14 de mayo de 2021
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Los 90 años de mi tía Yuyita

4 de abril de 2019
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
4 de abril de 2019

Los artículos que con alguna regularidad escribe sobre su núcleo familiar Oscar Domínguez motivan esta nota nostálgica sobre mi tía Obdulia. El autor del libro El hombre que parecía un domingo escribió hace poco una sentida nota sobre su tío Julio Giraldo, con motivo de sus cien años de existencia. Al leerla, me pregunté: “¿Cómo hará este hombre que escribe notas salpicadas de fino humor para fajarse sentidos artículos sobre sus cercanos en la sangre?”. Pensé entonces que yo también podía escribir notas con sentido humano sobre una persona ligada a mi sangre. La oportunidad se me dio con motivo de cumplir noventa años de edad mi tía Obdulia. “Aquí fue”, dije cuando su hijo Orlando, mi primo, que es como el papá de toda la familia, me invitó a la celebración de tan magno acontecimiento familiar.

He sido desde hace varios años el encargado de llevar la palabra en todo acontecimiento que tenga relación con la familia. No sé si a Oscar Domínguez le pasa lo mismo. Intuyo que si por aquello de que maneja una pluma ágil, donde las remembranzas de la sangre afloran para encharcar los ojos de quienes lo escuchan.  Yo despido a los muertos, saludo a quienes llegan a la vida, hago el panegírico de los que reciben un título, escribo la despedida del que se va para otro país, le doy la bienvenida al que llega de tierras lejanas y ofrezco el brindis por el que está de cumpleaños. He despedido hacia la eternidad a mis padres y a mis amigos, pero también a las tías que nos han antecedido en el camino de la muerte. ¿Cómo no escribir entonces sobre una tía que ocupa un lugar especial en mi corazón?

Empiezo diciendo que de mi léxico desapareció hace muchos años el nombre de Obdulia para referirme a mi tía, una mujer que es todo amor y ternura. Yo la llamo, simplemente, Yuyita. Pienso que esta palabra expresa cariño, tiene connotación tierna, condensa lo que ella es: un ser humano excepcional, que a sus noventa años conserva lucidez mental y una vitalidad sorprendente. Pues bien: Yuyita ha arribado a esa edad que Oscar Domínguez califica como prueba reina de que se ha vivido con alegría, irradiando cariño. La mamá de Orlando, Nicolás, Dora, Héctor Helí, Carina, Jorge y Melba Ruth ha disfrutado de la vida, y a los noventa años sigue siendo una mujer vital, de pulso firme y corazón resistente. Para ella “envejecer es tener más ganas de vivir”.

A sus noventa años de edad, mi tía Yuyita conserva el corazón joven, la mirada clara y la sonrisa fresca, como cuando tenía treinta años. No es sino verla sentada en la poltrona de la sala, siempre sonriente, para uno darse cuenta de que aún vibra en su sangre la alegría. Es que ella expresa vitalidad en las palabras. Porque pregunta con cariño por la familia, recuerda hechos del pasado con nitidez, celebra las cosas buenas que le pasan a los sobrinos. Como el tío de Oscar Domínguez que cumplió cien años, Yuyita no presiente la llegada de ese señor alemán que causa estragos en las personas cercanas a la centuria. Ella mantiene frescos en el recuerdo sus años de infancia. Es agradable escucharla cuando relata cómo nuestra abuela llamaba a los once hijos para rezar el rosario al pie de la cama.

Mi tía Obdulia tiene el oído perfecto, el corazón entero y la mirada encendida. Oye bien. No hay que repetirle las preguntas, ni contarle varias veces quién de la familia está enfermo. Con una sola vez que se le diga basta. Memoriza con asombro. Con decirles que muchos de los hechos que narro en San Rafael de los Vientos logré reconstruirlos gracias a su memoria portentosa. Fue ella quien me dio el nombre de la señora del carnicero de Aranzazu que por los años cuarenta hacía de partera. Y fue quien me ayudó a delinear la figura del sacerdote que dirigió los destinos espirituales del pueblo durante dieciséis años. Tiene conciencia del puesto que ocupa en la familia. Con su cabello plateado, es casi la imagen viva de la abuela. Con esa fortaleza que exhibe, estamos preparándonos para celebrarle el centenario.

Siempre se ha dicho que celebrar un cumpleaños es festejar la vida. Yo agregaría que es encender las fogatas de la alegría para expresarle cariño a alguien unido a nosotros por los lazos de la sangre. En el caso de mi tía Yuyita, es la oportunidad para los sobrinos manifestarle cuánto la queremos. El día de su cumpleaños entraron a su celular, que lo maneja bien, cientos de llamadas de toda Colombia. Y hasta en su IPad escuchó de viva voz los mensajes de Nicolás y Jorge, los hijos que viven en Estados Unidos. Es que a los noventa años maneja la tecnología como si fuera una muchacha de veinte. Exaltar su existencia en una fecha tan especial es un compromiso de la sangre. Porque ella abre su corazón para darse a los demás con un cariño inmenso. Y eso hay que agradecerlo.