14 de mayo de 2021
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La vivienda rural en Colombia

17 de marzo de 2019
Por Jesús Helí Giraldo Giraldo
Por Jesús Helí Giraldo Giraldo
17 de marzo de 2019

Todos los días vemos crecer en forma alarmante la concentra­ción de vivienda en las ciudades colombianas. Los campesi­nos se cansan del agro y se lanzan a las zonas urbanas a engrosar las filas de desocupados y a agravar los problemas sociales. Cada día crecen las urbanizaciones piratas y las invasiones. Los planes de ensanchamiento de acueductos y demás servicios programados hoy, son insuficientes mañana. Diariamente los hospitales devuelven a sus casas a cantidades de pacientes. Los ‘gamines’ invaden las calles en abierta compe­tencia con los ladrones profesionales. Las zonas verdes de las avenidas y aun los espacios mínimos que quedan en los puen­tes son el mejor sitio para levantar cuatro paredes de cartón, cubiertas con latas, dando origen a una vivienda para una familia con perros y gatos, utilizando a veces los pocos espa­cios exteriores para amarrar un ternero, una gallina o un cerdo que el jefe del hogar alcanza a traer consigo al huir despavo­rido, perseguido por la violencia o expulsado por los amos de la tierra; o, simplemente, aburrido y pobre atraído por el espejismo de la ciudad.

Un problema como el anterior requiere un tratamiento en su fuente. El campesino necesita una vivienda agradable con mejores servicios y condiciones higiénicas de vida. Pero, sobre todo, necesita una vivienda. Así, podríamos esperar su perma­nencia en el campo.

Según Antonio García (Dinámica de las Reformas Agrarias en América Latina, 1972), los minifundistas y campesinos sin tierra, que comprenden la marginalidad campesina, ascien­den en Colombia al 67%.

El estancamiento en precarias condiciones de salubridad, alojamiento y empleo de medios para un mejor hábitat son las características representativas de la vivienda rural en Co­lombia, la cual en su forma más común se encuentra en las regiones de minifundio, donde la pobreza es cada vez más arraigada. A lo anterior hay que agregar el descuido institucional por promover y capacitar al campesino hacia un mayor cuidado de su existencia, partiendo del principio de que para éste la vivienda rural, como casa, simplemente no tiene una impor­tancia igual a la que representa su vivienda unida a sus cultivos y animales domésticos.

Un resumen sobre las condiciones de salubridad que halla­ron los autores de la obra: La arquitectura de la vivienda rural en Colombia, en las distintas regiones visitadas para la redac­ción de sus conclusiones sobre la vida campesina, se refleja en el manejo del agua, en lo relativo a posibilidades de acue­ductos y alcantarillados; los acueductos municipales a duras penas alcanzan para las cabeceras urbanas. No existen acue­ductos que puedan satisfacer las necesidades rurales, y los existentes presentan estados insatisfactorios. Las redes de al­cantarillado no se pueden extender tampoco a las áreas rura­les. Los pozos sépticos, si bien conocidos, no son eficiente­mente utilizados.

Las cocinas de la región de Ipiales, por ejemplo, algunas muy amplias, son desaseadas y poco agradables al olfato por la presencia de los curíes. Los pisos y cielo rasos presentan serias deficiencias.

La disposición de basuras no se halla organizada de nin­guna manera, y los ríos y cañadas son los recipientes más frecuentes de los desperdicios rurales.

Los espacios exteriores son poco saneados, especialmente en regiones de las vertientes orientales y en el altiplano de Ipiales, con basuras, animales y objetos entremezclados con intentos de embellecimiento y con depósitos de agua y de combustible. Se observa menor desorden y mejor saneamiento en la Costa Atlántica y en las regiones cálidas de Girardot.

Las aguas rurales en Colombia se encuentran, casi siempre, contaminadas por el uso de las corrientes como conductores de desperdicios, lavaderos y botaderos de desechos animales. Lo anterior ha dado como resultado que el 40% de las enferme­dades se deban en Colombia a la falta de agua potable. Las fuentes subterráneas poseen menor contaminación, pero al aflorar son destruidas de la misma manera.

Se consideran excepciones los casos en los cuales aparece uno cualquiera de los servicios, y como un verdadero milagro algún ejemplo en que aparezcan los servicios completos.

Las cubiertas en palma provocan nidos de insectos nocivos que pueden llegar a ocasionar el «mal de chagras», por lo cual este material requiere fumigación constante e inmuniza­ción. Hay que promover y capacitar al campesino para la búsqueda de un mayor cuidado de su existencia.

«Con muy pocos cambios cualquier vivienda rural podría ser satisfactoria en cuanto a prevención de enfermedades y mejora de la habilidad de la vivienda, siempre y cuando esos cambios se llegaren a entender suficientemente y se localiza­ran al alcance tecnológico y cultural del campesinado», dicen los autores de la Arquitectura de la vivienda rural en Colom­bia, a modo de conclusión.