20 de julio de 2019
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Las consecuencias del bogotazo

8 de abril de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
8 de abril de 2019

Este 9 de abril recordamos, como siempre, al dirigente de los sectores populares Jorge Eliécer Gaitán, sacrificado para que no llegara a la presidencia de la República. En esa época la polarización del país y la división política desembocó en la guerra civil entre colombianos. Sectores del gobierno, de los empresarios y de la clase política, propusieron la violencia como recurso para impedir que el país girara hacia la democracia liberal. Desde la administración los discursos incendiarios promovían el sectarismo político. Pero llegaron, como grupo de apoyo, los latifundistas parasitarios y gamonales, preocupados por la Ley 200 de 1936 de Alfonso López Pumarejo. Querían impedir que aparceros y arrendatarios se quedaran con parte de los latifundios y para ello contrataron a bandoleros, a  “pájaros” y a chusmeros, para expulsar a sus aparceros y agregados. La violencia por razones económicas se sumó a la política. La bestialidad se extendió por todo el territorio nacional y aumentó el número de asesinatos. Sólo en 1947 hubo cerca de 14.000 muertos por la violencia. Al mismo tiempo se reprimieron las huelgas y las manifestaciones obreras.

El Jefe Único del Liberalismo

El 5 de mayo de 1946 el candidato conservador Mariano Ospina Pérez ganó las elecciones presidenciales al Partido Liberal mayoritario, pero dividido; después de la derrota las diversas corrientes liberales se congregaron alrededor del caudillo Jorge Eliécer Gaitán quien era, en ese momento, el líder indiscutible del partido. Todos sabían que él sería el próximo presidente del país: era un dirigente carismático, con un impactante discurso, cuyas consignas calaban en los sectores populares. Se dice que imitaba a Lenin. Desde su posición de Jefe Único se empeñó en la denuncia contundente contra la violencia reaccionaria, pero usando una táctica pacifista. Frente a los asesinatos en Boyacá, en Santander y en otros departamentos, Gaitán convocó al pueblo a la Marcha del Silencio, para el 7 de febrero de 1948. Ante una multitud de cien mil personas dijo, refiriéndose al presidente Ospina Pérez:

Vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para rescatar la emoción en su silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa.

Señor Presidente: nuestra bandera está enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones sólo os reclama que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como querríais que os trataran a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes.

El alto gobierno quedó impresionado con esta manifestación. Producía terror ver a miles de personas en absoluto silencio. La prensa hizo énfasis en el poder de Gaitán sobre el pueblo. Mientras transcurría la Marcha del Silencio en Bogotá, se realizaron actos en otras ciudades del país.

La Marcha del Silencio en Manizales

La concentración en la capital de Caldas fue gigantesca. Se inició a las cuatro de la tarde en el Parque de Bolívar e intervinieron los dirigentes liberales Guillermo Londoño Mejía, Ernesto Arango Tavera, Luis Jaramillo Montoya y Marco Giraldo Sanín.

Mientras se desarrollaba el acto político salían de los pasillos de la gobernación algunos saboteadores a gritar abajos al liberalismo y vivas a Laureano Gómez. Numerosos agentes de policía protegían la puerta principal de acceso a la gobernación y los agentes secretos mostraban sus revólveres en forma amenazante. Había interés en sabotear la manifestación desde el propio Palacio Departamental. Cuando el acto se disolvía y los participantes se dirigían a sus casas empezó la provocación desde este edificio. Los carabineros entraron a la plaza y luego se replegaron hacia el Palacio de la Licorera, que estaba en construcción. El diario La Mañana (8 de febrero de 1948) registró los hechos:

En estos momentos, desde aquel edificio en construcción, se hicieron los primeros disparos sobre la multitud que ocasionaron el primer herido. Los liberales, entonces, retrocedieron hacia la esquina de la gobernación donde se hallaba situado el almacén de Hijos de Liborio Gutiérrez. Entonces empezó el abaleo desde la propia gobernación.

De las mismas ventanas de la oficina del gobernador Muñoz Botero y desde el Puente de los Suspiros se hicieron varios disparos, que rebotaron contra el pavimento y ocasionaron más heridos. De allí en adelante siguió el abaleo general. Los particulares conservadores, que en semanas anteriores habían sido armados por la policía de Caldas, y la propia policía desde la planta baja de la gobernación, lanzaron sobre la multitud un fuego graneado en todas direcciones”.

Hubo 13 muertos y más de 20 heridos; Gaitán llegó a Manizales y pronunció su último discurso sobre la paz, sobre el dolor colectivo, en el cementerio de San Esteban.

El Bogotazo

El manto de la violencia cubría todo el país. El escenario no era sólo el campo sino que su sombra aterrorizó las ciudades. En el pueblo quedaba la sensación de que los disparos eran producidos, también, por armas oficiales. Y Gaitán multiplicó sus discursos. Las consignas retumbaban como latigazos: ¡Contra la oligarquía, a la carga! ¡Por la restauración moral, a la carga!  Después de la Marcha del Silencio el caudillo liberal, y líder de la oposición, se convirtió en el principal obstáculo para los objetivos del régimen.

El movimiento gaitanista fue recibido con odio por diversos sectores de la clase dominante; por ello las marchas del silencio, del 7 de febrero, fueron reprimidas a sangre y fuego. Las llamadas “fuerzas oscuras” tenían que derrotar al pueblo, mediante la violencia, con el fin de instalar la hegemonía. Para golpear la oposición, aglutinada en el partido liberal unido, bastaba con asesinar a su principal líder. El mismo Jorge Eliécer Gaitán decía: “yo no soy un hombre, soy un pueblo”. Y se planeó el crimen. Cuando Gaitán cayó herido, el 9 de abril, la primera reacción de quienes escucharon los disparos fue perseguir al asesino. Y Roa Sierra se convirtió en un trofeo para la multitud, que marchó hacia la sede del gobierno. El pueblo enfurecido buscó otros blancos que representaban el poder: el ministerio de Relaciones Exteriores, donde debía estar Laureano Gómez;  el ministerio de Justicia y la Gobernación. El ataque al Palacio Arzobispal significaba el repudio a la jerarquía católica, que había tomado partido al lado de la extrema derecha.

En Manizales hubo una explosión colectiva los liberales quemaron los talleres del diario La Patria y la oficina del jefe conservador Gilberto Alzate Avendaño; estos fueron los dos focos de desfogue de la gente.

El gobierno de Ospina estuvo a punto de ser derrocado, pero se sostuvo porque el Ejército lo apuntaló.  Por su parte los dirigentes liberales no supieron aprovechar la oportunidad: no apoyarlo hubiera sido suficiente. Ospina Pérez se asustó demasiado por el levantamiento popular y les propuso a los dirigentes liberales un gabinete de unión nacional; la fórmula fue aceptada. De este modo los jefes contribuyeron al apaciguamiento de los ánimos del enfurecido pueblo liberal. Y el acuerdo bipartidista sólo duró un año, porque el sectarismo y los afanes hegemónicos acabaron con la coalición. Así, el período de violencia política se prolongó hasta 1960.

Había sido asesinado el líder más popular, pero su ideario se extendió por los países de América Latina.