24 de mayo de 2019
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El escándalo de los Wikileaks

29 de abril de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
29 de abril de 2019

La detención de Julian Assange, por un escuadrón de Scotland Yard, el pasado 12 de abril, hizo revivir la película que protagonizó en el año 2010.

El país más afectado fue Estados Unidos porque su diplomacia quedó al desnudo. La revelación de los documentos fue un duro golpe a la diplomacia norteamericana, porque desde ese momento no se le considera un intermediario honesto y de confianza. Su política exterior será menos eficaz pues la tormenta que desató podía crecer dependiendo del contenido de los nuevos documentos. Es que las filtraciones dejaron al desnudo la doble moral de Washington, “que dice una cosa y aplica otra”. Pero, además, muestran la hipocresía del mundo de la diplomacia.

En su trasegar, como primera potencia del mundo, la diplomacia ha pisado muchos callos. No se trata sólo de la “falsificación de información estratégica” para crear conflictos, sino, además, de la forma como han venido tratando a los gobernantes: al presidente Medvedev se le consideraba una marioneta de Vladimir Putin. A los mandatarios amigos de Francia, Italia y España se les calificaba de inestables, vanidosos y poco confiables. Y como para llenar la copa hubo espionaje descarado contra el Secretario General de las Naciones Unidas y contra la mayoría de los diplomáticos acreditados en ese organismo.

Lo más grave no está en el contenido de los documentos, sino en la vergüenza que significa el hecho: un hacker logró penetrar los secretos de la más grande potencia. Por ello la consternación y alarma en los altos círculos del poder en Estados Unidos. Al respecto dijo la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, que la publicación de los cables diplomáticos no sólo era un robo, sino también un atentado contra la comunidad internacional. Y el Congreso de Estados Unidos avanza en su objetivo para callar totalmente a Wikileaks, en el país y en todo el mundo.

Las filtraciones le hicieron daño a la diplomacia norteamericana y a sus espías, porque es claro que el poderoso país no tiene amigos, sino intereses; de allí  se deriva su cinismo. Al respecto dijo el Secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, que “Los gobiernos del mundo no tratan con nosotros porque les gustemos, ni tampoco porque confíen en nosotros, ni siquiera porque crean que somos capaces de guardar un secreto. Lo hacen porque nos temen, otros porque nos respetan, pero la mayoría porque nos necesitan… Seguimos siendo la nación indispensable”.

Las repercusiones en Colombia

El diario El Espectador se convirtió en el aliado de WikiLeaks en Colombia y debido a esta sociedad recibió 16 mil cables sobre la historia reciente de nuestro país, lo que produjo un escándalo político. El primer documento se centró en el año 2006, muy tormentoso por los errores del proceso de paz con las autodefensas y por la flexibilidad de la Ley de Justicia y Paz, que terminaron salpicando a los políticos. El tránsito entre el primer y segundo gobierno de Uribe ayuda a sacudir la política nacional.

Aunque los medios en Colombia ofrecieron bastante información sobre esos temas, mostrando la historia oficial entregada por el Gobierno y las verdades que lograban filtrar, a través de múltiples mecanismos, resultan muy valiosos los reportes que la Embajada de Estados Unidos hizo a Washington. En un delicioso plato se convirtió el largo informe que el embajador, William B. Wood, envió a su país sobre el vacío de poder del gobierno de Uribe y el desgaste de los políticos, a causa de las investigaciones que se estaban iniciando sobre parapolítica. Es muy interesante la letra menuda del proceso y llaman la atención las angustias y maromas del Alto Comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo.

Los cables muestran el cuidado que puso Washington al proceso de paz con las autodefensas; las observaciones de Sergio Caramagna, jefe de la misión de apoyo de la OEA, fueron muy acertadas. Se explica la división de los jefes paramilitares, muestra la formación de 22 nuevos grupos criminales, “integrados por excombatientes del bloque norte, con sus estructuras intactas y, en ciertas regiones, con cooperación de las fuerzas de seguridad”. Con mucha claridad se plantea el origen de las bandas criminales.

Pero se evidencia un hecho que da grima: el desfile de varios dirigentes políticos hacia la Embajada norteamericana, angustiados porque les iban a quitar las visas. La preocupación era evidente por un artículo de la revista Cambio, donde se afirmaba que “a varios políticos les serían revocadas sus visas si no removían de sus listas a candidatos parapolíticos”. Los personajes que convirtieron la Embajada en un confesionario para cantar sus penas y angustias fueron, el entonces senador Mario Uribe, primo del presidente, el dirigente conservador Carlos Holguín y el hoy gobernador de Antioquia, Luis Alfredo Ramos. El más preocupado era Mario Uribe, “necesitaba su visa porque tenía tres hijos viviendo en Estados Unidos. Por eso ofreció renunciar al Senado y a su carrera política si esa era la única manera de mantener su visa”. En estos días la Corte Suprema de Justicia condenó al Mario Uribe a siete años y medio de prisión, como autor del delito de concierto para promover grupos armados al margen de la ley.

De otro lado se abren nuevos interrogantes sobre la Operación Jaque. El informe oficial siempre aseguró que fue una “operación perfecta”, pero según WikiLeaks la Iglesia tenía contacto con el carcelero de las FARC, Gerardo Antonio Aguilar, alias César. Y la Embajada de Estados Unidos informó “sobre un presunto intento de acuerdo entre César, en ese entonces comandante del frente primero de las FARC, y el gobierno colombiano”. Lo anterior coincide con el comunicado que publicó el secretariado de las FARC, tres días después de la “Operación Jaque”, donde afirma que la fuga de los prisioneros “fue consecuencia directa de la despreciable conducta de César y Enrique”.

La caída de Assange

El hacker se convirtió en una piedra en el zapato porque violó las normas de asilo, y cuando se produjo el cambio de gobierno en Ecuador el presidente Lenin Moreno manifestó su inconformidad con el “huésped” porque había instalado equipos electrónicos no permitidos, bloqueó las cámaras de seguridad, agredió y maltrató a guardias de la sede diplomática y conservaba un teléfono móvil para comunicarse con el exterior. Ante la gravedad de los hechos Lenin Moreno simplemente le quitó el asilo y solucionó el problema.

Ahora viene la destorcida; Estados Unidos pedirá su extradición por el único cargo criminal que pesa en su contra: conspiración por intentar hackear la contraseña de un computador del gobierno en 2010.