15 de julio de 2019
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La vida seguirá su rumbo

Por Pablo Felipe Arango
8 de marzo de 2019
Por Pablo Felipe Arango
8 de marzo de 2019

En las mañanas, cuando camino de mi casa a la oficina en Bogotá, debo atravesar una avenida muy transitada.  A esa hora pasan cientos de carros a alta velocidad.  Justo por donde la cruzo hay un roto, uno pequeño, que aún no merece la atención de casi nadie y que, eso sí, se llena de agua cuando llueve y provoca un charco de esos que ponen nerviosos a los transeúntes porque, justo, cuando está lleno de esa agua negra, densa y maloliente, pasa por encima un carro que salpica de manera inmisericorde a todos, mientras el conductor lleva una sonrisa que nos hace suponer que la especie humana es casi naturalmente canalla.  El caso es que, en el roto aquel, que no debe tener más de veinte centímetros de diámetro y unos diez de profundidad, ha venido creciendo una planta pequeña y fuerte, de hojas y tallo recio. Agazapada, con miedo de crecer más, o incapacitada para hacerlo, la he visto sobrevivir durante meses, aferrada al polvo que las grietas del asfalto han ido capturando al vuelo, o gracias precisamente a las recurrentes aguas lodosas. Ni el granizo ha logrado matarla.

Cuando paso junto al roto, lo que hago casi siempre como si tuviera la necesidad de saludar en la mañanas a un vecino, recuerdo el erizo que despierta de su estado de hibernación, en un poema del escritor vasco Bernardo Atxaga: “y acuden a su memoria todas las palabras de su lengua,/ que, contando los verbos, son poco más o menos/ veintisiete./ Luego piensa: El invierno ha terminado,/ soy un erizo, dos águilas vuelan sobre mi;/ rana, caracol, araña, gusano, insecto/ ¿En que parte de las montañas os escondéis?”, el hambre lo acosa, pero una antigua ley “le prohíbe las águilas, el sol y los cielos azules”, así que espera hasta al anochecer, cuando decide buscar el río, “Y de pronto atraviesa el límite, la línea/ que separa la tierra y la hierba de la nueva carretera/ de un solo paso entra en su tiempo y el mío;/ Y como su diccionario universal/ no ha sido corregido ni aumentado/ en estos últimos siete mil años,/ no reconoce las luces del automóvil,/ y ni siquiera se da cuenta de que va a morir”.

Un impulso antiguo, al que solo le importa la vida por si misma, sin discusión ni pensamiento; la existencia vital desnuda y cierta, limpia y confiada; mueve a cada instante a aquella planta perseverante, tal como al sauce que E.B. White describía en uno de sus ensayos sobre Nueva York, “el árbol está maltrecho, muy sufrido y muy trepado, y se mantiene en pie gracias a unos pedazos de alambre”. El autor de Stuart Little, veía que el árbol “en cierto modo simboliza la ciudad: la vida entre las dificultades, el crecimiento pese a la adversidad” y pensaba: “esto tiene que salvarse, esta cosa en particular… si desapareciera, todo desaparecería…”. Conviene volver a leer las últimas cuatro palabras, muy a pesar del énfasis con que fueron escritas, o pueden ser dichas.

La planta que veo en las mañanas va a desaparecer, no hay manera de que se preserve; el roto ira ampliándose; cada carro que pasa y cada aguacero van ensanchándolo, hasta que un funcionario ordenará taparlo. Un día veremos una cuadrilla disfrazada de cascos y chalecos reflectivos, con un taladro que agrandará el roto hasta darle forma regular, y le verterán asfalto hirviendo. Alguna vecina, también sonriente, celebrará, desde una ventana, la tardía eficiencia.

Hace poco, otra mañana, la planta convocó a mi memoria otro poema, uno de Philip Larkin, triste, y de otro erizo -pensándolo bien la planta aquella parece un erizo verde-: “El cortacésped se atascó, dos veces; me arrodillé/ y encontré un erizo entre las cuchillas,/ muerto. Estaba entre las hierbas altas./ Lo había visto antes, y hasta le había dado de comer,/ una vez. Ahora había destrozado su discreta existencia/ sin remedio. Enterrarlo no me ayudó:/ a la mañana siguiente yo me levanté y él no./ El primer día después de una muerte, la nueva ausencia/ es siempre lo mismo; deberíamos cuidar/ unos de otros, deberíamos mostrar amabilidad/ mientras aún haya posibilidad”.

Deberíamos mostrar amabilidad” sugiere Larkin, que al parecer era un poco hosco; “mientras aún haya posibilidad”, agrega. Para nosotros, pienso, porque la vida seguirá su rumbo, sin duda; con lo que quede, o resulte.

Manizales, marzo 8 de 2019