24 de agosto de 2019
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Elogio del árbol en su día

Por Óscar Domínguez
29 de abril de 2019
Por Óscar Domínguez
29 de abril de 2019
Árbol toro, de la vereda de San Juan, en Cocorná


Gracias a un árbol nacimos a la vida. Si no fuera porque la feminista y libertaria mamá Eva tuvo el feliz desliz de comer de la fruta del árbol prohibido, seguiríamos siendo la diezmillonésima parte de un carajo. Eso sí, el medio ambiente seguiría entero.

Si las tablas de la Ley no hubieran sido escritas en madera se habrían borrado hace tiempos. (En madera de piedra, aclara el libro del Éxodo). Para perpetuar esa costumbre de convertir el árbol en rotativa o  tablero, sin darle crédito a Moisés, inventor del arte de escribir en los árboles, los enamorados suelen grabar en las cortezas el nombre de la dueña de sus insomnios. Y de sus quincenas.

Una gitana le leyó la palma de la mano a un árbol: “Hay un papiro en tu futuro”, le vaticinó. Después nacería el papel periódico que serviría para todo. Inclusive para madurar aguacates y candidatos presidenciales. Amén de menesteres menos amables en el inodoro.

¿Qué es el periódico que leemos si no árboles convertidos en nutritiva sopa de letras? Los libros, las bibliotecas, están hechos de la misma tela de los árboles que los contienen. (Sospecho que en la frase anterior estoy pirateando a alguien ).

¿De qué bejuco nos colgaríamos si no tuviéramos árbol genealógico? ¿De dónde viene el hombre si no del mono y de dónde desciende el mono si no es del árbol? (Se lo escuché en Londres a un taxista que decidió enmendarle la plana a su paisano Darwin).

Feliz vivía Tarzán cuando tenía el bejuco por metro, y a su mujer, Jane, por deliciosa cárcel.

La cama donde se hace el amor o se horizontaliza la fatiga diaria, fue vigoroso árbol en sus espléndidos quince. Los carpinteros –empezando por San José, su patrono- a lo que más curia le ponen es a las camas.

Arbol raro, de 500 años, que se puede visitar en Comfama de Ríonegro.

Para que Dios, que es un roble, se haga el de la vista gorda con nuestros pecados, es necesario filtrar primero nuestros lapsus a través del cedazo del confesionario que es un sofá vertical.

El sueño – el mejor invento del bobo sapiens después de la mujer- se disfrutaba sobre unas buenas y anoréxicas tablas. La ergonomía y  yerbas afines acabaron con ellas. Ahora se duerme sobre colchones con internet y condón incorporados.

Esa mesa en la que se  ponen las viandas lleva por dentro todas las serenatas que cantaron los pájaros en los árboles de los cuales se extrajo. Póngale el oído a su mesa y oirá un rumor cercano de trinos.

Las primeras vocales y consonantes las aprendimos en la escuela en ese pupitre incómodo que alguna vez fue pino. Algo parecido se puede decir de la regla con la que nos castigaban cuando se nos iba la mano en indisciplina (que para nosotros era simplemente vivir).

Los árboles son los anónimos creadores de la sombra que es pararrayos o paraguas para bajarle las pilas al sol y escurrirle el bulto a la garúa, como le dicen en los tangos a la lluvia. Escrito está: quien a buen árbol se arrima…

De la importancia de la sombra sabe muy bien nuestro excultivo más mono, el café. Antes, el grano se les vendía a las multinacionales que se quedaban con el pan y con el queso del negocio. Nos quedábamos con el ripio.

Finalmente, aprendimos de la competencia a la que se le puede decir lo que Marañas, personaje típico antioqueño, le notificó a la luna cuando llegó la luz a Medellín: “Ahora sí te jodites, luna, a alumbrar a los pueblos”.

Así como a los circos pobres y de malas se les crece el enano, los árboles de guamos o guamas, semejan bonsáis que se aburrieron de ser pequeños.

Los puentes, excluidos los Emiliani, están hechos de madera de la mejor ley. Los pintores no existirían sin los marcos que contienen sus obras.

Si los árboles no dejan ver el bosque, no importa. Miremos los árboles.

Si no fuera por los árboles, ¿dónde depositarían los perros los mensajes de amor a su harén cuando levantan la patica?

Al final del camino a Ítaca de todo mortal reaparece el árbol, ya horizontal, convertido en prosaico ataúd. Con esta fugaz piyama de madera ingresamos a la eternidad convertidos en polvo porque “no hay cama pa tanta gente”.

Por todo lo anterior, felicitaciones, árbol, en tu día…