20 de julio de 2019
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Una pequeña Sahrazad

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
22 de marzo de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
22 de marzo de 2019

No sobraba el dinero en la casa de mi mamá, más bien faltaba, eran seis hijos, una responsabilidad grande y unos ingresos que casi siempre eran menos que exiguos. Sin embargo, se trataba de una familia en la que ser profesor era un orgullo, y sigue siéndolo; por eso leer no era algo extraño y emocionarse con los libros tampoco.  Clemencia, una de mis tías, recibió alguna vez Cartas a gente menuda de Constancio Vigil, de editorial Atlántida, con ilustraciones de Federico Rivas. El librito era hermoso y además una curiosidad, pues no era corriente la edición en español hace sesenta años de libros para niños. Las cartas que lo componen pueden leerse una a una, y son, más o menos, un conjunto de recomendaciones para el buen comportamiento, historias sencillas de quien sería además el fundador de El Grafico y la revista argentina para niños Biliken. Edulcoradas y bien intencionadas, eran el regalo perfecto en aquella época, para quien había cumplido con sus tareas en la escuela.

El libro sin embargo era más del agrado de Muñe, otra de mis tías, que de Clemencia. El exceso de nervios de mi tía Clemencia la hacía rogar a sus hermanas, casi siempre de manera infructuosa, para que alguna la acompañara a dormir; hasta que descubrió que la debilidad de Muñe eran las Cartas de Vigil, así que le prometió darle una página del libro a cambio de cada noche que durmieran juntas. Una noche, una página, sin afán, sin adelantos.

Imagino la transacción, el compromiso adquirido al escondido de los papás, imagino las ansias de Muñe cada vez que se acercaba el atardecer, y como seguro guardaba, en alguna carpeta, las páginas arrancadas con poco cuidado. Imagino como se acrecentaban los temores de Clemencia al ver que se acercaba el fin de las páginas.
Aquella pequeña Sahrazad había encontrado la manera de posponer, al menos, por un tiempo, la angustia que le provocaba la llegada de la noche y la oscuridad, mientras que Muñe disfrutaba la lectura y el atesoramiento de las páginas que se iban arrancando.

El libro debió extraviarse en alguno de los múltiples trasteos que tuvo la familia. Ahora, mi tía busca el libro inútilmente cada vez que entra a una librería, soñando con una respuesta positiva que difícilmente podrá darle algún librero.  Mientras tanto, Vigil y sus cartas se han ido perdiendo en la historia de la edición y la literatura infantil.  El escritor es apenas recordado por quienes añoran la revista deportiva que fundó y por algunos críticos del machismo, sexismo y racismo, que al parecer reflejan sus historias infantiles. Todo esto importa poco frente a la historia de aquellas dos niñas que, en la habitación de una casa cercana al Parque Sucre de Armenia, fundaban de nuevo la literatura, sin saberlo no solo eran de nuevo la amada y el Sultán de Las mil y una noches, sino también peregrinas camino a Canterbury, o asustados ciudadanos que huían de la peste como en El Decamerón.

Sahrazad conservó su vida gracias a que relató cada noche una historia a su esposo el Sultán Sahriyar, que, emocionado por los relatos, y su continuidad, suspendió la costumbre de casarse con una mujer y asesinarla al finalizar la primera noche. Los peregrinos y los huidizos ciudadanos lograron pasar el tiempo asesinando el tedio que de otra forma los consumiría a ellos.  Mis tías con su pacto resolvieron los temores, la noche y la consecuente oscuridad.

Muerte, tedio y oscuridad son la misma cosa, o al menos las diversas manifestaciones de una sola. Elías Canetti decía “… que comprar libros hasta el último instante de la vida … es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre ésos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo a mi mano el curso de la vida.»

Mi tía tuvo en sus manos el curso de su miedo mientras dispuso de páginas en su libro. Siempre que la literatura y los libros existan tendremos el curso de nuestra vida o de nuestros miedos, tal como Canetti, o como ella.

Manizales, marzo 22 de 2019