18 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

El acuarelista que siente vibrar el agua Jesús Franco: 90 años con el pincel en la mano

8 de abril de 2019
8 de abril de 2019
En su estudio, el maestro Jesús Franco Ospina dedica su vida a pintar. Prepara una exposición con motivo de sus noventa años de edad. Será una serie en pintura surrealista de figuras abstractas.

Por JOSE MIGUEL ALZATE

Desde una puerta de rejas azules se observa el interior de una vivienda que a simple vista no tiene ningún atractivo. Lo que desde allí se aprecia es un patio amplio donde dos perras, Lola y Lupe, ladran cuando alguien toca. Un portón azul y una pequeña ventana, al fondo, no hacen pensar en la belleza de lo que hay en su interior. Sin embargo, la pared a mano derecha, blanca, adornada de cuadros, presagia un santuario del arte. Allí se llega por una calle adoquinada. En el portal de ingreso una placa indica que estamos en La Arcadia. Es el lugar donde un pintor que siente en su alma el sonido del agua escucha el canto de los pájaros que llegan a calmar su sed en los bebederos que les tiene a la sombra de un pino majestuoso.

Es la casa del maestro Jesús Franco Ospina, el acuarelista que llegó a Manizales por allá en el año 1947, después de terminar estudios de bachillerato en el colegio de Sevilla, con el deseo de estudiar en Bellas Artes. Para lograrlo, le dijo a su papá que quería ser pintor. Don Pablo, un manizaleño que llegó a esa población del Valle de Cauca en los años veinte, le preguntó a un amigo qué futuro podía tener un pintor. Como este le contestó que ninguno, le dijo al muchacho que ya frisaba los diecisiete años que dedicándose al arte se moriría pobre. El tipógrafo, que eso era el papá, le recomendó entonces que estudiara otra cosa. Sin embargo, el hijo fue rotundo en la respuesta: “Voy a ser un pintor de éxito”, le dijo.

En el patio que queda a la entrada de su vivienda el maestro organiza exposiciones de su obra. Cuando las abre, muchos seguidores lo visitan para apreciar sus cuadros.

Llegar a Manizales fue para el joven que había sido acólito en la iglesia de Sevilla como hacer un viaje de Bogotá a París. “En mi pueblo uno oía hablar de Manizales como si fuera un centro de cultura”, dice mientras recuerda cómo llegó a la capital de Caldas. “Mi mamá me empacó la ropa en una caja de cartón, y me despachó en un jeep hasta La Uribe para que tomara el tren que iba para Manizales”, dice. Cuando se le pregunta por qué decidió dedicarse a la pintura contesta que quería seguir los pasos de Simeón Granada, César Sánchez y Hernán Merino, sus paisanos. Granada fue un caricaturista que recibió elogios de Ricardo Rendón, y Sánchez trabajó en México con Diego Rivera y David Siqueiros.

Llegó a la casa de una tía que vivía por los lados del barrio San José. Como traía en su equipaje el sueño de convertirse en un pintor de éxito, lo primero que hizo fue conectarse con el medio artístico. Para entonces en Manizales sonaban los escritores que hacían parte de la escuela grecolatina. Oía hablar de Silvio Villegas, de Gilberto Alzate Avendaño y de Fernando Londoño Londoño como escritores doblados de políticos, dueños de una gran capacidad oratoria. Y con esa avidez que traía por descubrir los valores intelectuales del departamento, empezó a leerlos. Como sabía que nueve años antes de establecerse en Manizales se había suicidado Bernardo Arias Trujillo, se leyó Risaralda con el ánimo de conocer al escritor de quien tanto había oído hablar.

De Sevilla traía nociones sobre arte. Sobre todo porque desde niño seguía con interés lo que ocurría en el mundo de la plástica. Leía la prensa para enterarse de quiénes pintaban en el Colombia, e investigaba sobre sus técnicas. Como después de llegar de París, a donde viajó becado por el departamento para adelantar estudios artísticos, el profesor Gonzalo Quintero había hecho realidad su sueño de establecer en Manizales la Escuela de Bellas Artes, que fue el antecedente para la creación de la Universidad de Caldas, aprovechó para inscribirse. Con tan buena suerte que, mientras estudiaba, por su rendimiento académico el arquitecto Hernando Carvajal, que enseñaba a hacer planos, lo nombra como su auxiliar.

Lo que nunca se imaginó el maestro Jesús Franco Ospina fue que terminaría como profesor titular de la Universidad de Caldas. El ofrecimiento se lo hicieron después de que, una vez egresado de Bellas Artes, trabajara como dibujante de arquitectura en la firma de Robert Vélez y Agustín Villegas, y como dibujante textil en Tejidos Única. Ingresó como profesor de dibujo arquitectónico. Luego pasó a diseño visual. Fue por esos tiempos que se vinculó a La Patria como caricaturista. En sus archivos conserva los originales de las caricaturas que hizo durante esos años. Ahí están, auténticos, con sus rasgos físicos, los líderes políticos de la época: Alberto Lleras Camargo, Laureano Gómez, Gustavo Rojas Pinilla y Mariano Ospina Pérez.

Aunque tenía firme su vocación por la pintura, empezó haciendo figuras en cera. Y rodó con suerte. Tanto, que terminó haciendo una gira nacional exponiendo sus trabajos. Fue un museo de cera que le permitió mejorar sus ingresos. De este tiempo recuerda la vez en que lo abrió en el sótano de la Avenida Jiménez de Bogotá. En un aguacero de esos fuertes que acostumbraban caer en la Capital de la República el Río San Francisco, que pasaba por debajo, se rebozó e inundó el sitio donde exponía. Los rostros de los personajes eran tan perfectos, que la gente se sorprendió al ver flotando en el agua las cabezas de Fidel Castro, de López Pumarejo, de Kennedy y de Gaitán.

Ha hecho acuarelas sobre todos los municipios del Eje Cafetero y el Norte del Valle. Esta sobre Sevilla, el pueblo, donde nació, la regaló a la Casa de la Cultura de esa población.

Jesús Franco Ospina cuenta esta anécdota. Vivía en el barrio Chipre. Estaba haciendo las figuras en cera. Decidió entonces probar si producían efecto. Organizó en la sala una cámara mortuoria con Jorge Eliécer Gaitán. Cuando terminó de hacer el rostro, lo puso allí.  Lo cubrió con una sábana blanca y organizó el cuerpo con almohadas. Hizo unas manos para ponerlas, afuera, sobre el cuerpo, y le puso cuatro lirios alrededor. Invitó a varios vecinos para que lo vieran. En ese momento tocó a la puerta un indigente pidiendo limosna. Mostrándole el velorio, el pintor le dijo: “Como estaré de mal que no he podido comprar el ataúd para enterrar a mi tío”. El hombre le pidió que lo dejara entrar. Al salir, le entregó lo que había recogido. “Vea señor yo le ayudo para que compre el ataúd”, le dijo.

En el Municipio de Honda le pasó lo siguiente: organizó el museo de cera en el segundo piso de una casa en la plaza principal. Para atraer visitantes, en el balcón puso la efigie de Fidel Castro y, debajo, la bandera de Cuba. Lo hizo porque hacía poco había ocurrido la invasión a Bahía Cochinos. Pensó que, por esta razón, la entrada iba a ser buena. Pero fue lo contrario. Nadie quería entrar. La figura de Castro despertaba sentimientos encontrados en la gente. Un hombre que llegó de La Dorada sacó el revólver y disparó contra la imagen. El acuarelista no tuvo otra alternativa que quitar su figura y poner la de López Pumarejo. La reacción fue inmediata. El local se llenó de gente. Todo porque el líder liberal nació allí.

El ambiente de La Arcadia es campesino. Parece una finca en pleno corazón de la Francia. Todo porque, al entrar a la vivienda, se descubre un balcón inmenso que permite observar un paisaje verde, que parece confundirse a lo lejos con el azul del cielo. Abajo hay un pequeño patio sembrado de flores, con urapanes, yarumos, arrayanes, árboles que semejan un pequeño bosque. Debajo de estos, tres bebederos para pájaros. Allí llegan, en cantidades, mirlas, azulejos, turpiales y barranquillos, que con sus trinos llenan la estancia de música. La casa es también una sala de exposición de pintura. Todos los rincones están llenos de cuadros. En cada pared hay una acuarela, un óleo sobre lienzo, una figura en carboncillo. La Alegría del color llena los espacios.

Jesús Franco Ospina ha expuesto sus cuadros en ciudades como Buenos Aires, La Habana, Quito y Caracas. En Colombia los ha exhibido en el Salón de Artistas Nacionales, en el Club de Ejecutivos de Ibagué, en la Biblioteca Centenario de Cali, en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, en la sala de La Nacional de Seguros y en el Teatro Los Fundadores. En 1982 obtuvo el Premio “Eladio Vélez” al Primer puesto en paisaje durante el II Salón de Acuarela celebrado en Medellín. La revista Cromos dijo que mirar sus cuadros es “oír el rumor del arroyo al pasar por entre las rocas, lo mismo que el murmullo del viento al levantar las ramas de los árboles”. Es que en sus acuarelas el agua tiene una presencia nítida, es un canto a la naturaleza, es una evocación del paisaje.

El cronista le pregunta por qué el agua es una constante en su pintura. Y este pintor que trabaja los elementos de la naturaleza con una magia que impresiona contesta que es porque quiere sembrar en el corazón del hombre un sentimiento de gratitud hacia lo que lo rodea. A El Tiempo le dijo en 1996: “El hombre está destruyendo tan rápidamente la naturaleza que hacia el futuro tendremos la opción de observar el testimonio de los pintores para apreciar nostálgicamente el bosque que desapareció bajo el hacha destructora, la especie faunística que se extinguió en manos de los cazadores y el río que muere por la acción depredadora del hombre”. Este es el motivo por el cual en su trabajo no muestra la figura del hombre, sino que deja que él sea el espectador.

Jesús Franco Ospina explica con claridad cuál fue el origen de la acuarela. Dice que antes de que existieran las cámaras fotográficas, para dejar un testimonio de que habían estado en algún lugar, los reyes se hacían acompañar de acuarelistas. Ellos pintaban en cartulina los paisajes, destacando las construcciones, las plazas, la naturaleza. Para demostrar que esto era así, el pintor saca de su nutrida biblioteca un hermoso libro donde se recogen las acuarelas de Eduard Mark, un pintor que fue agregado cultural de la embajada de Inglaterra en Colombia, que recorrió el país pintando las regiones colombianas para llevar a su tierra la imagen de su naturaleza exuberante. Que fue lo mismo que hizo el propio Jesús Franco Ospina cuando recorrió todos los municipios del Eje Cafetero para pintar su paisaje. Caldas ya publicó un libro con estas pinturas. Pronto lo harán Risaralda y Quindío.