6 de mayo de 2021
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Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
12 de abril de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
12 de abril de 2019

Ese día conoció el vacío. Supo que era la verdadera tristeza y la desolación lo comenzó a invadir al frente de cientos de personas que estaban escuchando sus canciones  y no alcanzaron a detectar lo que le acababa de ocurrir. El concierto  apenas llevaba unos minutos y el compromiso era de dos horas. Se debía seguir adelante. La memoria era más poderosa que ese extraño y profundo dolor que lo estaba invadiendo, sin poderle contar a nadie lo que le estaba sucediendo. No se trataba de conmover con su tragedia personal, sino con la calidad de sus canciones y el alto nivel de sus interpretaciones, en las que ponía todas sus emociones, con el fin de hacerles sentir lo mismo a quienes lo escuchaban en el silencio respetuoso de los escenarios cerrados, académicos, donde decidió un día que debía seguirse presentado por las exigencias  de aceptación de lo que contaba y cantaba. Siguió adelante. No dejó saber nada. Terminó. Atendió las peticiones de otras canciones de más (“otra, otra”) cuando le anunció a sus oyentes que llegaba al final de la función.  Lució con el dominio de siempre de un escenario que se le había vuelto  un modo de vida.  La gente lo aplaudió de pie. Entró tras bambalinas. La constancia de los aplausos lo hizo regresar al escenario. El público no paraba de agradecer una vez más sus canciones, su voz, su guitarra y su entrega.  Se le hicieron los aplausos más largos de toda su vida y los carentes de contenido, porque su pensamiento estaba en otra cosa. Su cuerpo, su presencia estaban allí, parado escuchando la ovación, pero su vida estaba a miles de kilómetros, donde el mejor de sus amigos le había dicho adiós a la vida, porque se le acabaron los años en la medida de su desgaste natural en salud.  Terminado el aplauso, se cambió la ropa empapada de sudor, se puso ropa de calle y salió sin despedirse de nadie. Los miembros del grupo del concierto no le interrogaron por nada, ya sabían, fueron quienes le comunicaron en plena función, lo sucedido.  Se fue a caminar por las calles de Madrid. La noche le lucía brumosa, oscura, casi negativa. En sus ojos no había más que lágrimas. Ese día fue el más triste de toda su existencia. Lo llevó siempre estampado en sus emociones.

Después de muchos pasos por ese Madrid solitario de la noche avanzada en horas, regresó al hotel. Comenzó a plasmar en papel las ideas que le surgieron  mientras caminaba y comenzó a decir para sí mismo:

 

Cuando un amigo se va

queda un espacio vacío,

que no lo puede llenar

la llegada de otro amigo.

 

Cuando un amigo se va,

queda un tizón encendido

que no lo puede apagar

ni con las aguas de un río.

 

Cuando un amigo se va,

 una estrella se ha perdido,

la que ilumina el lugar

donde hay un niño dormido.

 

Cuando un amigo se va

se detienen los caminos

y se empieza a rebelar

el duende manso del vino.

 

Cuando un amigo se va

galopando sin destino,

empieza el alma a vibrar

porque se llena de frío.

 

Cuando un amigo se va,

queda un terreno baldío

que quiere el tiempo llenar

con las piedras del hastío.

 

Cuando un amigo se va,

se queda un árbol caído

que ya no vuelve a brotar

porque el viento lo ha vencido.

 

Cuando un amigo se va,

queda un espacio vacío,

que no lo puede llenar

la llegada de otro amigo.

 

Se le había muerto su mejor amigo, el de siempre, el de toda la vida y siempre pensó que era eterno. Había muerto su padre. Estaban tan lejos y tan cerca. El viejo se fue de la vida en Buenos Aires, Argentina, y él estaba cantando en Madrid, España. Y la distancia no era la dificultad, siempre la tuvieron desde cuando era muy joven, porque alguna vez le dijo a su padre que si le había construido alas tan fuertes eran para volar y así lo haría. Por eso hizo de Europa su casa y de España su residencia permanente.  Pero se fue con el equipaje que ese gran amigo le había  preparado, que no era más que la seriedad en lo que hacía, la calidad de lo que se propusiera y ser consciente siempre de hacer lo que pensara, pero con sentido social, si iba a hacer canciones, que fueran capaces de traducir todas esas cosas que sentían los seres humanos, con calidad y exigencias académicas en todo instante.  Ese día, nació una de las más bellas canciones en idioma español del siglo XX. Y se convirtió en una especie de himno con el que los grandes amigos despiden a quienes le han sido leales en la existencia. No se trata de reemplazar a los amigos. Se trata de seguir viviendo y llevando a los de siempre en el mismo rincón emocional  donde se ubicaron por ese profundo amor que se tiene por los amigos cuando son ciertos.

A Alberto Cortez  se le murió su padre cuando estaba en pleno concierto en Madrid. Y siempre tuvo en cuenta que con su padre se había ido su mejor amigo, el que le acompañó en la existencia desde cuando aprendió a caminar y lo iba guiando en todo lo que hacía, con calificaciones y exigencias  que en muchas ocasiones generaron encuentros poco gratos, como cuando el muchacho se fue abajo en el rendimiento académico en sus estudios y el padre lo sancionó no permitiéndole (en su condición de menor de edad) trabajar con el grupo musical con el que se abría camino. La amistad para este cantautor argentino-español  fue uno de los motivos esenciales de su inspiración con la que le dio vida a más de 460 canciones, algunas de ellas grabadas en su voz, en sus casi 40 trabajos de larga duración, la mayoría de ellas en las voces de extraordinarios intérpretes, quienes siempre tuvieron la seguridad de que cualquier tema que saliera de esas manos tenía garantizado el éxito, por la claridad de las ideas, por la profundidad del mensaje y por las notas de fácil asimilación que tenían sus acordes.

Siempre se distinguió, y así lo llamaron, como el “Poeta de las cosas simples”, que podía cantarle a un perro callejo, a un árbol, a un camino, a un recuerdo, a un pedazo de emoción que llamó alma y en cuyos rincones pudo introducir muchos sentimientos dolorosos, con la aclaración de que ninguno de ellos le correspondía a sus propias vivencias, sino que hacían  parte de la vida de otros, a quienes había escuchado, alrededor de una buena copa de vino.

El 4 de abril  de este 2019, prolífico en vidas que se van apagando, se acabó la existencia material de Alberto Cortez, quien de mucho tiempo atrás, en más  de cincuenta años de carrera artística había sentado su inmortalidad a través de sus canciones, muchas de ellas de dominio público, como que son conocidas  por todos y quienes no las conocen cuando lo hacen se apropian con la mayor facilidad de sus versos y sus entonaciones.

Difícil asistir a una celebración de cumple años donde no se cante una de sus canciones en coro desordenado, desde el entusiasmo que da el consumo de licor o los grandes afectos que se sienten por aquellas personas  que de alguna manera marcan  hechos y circunstancias que pasan a ser parte de la existencia misma de quienes asisten a esas clase de congratulaciones.

Alberto Cortez no nació llamándose así. Nació el 11 de marzo de 1940, en el pequeño poblado de La Pampa, Rancul, de donde debió salir muy joven para atender sus estudios. Nació como José Alberto García Gallo, un nombre que comercialmente era bien difícil de vender, por lo que en sus primeros años de presentaciones en centros nocturnos lo llamaron el “Chiqui García”, que nunca le gustó, pero lo tolero en ánimo de atender a sus mentores, quienes le argumentaban  que debía tener una presentación de fácil nemotecnia para sus espectadores.

A los 6 años ingresó a cursar sus estudios primarios en Rancul, en  la Escuela Primaria #31, a la vez que su madre lo matriculaba en la delegación del Conservatorio Roberto Williams, donde bajo la guía de su primera maestra de música, Elena Zamalloa, fue ingresando a ese mundo extraordinario de las notas en plena armonía y como traducción de muchas emociones.  A las 12 años compuso su primera canción, que fue un bolero, ahora ampliamente conocido: “Un cigarrillo, la lluvia y tu”, que al oírla bien podría pensarse que se trata de la obra de un consagrado romántico que le canta a la mujer amada,  contando con esos elementos que bajo el influjo  del amor se transforman  en expresiones  cálidas, como la lluvia que cae y el cigarrillo que se consume.

Pasados su 12 años de edad, fue llevado a San Rafael, provincia de Mendoza, para continuar con sus estudios secundarios, en el colegio Manuel Ignacio Molina, a la vez que le dio continuidad a sus estudios musicales en el Conservatorio Chopin,  donde bajo la dirección del maestro Robert Wfrmouth consolidó su formación como músico teórico y siguió descubriendo ese mundo infinito de la creatividad que es propio de los compositores.

A los 17 años ingresó como cantante a la orquesta “Arizona” de San Rafael, donde para facilitar su promoción lo llamaron el “Chiquito García”.

En 1958 viaja a Buenos Aires para terminar su proceso educativo e ingresa a estudiar Derecho y Ciencias Políticas. Para ayudarse en el costo de sus estudios cantaba en bares y boliches, acompañado  con su guitarra y de vez en cuando con un piano, donde lo hubiera. El empresario de la Confitería  Richmond, en Esmeralda, lo oyó alguna vez y lo invitó a integrarse a la Orquesta de Jazz de ese lugar.

Después sería llamado al Centro Nocturno Casanova, donde  alternaba nada menos que con la orquesta de Armando Pontier, cuyos cantantes eran dos figuras consagradas: Julio Sosa y Héctor Ferrari. Allí comenzaron a llamarlo Alberto Cortez, por facilidad de presentación, y por la cortesía  que estaba implícita en los temas que componía. Alguna vez un cantante peruano que gozaba de cierta fama, llamado Alberto Cortez, lo demandó por haberle copiado su nombre y valerse de su prestigio para salir adelante. La explicación fue simple: era un seudónimo  artístico y el peruano no tenía su nombre como una marca industrial registrada.  El pleito no pasó a mayores y fue el paso del tiempo y la aceptación de sus canciones, de su voz, de sus emociones su denominación que consolidó ese seudónimo y bien difícil es no llamarlo como todo el mundo lo ha conocido. Legalmente nunca se cambió el nombre, pero todos lo conocieron como lo llamaron alguna noche  en “Casanova”, en el gran Buenos Aires, el de las noches extensas y luminosas, donde  el sol espera el paso de la luna, se ingresa de día y se sale de día de bares y boliches.

Su amigo Hugo Díaz, en 1960, lo invita a hacer parte de un grupo artístico que iría a varios países de Europa, con un contrato garantizado de seis meses.  Primero que todo llegaron a Bélgica, en donde conoció en una de sus presentaciones a la que sería su única esposa, Renee Goerts, con quien se casaría en 1964, en Madrid. Allí  también lo conoce  el empresario Willi van de Steen, quien se impresiona gratamente con su voz y sus tonos, así como sus canciones y con él graba su primer trabajo discográfico, en el que incluyó el tema “ Sucu Sucu”, que en poco tiempo se convirtió en un verdadero éxito de mercado.

En 1961 salió de gira por Canadá y Estados Unidos, luego de que la gira por Europa fracasara, porque los empresarios abandonaron a los artistas  y  Hugo Díaz debió recurrir a empeñar sus joyas y las de su esposa, para poder atender las cuentas pendientes con hoteles y restaurantes. No hubo con que pagarle a los músicos.

En ese mismo año llegó a España donde grabó su primer disco con el acompañamiento de Waldo de los Ríos. La gente gustó de su música y se comienza a hacer una figura destacada de las nuevas voces de la canción latina, con mensajes y contenidos que llevaban a pensar más allá de meras expresiones  pegajosas. En su disco no dudó en musicalizar  poemas de Neruda, Machado, Hernández y de poetas del siglo de oro español. La recepción fue magnifica. A la gente le gustó ese atrevimiento artístico, luego lo harían otros como Joan Manuel Serrat,

Cuando ya era una figura en Europa, en 1971 va a Buenos Aires. Organiza un concierto en el Luna Park y el fracaso fue estruendoso. En el viejo continente lo conocían mucho, pero en su país natal no era nadie. Salió decepcionado y con la promesa personal de nunca más volver a esa ciudad, ni a su tierra. Fueron lágrimas de orgullo y de dolor. La promesa se quedó en eso, pues en 1997 volvió y obtuvo resonantes éxitos en muchos conciertos en diferentes ciudades. Venía de salir de manos de la muerte, pues en 1996 sufrió obstrucción de la vena carótida y debió ser intervenido, sin muchas posibilidades de sobrevivencia. Pero lo logró y le faltarían muchos años más de vida.

Quedaban muchos calendarios para seguir cantándole a las cosas simples, como ese perro callejero, que termina siendo de todos y a quienes algunos protegen y tantos otros ni siquiera determinan, pues

Era callejero por derecho propio,

su filosofía de la libertad

fue ganar la suya sin atar a otros

y sobre los otros no pasar jamás.

 

Aunque fue de todos nunca tuvo dueño

que condicionara su razón de ser,

libre como el viento era nuestro perro,

nuestro y de la calle que lo vio nacer.

 

………….

 

Era callejero  de las  cosas bellas

y se fue con ellas cuando se marchó,

se bebió de golpe todas las estrellas

se quedó dormido y ya no despertó.

 

Nos dejó el espacio como testamento,

lleno de nostalgia, lleno de emoción.

vaga su recuerdo por los sentimientos

para derramarlos en esta canción.

 

Es cantarle a ese perro que todos vemos y va haciendo parte del paisaje cotidiano, hasta sentirlo nuestro. Cantar esta clase de cosas no es tan simple, porque se trata de hechos demasiado  comunes que terminan convirtiéndose en rutina.  Cortez lo hizo con maestría.

En la amistad, que siempre tuvo como el sentimiento preferido, encontró muchas veces motivo de inspiración y alguna vez le construyó ese gran himno a los amigos en que va contando la fortaleza  de lo que se lleva consigo por la decisión permanente de tener amigos por siempre:

 

A mis amigos les adeudo la ternura

y las palabras de aliento y el abrazo;

el compartir con todos ellos la factura

que nos presenta la vida, paso a paso.

 

A mis amigos les adeudo la paciencia

de tolerarme las espinas más agudas;

los arrebatos de humor, la negligencia,

las vanidades, los temores y las dudas.

 

Un barco frágil de papel,

parece a veces la amistad

pero jamás puede con él

la más violenta tempestad;

porque ese barco de papel,

tiene aferrado a su timón,

por capitán y timonel,

un corazón.

 

…………………

 

A mis amigos legaré cuando me muera

mi devoción en un acorde de guitarra

y entre los versos olvidados de un poema,

mi pobre alma incorregible de cigarra.

 

………..

 

Amigo mío si esta copla como el viento,

a donde quieras escucharla te reclama,

será plural, porque lo exige el sentimiento

cuando se lleva los amigos en el alma. 

Alberto Cortez se hizo amigo de todos a través de sus canciones y por decisión suyas ahora nos queda a todos un inventario legado: los acordes de guitarra, los versos olvidados de un poema, para con ellos entender que desde la amistad se puede construir todo y que cuando un amigo se va no se trata de reemplazarlo, sino de seguir queriéndolo por siempre, hasta cuando la propia vida se mantenga. El olvido no es la muerte. Es la ausencia de memoria de lo que se quiere.  Sus canciones no se van a morir y con ellas  se seguirá viajando en ese barco de papel, capaz de resistir tempestades.