23 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

Tardío obituario por el tío Jorge

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
20 de marzo de 2019
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
20 de marzo de 2019

Solo una vez en la vida dormí con un cadáver al lado, el de mi tío Jorge Eliécer Giraldo, quien fue generoso hasta con lo que no tenía. Y lo poco que tuvo en vida  lo compartió a manos llenas. Durante su travesía se guió por el precepto pragmático de que la riqueza no está en tener mucho sino en necesitar poco.

Para mí, Jorge, fue la versión criolla del tío Alberto, de Serrat.

Tal vez por haber vivido y servido como lo hizo, sus vecinos de Silvania, Cundinamarca, donde vivió 25 de sus 62 años, lo recuerdan siempre. Cuando fue “recogido por el silencio” lo despidieron con lágrimas y sentimientos de agradecimiento por su vida y obra.

Otro de sus mensajes de vida es que se puede ser grande sin aparecer nunca ni el “pasa” del periódico.

“Sabía callar” resumió una de sus admiradoras del barrio Kennedy donde lo sorprendió la muerte “tan callando”, como en el verso de Jorge Manrique.

Leyendo el frío parte de Medicina Legal podríamos concluir que murió de puro aliviado. La suya fue otra muerte no anunciada, para decirlo con el ya conocido lugar común.  Un nocturno paro respiratorio puso fin a sus días y a sus noches.

El vecindario se extrañó un viernes en la mañana de que El Paisita, como le decían, no hubiera aparecido barriendo el frente de su casa de solitario, o arreglando el pequeño jardín-huerta, donde convivían plantas medicinales, ornamentales y algunos frutales que compartía con su entorno.

Los más lanzados  miraron a través de la ventana y lo vieron, inmóvil, en su austero catre. Llamaron a la policía. Un funcionario judicial llegó horas después a practicar la burocrática diligencia del levantamiento del cadáver.

Los vecinos que entraron con la ley a su habitación decorada con algunos almanaques viejos y fotografías borrosas como si nadie viviera ya en ellas, lo vieron reposado, tranquilo, “durmiendo” de lado, en posición fetal. Todos se alegraron y pasaron de boca en boca – el único periódico que circulaba en la cuadra- la noticia de que don Jorgito  había tenido la muerte que se merecía: tranquila.

De Silvania, su cadáver fue trasladado a Fusa para el ceremonial de la necropsia. Nos entregaron su cuerpo en la noche de ese viernes. Su entorno, empezado por su harén de adoratrices, pedía que lo enterráramos en Silvania por acción comunal.

Pero su familia en Medellín nos pidió que lo cremáramos y enviáramos sus cenizas para darle cristiana sepultura al lado de los suyos, en la Iglesia de San Cayetano. Allí quedó en compañía de sus padres Lubín y Ana Rosa y de sus hermanos, en fogoncito.

Obedecimos las instrucciones por tratarse de  un personaje como Jorge Eliécer que desde niño fue para mí un tío de excepción. Hasta me enseñó a manejar la máquina de escribir con todos los dedos, los mismos que colaboran en este tardío obituario en su memoria. No hay dedos vagos en mis manos a la hora de levantar para la yuca.

En sus épocas de vacas gordas, nunca demasiado gordas, fue convincente y elegante vendedor en almacenes de ropa en Medellín y Bogotá. Con él despaché los primeros aguardientes en los bares de Junín con Maturín, en los años sesenta.

Estar cerca de ese delicioso pecado mortal que era una mesera en un bar, era un placer reservado a los dioses. Así tuviera que practicar la religión del ver y no tocar. Se podían tener ganas, pero no había con qué quitarla$$$.

Mientras escuchábamos tangos y boleros del doctor Ortiz Tirado, su preferido, me daba cartilla sobre cómo enamorar mujeres. La receta de este gocetas Casanova de Montebello, nuestro pueblo, bellamente feo, faldudo y frío, era simple: “Negro –me decía- hombre flojo no goza mujer bonita”. Con el perdón de las feas, le obedecí.

La velación la hicimos en la casa que había compartido con Flor, su bogotana mujer de todas las horas, antes de que ella viajara en busca del insomnio americano. Se amaron de cerca y de lejos.

“Quedó muy lindo don Jorge”, resumió una vecinita de escasos doce años que formaba parte de su red de afectos al verlo en su magnífico ataúd, estrenando la pinta que le compramos en Fusa.

Supimos de su muerte gracias a un teléfono nuestro que encontraron entre sus amarillentos papeles. No lo pensamos dos veces y arrancamos para acompañarlo. La convivencia que tuvimos durante más de veinticuatro horas con la gente que lo protegía, nos permitió saber más de su cotidianidad.

Tenía un exquisito harén de admiradoras de todas las edades que vivían matadas con sus buenas maneras. ¿Sus nombres? Luisa, Soraya, Andrea, Stella, Anita….

En todas las casas tenía entrada franca. Hacían un trueque: Jorge ejercía de cocinero mayor, les daba una mano en labores de limpieza, atendía y cocinaba para los enfermos, cuidaba los niños en ausencia de sus padres. De uno de los niños se declaró abuelo adoptivo. En reciprocidad tenía asegurados los tres golpes. Claro que también él invitaba a su casa. Y cocinaba bien, según la exigente y proletaria sazón femenina.

“Era muy elegante”, confesó otra de su corte. Recordaba la forma como disponía la mesa para comer. “Era un caballero”, fue la opinión de Luisa, una opita abundante en carnes y en simpatía con la que el barrio le inventó un romance.

“Fue un líder”, aseguró Israel, uno de sus compañeros de farra. Porque el tío le guardó fidelidad al aguardiente hasta el final. Eso sí, nunca hubo problemas con el hombre por sus desvaríos etílicos. Dos de sus colegas de copas, permanecieron horas doblados sobre su ataúd, la noche de la velación. Apenas sacaban segundos para aplicarse algún trago de sospechosa calidad, fabricado en cualquier garaje.

Inconsolables, nadie los podía retirar de allí.  La velación matizada con recuerdos del difunto, tinto y rezos, se prolongó hasta las doce de la noche.  Cristianos, católicos, evangélicos, testigos de Jehová, nos olvidamos de inexistentes diferencias religiosas e hicimos nuestras propias oraciones por el descanso de su alma.

“Mirringo”, su gato, no volvió a comer desde que Jorgito desapareció, comentó Luisa, heredera universal del felino. Y “El Doctor”, extraño nombre que le puso al “mísero can” que recogió en la calle, no hacía otra cosa que buscarlo por toda la casa. Gato, perro y amo se entendían de maravilla compartiendo su espléndida soledad. Estando los tres, estaban todos, digamos robando un poema por ahí.

Nos quedamos a dormir en la cama donde durmió años  y donde falleció. Jorge Eliécer, nombrado así en memoria del líder liberal asesinado, permaneció en la sala, pasando su última noche en Silvania en posesión decúbito dorsal. Tuvo el detalle de fina coquetería de permitirnos un sueño plácido. Como si los muertos fuéramos nosotros.

Los vecinos también nos contaron que, por falta de plata, El Paisita no había podido cumplir el sueño de despedirse de su madre centenaria de la que no cesaba de hablar y alabar.

Nunca se quejó. Ni ante sus vecinos ni ante sus familiares que lo visitábamos en la casa que no tenía agua ni luz por falta de pago. “Todo bien” solía resumir, sin entrar en detalles.

Al día siguiente de su muerte, misa tempranera en la iglesia de Silvania. La Funeraria San Marcos, de Fusa, se encargó de todo, incluido el transporte del ataúd hasta la sala de cremación en el Chapinero bogotano.

Estuvo muy concurrida la eucaristía en memoria de mi tío. Y muy sentida la homilía que improvisó el pichón de cura.  Agradecí a nombre de la familia las atenciones y cuidados que le prodigaron. En las bancas de la iglesia las mujeres que le fueron fieles seguían derramando lágrimas de carne y hueso. Protestaban una y otra vez porque que no lo enterraríamos en Silvania para llevarle flores a su tumba.

Terminada la misa, tomamos el camino de Bogotá, siguiendo el carro mortuorio al que apenas se le notaban las placas: un flamante Cadillac derruido que devoró la distancia despacio para no incomodar al muerto. Fuimos directo al crematorio que hizo la tarea para la cual fue hecho: convertir al tío en cenizas.

Los pasos nos llevaron finalmente hasta Servientrega. Le entregamos la urna a un funcionario muy profesional. A manera de intriga, le aclaramos que en esa urna iban los restos de un ser querido, que lo trataran bien. Por inercia dijo que sí. Y cumplió. Al día siguiente las cenizas del tío Jorge Eliécer estaban en tierra firme antioqueña. Paz sobre su anónima biografía de hombre de bien.