24 de mayo de 2019
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Añorando a García Márquez

22 de abril de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
22 de abril de 2019

Hace cinco años murió este genial escritor, uno de los más laureados del siglo XX. Su funeral se realizó en el hermoso Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, donde había fijado su residencia. Deseo aprovechar este hecho para recordar algunos momentos de la vida del Nobel de Aracataca.

Poco después de iniciarse la Revolución Cubana empezó la amistad del joven periodista Gabriel García Márquez con Fidel Castro; esta relación se profundizó cuando por sugerencia de Ernesto “Che” Guevara, se creó la agencia de noticias Prensa Latina, que contrató sus servicios como periodista.  El 3 de enero de 1961 el gobierno de Estados Unidos rompió relaciones con Cuba y este mismo mes García Márquez viajó a Nueva York para dedicarse a su nuevo empleo. En ese momento había más de cien mil refugiados cubanos en Miami y Nueva York y, como era de esperarse, no tardaron las amenazas contra el escritor y su familia; el anticomunismo se agudizó porque todos esperaban la invasión a Cuba. Los organismos de seguridad, y el presidente John F. Kennedy, no podían soportar un gobierno socialista tan cerca del país más poderoso del mundo y se dio el visto bueno para invadir la Isla, por medio de un ejército de mercenarios (los llamados gusanos) entrenados y armados por la CIA; esta acción se realizó el 15 de abril de 1961.

Por esta época García Márquez empezó a tener problemas administrativos en Prensa Latina y tomó la decisión de renunciar; en el mes de junio viajó a México con su familia, pues el escritor necesitaba dedicarse a su oficio, porque como periodista “ya se había cortado la coleta”. En ese momento simpatizaba con las ideas de izquierda, pero no militaba en ningún partido ni movimiento político. Mientras tanto la Revolución Cubana seguía influyendo en los escritores del “Boom” latinoamericano; algunos de éstos padecieron el exilio debido a sus ideas políticas.

El escritor llegó a México y se dedicó al cine como guionista; no escribió nada sobresaliente durante cinco años, pero vivió una etapa de maduración como escritor. Después de este período se encerró durante 18 meses y escribió, con intensidad y pasión, su novela cumbre Cien años de soledad. Se publicó en junio de 1967 y le llegó la consagración y la reedición de todos sus libros. Como ciudadano del mundo se radicó en Barcelona; luego le llovieron honores: el Premio Chianciano, en Italia; en 1971 la Universidad de Columbia, en Nueva York, le otorgó el Doctorado Honoris Cauca en Letras; en 1972 le concedieron el premio Rómulo Gallegos, de Venezuela, que él donó a su amigo Teodoro Petkoff, para el Movimiento al Socialismo.

En el ambiente de Europa escribió nuevas obras: La increíble y triste historia de la Cándida Eréndida y de su abuela desalmada (1972), Cuando era feliz e indocumentado (1973), El otoño del patriarca (1975). Después regresó a México y se dedicó al periodismo político, publicando artículos sobre Cuba, Chile, Angola, Nicaragua y Vietnam; como resultado publicó el libro Crónicas y reportajes (1976).

En esta etapa de su vida vivió entre México y Colombia, tenía apartamento en Bogotá y en Cartagena; desde hacía algún tiempo quería fundar una revista o un periódico de izquierda; para desarrollar la idea se comunicó con jóvenes intelectuales como Enrique Santos Calderón, Antonio Caballero, Daniel Samper, Orlando Fals Borda y José Vicente Kataraín y dieron vida a la revista Alternativa, en febrero de 1974. La publicación tenía el lema “Atreverse a pensar es empezar a luchar”.

En los tiempos del Estatuto de Seguridad

Julio César Turbay Ayala fue elegido presidente en 1978, después de un mediocre triunfo sobre Belisario Betancur. Su administración tuvo serios problemas por el pésimo manejo del orden público, y el Movimiento 19 de abril (M-19), le propinó duros golpes, por las siguientes operaciones: el robo de más de cinco mil armas de las instalaciones del Ejército, en Bogotá; la toma de la embajada de la República Dominicana, durante 61 días, y la frustrada invasión que realizaron varias columnas guerrilleras, por la Costa Pacífica de los departamentos del sur. El Ejército  tenía conocimiento de esta acción y reprimió cruelmente a los guerrilleros. A raíz de esta fallida invasión el Gobierno rompió relaciones con Cuba, alegando que los subversivos habían sido entrenados en la Isla.

En este difícil clima político el presidente venía aplicando el llamado Estatuto de Seguridad, un conjunto de normas para contrarrestar la actividad subversiva y el narcotráfico, pero que recibió fuertes críticas dentro y fuera del país, porque la simple sospecha significaba tortura y cárcel, como sucedió con la artista Feliza Bursztyn y con el escritor Luis Vidales, quienes fueron detenidos y torturados, acusados de tener vínculos con el M-19 (el ministro de Defensa era el General Luis Carlos Camacho Leyva). Aquí empezó la tragedia para García Márquez. En el diario El Tiempo se publicó una columna de Ayatola (Rafael Santos Calderón) quien relacionaba un viaje del escritor a Cuba con el desembarco de guerrilleros en el sur de Colombia; como consecuencia el gobierno empezó a vincularlo con el M-19 y se desató la cacería de brujas, en este país que siempre ha estado polarizado.

El novelista recibió información de varias fuentes y algunas llamadas anónimas que le advertían “Tenga cuidado. Están convencidos de que usted está enredado con el lío de las armas del M-19”; “Esté alerta porque hay una orden de detención contra usted por vinculación con el M-19”. También le advirtieron, varias fuentes, sobre su posible asesinato. En entrevista concedida a la periodista Margarita Vidal (Viaje a la Memoria)  dijo el escritor, “Como la ruptura de las relaciones con Cuba se fundó en unas pruebas tan deleznables, pensé que a lo mejor habían fabricado pruebas falsas contra mí y me pareció una falta de respeto conmigo mismo prestarme para ese manoseo. Yo no podía esperar a que llegaran a mi casa a las dos de la madrugada donde estamos solos Mercedes y yo, sin ninguna protección, a llevarme quien sabe a donde. Corriendo el riesgo, además, de que no fuera propiamente la justicia militar sino uniformados de militares”.

Ante el inminente peligro el escritor, rodeado de amigos, se fue a dormir a la embajada de México (marzo 25) y al día siguiente voló a ese país, protegido por la embajadora, María Antonia Sánchez. Varios funcionarios del gobierno explicaron a los medios que el novelista había abandonado el país procurando publicidad para el próximo libro y con el fin de buscar apoyo internacional para desprestigiar a Colombia.

Pasó el tiempo y el 21 de octubre de 1982 la Academia de letras de Suecia le otorgó el premio Nobel de Literatura. Desde ese momento se convirtió en el mejor colombiano de todos los tiempos, en un intelectual comprometido con los grandes problemas que azotan a nuestro país.