiso amigo de Estados unidos en el continente; sin embargo estas relaciones empezaron mal por la construcción del Canal de Panamá. Desde comienzos del sigo XX creció el odio en América Latina contra el poderoso país del norte, que se estaba convirtiendo en una potencia mundial; y con el fin de romper la resistencia de los gobiernos y facilitar el ingreso de sus capitales, para explotar los recursos naturales, planteó la política de buen vecino por medio de préstamos para construir ferrocarriles y carreteras. Colombia resultó más sumisa desde que las administraciones aceptaron la indemnización de 25 millones de dólares por el robo de Panamá. Fue por esa época cuando Marco Fidel Suárez comenzó a plantear la tesis de la “Estrella Polar” que se convirtió en nuestra política internacional. Al respecto decía Suárez que “Quien quiera que observe el poderío de la nación de Washington, su posición en la parte más privilegiada de este continente, sus influencias sobre los demás pueblos americanos de los cuales ella se ha llamado hermana mayor […] Siendo esto así el Norte de nuestra política exterior debe estar allá, en esa poderosa nación, que más que ninguna otra ejerce decisiva atracción respecto de todos los pueblos de América”.

Desde aquí arranca una larga historia de obediencia, sumisión y humillación. Y lo demostró con su posición política en la Guerra Fría, en la lucha contra los países socialistas y en la participación en la guerra de Corea.

La guerra perdida contra las drogas

Empezó en el año 1973 cuando el presidente Richard Nixon desató una guerra total contra la amenaza de la droga. En esta nueva política se creó la DEA (Drug Enforcement Administration), o la Administración del Cumplimento de Leyes sobre Drogas. La poderosa agencia, con su gigantesco presupuesto, dispone de un inmenso conglomerado de más de 10 mil personas, con modernos buques, aviones, satélites de comunicaciones, radares y armas, para hacer más efectiva su función, en más de 60 países de todos los continentes. Pero cuando se hace el balance de esta política, creada en Estados Unidos, se concluye que a este país le conviene la guerra contra las drogas. Seguramente allí hay grupos mafiosos que controlan el negocio, pero no aparecen sino en las películas, de allá salen las armas para la guerra que se vive en México, en Colombia y en otros países, y a cambio reciben los dólares que produce el negocio. Se lucran con el polvo blanco y con miles de millones de dólares y nuestras naciones se quedan con la guerra, con el conflicto armado, con los muertos y con las migajas del lucrativo mercado ilícito.

Hoy se concluye que la guerra contra las drogas ha resultado muy costosa, no logró sus objetivos y produce más conflictos. Por ello aparecen nuevos actores criticando la política de Washington. Desde hace muchos años numerosos líderes de América Latina vienen manifestando la preocupación por la agudización de la violencia en estos países: Colombia, México, Guatemala, Honduras, Bolivia, Perú, Venezuela y el Caribe. Además, la inflexible política de Estados Unidos viene aumentando las tensiones con las naciones que viven la tragedia de la droga. También los estadounidenses piden repensar la política de drogas; tres de cada cuatro encuestados piensan que esta guerra es un fracaso: el país tiene la población carcelaria más grande del mundo, debido a su estrategia punitiva. Al respecto muchos plantean el reemplazo de la prohibición por la regularización del suministro y consumo de sustancias psicoactivas.

Colombia es el principal productor de cocaína del mundo y envía al mercado de Estados Unidos el 80% de su producción, pues allá existe un mercado de 35 millones de consumidores. Pero este protagonismo le trajo a nuestro país una serie de desgracias. Desde cuando Belisario Betancur declaró la guerra contra las drogas llovieron las siete plagas de Egipto; los siguientes presidentes se enfrentaron a las mafias y se desató la terrible guerra interna que no hemos podido superar. El país se comprometió totalmente con la política de prohibición de las drogas impuesta por Estados Unidos y como consecuencia hemos sacrificado más vidas que ningún otro estado; al mismo tiempo padecemos el deterioro de las instituciones por cuenta del narcotráfico.

Estas relaciones se estrecharon más durante los gobiernos de Álvaro Uribe a tal punto que en un artículo de la revista Semana (marzo de 2009) se afirmaba: “¿El Estado 51? Pocas veces en la historia de Colombia, Estados Unidos había metido tanto sus narices en las políticas internas. Y lo increíble: con el visto bueno del Estado”. Es que en esa época nuestro país se había convertido en su principal aliado en América Latina: apoyo a la guerra de Irak, ciega lucha contra el terrorismo y férrea oposición a los gobiernos de Chávez y Correa. Pagamos un precio alto pues Uribe se aisló en la región. Pensaba que de ese modo, con una relación especial en lo militar y en lo político, se estaba haciendo un buen negocio. Hoy la historia se repite y se afirma que la relación con Estados Unidos se narcotizó; su ojo está presente en todas las decisiones importantes, como las objeciones a la JEP, la extradición de Santrich, el glifosato, la estrategia con Venezuela, el proceso de paz y las visas a congresistas y magistrados.

Se dice que regresamos a la época de Myles Frechette; el embajador Kevin Whitaker ya cumplió cinco años en la Embajada de Estados Unidos en Bogotá y por lo tanto conoce toda la historia reciente de Colombia. Pero lo que más molesta a Washington son las 220.000 hectáreas de coca, y ante la poca efectividad para disminuir su cultivo, proponen la fumigación con glifosato, que se prohibió en 2015. Sobre el tema Trump hizo dos comentarios: advirtió que el país exporta más cocaína que nunca y, aunque Duque “es buen tipo, no hay resultados”; y que Colombia quiere llenar a Estados Unidos de criminales.

No será fácil la relación con el gran aliado del norte, sin perder la independencia, ni la soberanía, porque con Trump las cosas son a otro precio; además, recordemos que el gobierno de Estados Unidos tiene intereses y no amistades.

Duque, instrumento político de Trump

No se imaginó el presidente que la luna de miel con el mandatario de Estados Unidos sería tan corta; su visita a la Casa Blanca resultó perfecta por el protagonismo internacional contra el gobierno de Nicolás Maduro, pero ante el fracaso del Grupo de Lima y de Juan Guaidó, se prolongó el régimen venezolano, aunque con enormes problemas. Y como Trump está en campaña política, Colombia dejó de ser un aliado y se convirtió en el enemigo perfecto, por el considerable aumento de las hectáreas cultivadas de hoja de coca; de nuevo nuestro país es el malo del paseo, como en la época terrible del reinado de las mafias ¡Es muy mala idea ser aliado estratégico de Donald Trump!