5 de mayo de 2021
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El más cosmopolita de mis vecinos

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
26 de abril de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
26 de abril de 2019

Tengo un vecino silencioso, generoso y solidario; de verdad.  Ocupa apenas un rincón del patio de una casa vecina.  Nunca ha importunado.  Los habitantes que hasta hace poco ocupaban la casa, estudiantes universitarios, no le ponían cuidado. Ellos se recostaban en él y se metían unos cigarrillos de marihuana que exhalaban inmensas volutas de humo hasta mi ventana. El vecino del que les hablo se quedaba tranquilo. Tampoco se molestó mucho cuando el muro medianero se vino abajo y lo aporreo por su flanco derecho.  A nadie importo tampoco la caída del muro, ni siquiera a los tres perros de la otra casa que siguen llegando hasta el lindero y no lo cruzan como si aún estuviera el muro.

El vecino es un arbusto de cuatro o cinco metros de altura, sencillo y resistente, conformado por más o menos diez troncos de seis centímetros de diámetro cada uno y un conjunto de hojas profunda e irregularmente lobuladas, que a veces tienen pelos en el envés.  No muda y mantiene unos racimos de una fruta menuda y firme, de un color que por momentos es morado y otras veces naranja.

Dudo que alguien lo haya sembrado, no es de esos árboles que ahora años las señoras quisieran tener en su jardín, hoy tal vez, pero hace un tiempo lo hubieran desechado por ser “mata de mayordomo”, que era una forma despectiva de referirse a aquellas plantas silvestres y hermosas, que nacen al borde de los caminos, entre los matorrales. Debió llegar entonces a través del intestino de algún pájaro.  Eso si es providencia, o azar, o designio divino, o fuerza del destino, o confabulación de las estrellas.  Un pájaro, quien sabe a cuantos cientos de metros de la esquina del patio vecino, se comió una semilla, le deshizo con sus jugos gástricos el mucilago que la recubría y vino a cagarla justo allí.  Después, todo le correspondió a ella, a su genes vitales y persistentes.  La misma historia que se repite y se repetirá, afortunadamente, sin descanso.

 

No sabía cómo se llamaba el buen vecino, otra muestra de su bondad sin duda, hasta que di con él en una guía de árboles de la ciudad, Trompeto, Bocconia frutescens, decía en el libro.  Ahora sé que también se llama: albarracín, calderón, celedonia, gordolobo, llora-sangre, curarador, lechoso, mano de león, palo amarillo, palo santo, enguambo, cojojehuite, cuatlatlaya, cuauchichili, gualichi, guachile, inguande, contsitslats, tlacoxihuitl, coacuahuitl, ojo de buey, pluma de amapola, árbol de amapola, hierba de loro, o zarcillejo. Todo eso para un aparente simple arbusto olvidado en el extremo de un patio abandonado.

Hace poco demolieron la casa en cuyo lote está el Trompeto, y están construyendo un edificio, con unas columnas y un exceso de concreto, que parece una bóveda para guardar dinero; han dicho que se trata de algún tipo de establecimiento médico.  Pero el arbusto sigue allí en la esquina, aguantando el maltrato de los obreros que le recuestan andamios y varillas.  Y no solo sigue tranquilo, sino que además continúa produciendo su fruto que atrae decenas de pájaros todo el tiempo, que muy a pesar del ruido y la congestión, arriman casi sin temor.

Los obreros tal vez debieran saber que el arbusto aquel podría evitar los hongos en las heridas, sanar los callos, y calmar la tos. O mejor aún, curar el resfriado y el ahoguillo, quitar la tiña y las hemorroides y hasta las infecciones del pene, y lo principal, curar el “susto”. O tal vez si lo saben, y por eso, a pesar de todo, el Trompeto sigue en la esquina. Falta ver que sucede más adelante, cuando la construcción vaya creciendo o lleguen los médicos de la clínica. Por lo pronto él ni se inmuta, tal como los pájaros que le llegan.

Me he enterado que el Trompeto es perseguido en Hawai por ser una planta invasora. No es culpa suya que la semilla le sepa tan bien a los pájaros y que tenga un espíritu tan cosmopolita.   Es el más cosmopolita de mis vecinos, tal vez el único, y será una paradoja que lo tumben para sembrar alguna palma, o peor aún, para pavimentar el patio y poner una maceta inmensa con un arbolito de plástico, de esos tan parecidos a los de verdad, que hacen los chinos.

 

Manizales, abril 26 de 2019