19 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

No sé qué decir

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
8 de marzo de 2019
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
8 de marzo de 2019

Por las mujeres que dejé con la miel en los labios, por aquellas que me amaron; por las que, quizá, absorto ignoré y por las otras que están a mi lado.

La llovizna deja caer un aliento desigual con rostro de sonrisa, llanto derramado, cicatriz expuesta y caricia que no duele. Ella, en singular, complementa y acompasa el instante. Así, como es perenne, desaparece sin dejar rastro alguno. Un adiós, sin despedirse.

Como quien no dice nada infunde respeto. Resuelto y desbordo de emoción en el intento por conocerla. La tengo a mi lado y solo la extraño cuando la pierdo. Desconcierto innecesario que ultraja su presencia. Hastío que habla de la mediocridad viviente. Mejor se marcha que decorar la habitación de mal abrigo.

Reír sumergido en sus brazos, aunque me asfixie la duda. Bailar ceñido a su alma sin echar de ver la acrobacia del espíritu confuso. ¡Grítame! Que no me ofendes. ¡Háblame! Sin medida ni consideración. ¡Déjame! Que el problema es otro.

No importa que me mires con cara de repulsión, porque dormido no dije: “te quiero”. Más tarde puede que tu mejilla busque refugio, cuando abatido el enfado, te vuelvas piel para mí.

¡Qué alcahueta eres! Tan rápido comprendes el silencio que, en un soplo, bordas remolidos de aire fresco. Abres la ventana, sacudes los recuerdos y en seguida, impávida, despliegas las alas al hilo del viento.

¡Basta de amoldar situaciones con la pretensión de comprenderte! Eres alguien voluble, dinámica e irremediable, tanto de ello, que prefiero vivir sin expectativas. No me resigno, más bien, acepto la sorpresa y el regalo de la existencia. ¡De tal manera, las amo! Madre, hermanas de sangre y de vida, hija mía, amiga anónima y aquellas desvanecidas, amante de secretos carnales, señora de alguien y dama de uno.

En muchas ocasiones no alcanzó a intuir ni descifrar el mensaje. Aglomeración de palabras y yo, aún, sumando las primeras sílabas. Por supuesto, que me pierdo. También “deseo salir corriendo” y lanzar, más allá del umbral, el pocillo roto. A momentos persisto sin estar a su lado. Nos acostumbramos al alboroto hasta que algo rompe la inconsciencia. Ahí nos vamos a cualquier edad y un buen día.

¡Ah, tu indiferencia! Atadura imaginaria, azote del ego y juego de cartas encubiertas. Tal vez, ansíe exponer el comodín o abdicar. Nada pasa sin tu complicidad. Mírame de nuevo y ríete. Ambos cruzamos telarañas y después pretendemos deshacer el nudo. Eres poco común e igual yo.

Permíteme exclamar: ¡Qué pendejada el arrebato de las hormonas! Disimulado insulto a tu cambiante naturaleza, falta de percepción e incapacidad sensorial. No hay que ser valiente ni temerario para advertir: “no te entiendo”. El problema está en los adjetivos que allanan el camino hacia el patíbulo.

¿Cuántas luchas reivindicatorias sobre la libertad, la igualdad y los derechos? Mientras te tratan de “esa” y te escriben canciones con frases destempladas de “la cosa más linda”. Consigues ser muy hermosa y confieso, en varias oportunidades, te veo distinta.

Al igual que tú, tengo rasgos afines a mi género; sin embargo, atrévete a correr el riesgo de no generalizar. Lejos de la desesperanza entono un mea culpa. No te quiero “perfecta”. Esa expresión repetida la entrego a la métrica, a la poesía lírica o al verso ensalzador. De pronto, lo mío es más cercano a lo insondable e indefinido que va de la mano de los sentidos, a veces errático y desordenado. Por eso, mujer, ¡no sé qué más decirte!

Ayer, vi unos labios dibujados sobre el borde de la copa de vino. Revestido de insolencia le pregunté: ¿Qué le gustaría escuchar de un hombre? Tardó varios minutos en digerir el remolino interior y escribió con letras enormes como gritos encerrados: “Me basta con una mirada, una sonrisa y un te quiero” … ¡y la verdad!, le creí.