9 de mayo de 2021
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¡Horror!

Por Víctor Hugo Vallejo
29 de marzo de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
29 de marzo de 2019

La sangre, el dolor, la sevicia, el sufrimiento, las lágrimas, el horror, el miedo, el pánico se van sucediendo en una carrera loca que parece no tener fin. Las víctimas las ponen desde abajo, entre aquellos más humildes, quienes sólo desean que los dejen trabajar decentemente, que nadie les regale nada, pero que nadie les llegue a quitar lo poco que tienen. Se mueren las personas por pensar distinto, por  protagonizar conductas de dignidad, que son entendidas de inmediato como de corte terrorista porque no estar de acuerdo con lo que los que dirigen quieren y pretenden, se mueren simplemente porque son sospechosos de cualquier cosa. Y se mueren por tratar de defender a otros. Esas fuerzas oscuras que se fueron propalando como gasolina por casi todo el territorio nacional, bajo la bandera de la recuperación de la seguridad para todos y el combate del crimen que llevaba demasiados años atemorizando a campesinos y latifundistas, muchos de los cuales no pudieron regresar a sus predios por el temor a ser víctimas de esa violencia terrible a la que llamaron guerrilla y que no era más que el paseo del crimen en todas sus dimensiones. Para combatir a esos que tanto daño habían hecho, se organizaron fuerzas que nacieron al amparo de la legalidad y que pasarían luego a ser más criminales que los criminales, con acceso pleno al poder político, al punto de que lograron permear las instituciones gubernamentales  y adquieren tal nivel de representación que se dieron el lujo de ser los grandes electores de legisladores, ejecutivos y manipuladores de jueces y tribunales. Era como ir copando todos los espacios, hasta determinar un poder que no podría ser discutido. Alcanzaron unos niveles enormes de representación y señalaron sin dubitaciones quienes accedían y quienes no al manejo de lo público. Se dieron el lujo de llegar hasta lo más alto, en la promesa firme que llegarían todos, no unos pocos. Pero lo que esos violentos desconocían  era que el ejercicio electoral no conoce reglas y cuando esperaban gozar de su fortaleza, los pusieron a órdenes de extraños en judicaturas diferentes, donde quedaron maniatados y con la boca casi cerrada, como que el objetivo  era silenciarlos. Sabían mucho. Era mejor que no hablaran para que las nuevas fuerzas políticas no fueran desnudadas ante un país que se dejó llevar por esos caminos capaces de hacer saber que son la mayoría de ahora.

De ese fenómeno  de violencia y degradación que se llamó paramilitarismo en Colombia, se sabe mucho, pero es más lo que se ha callado. En la medida en que los hechos se van convirtiendo en historia, son objeto de estudios de los investigadores que poco a poco van dejando saber tantas cosas, con las que el estremecimiento va conmoviendo todas y cada una de las fibras del ser, hasta llegar al agotamiento. Por momentos se siente la gran desilusión de ser miembro de una sociedad que ha vivido todo y lo ha hecho con la tolerancia, participación, patrocinio y casi legitimación de quienes se han aprovechando electoralmente  y seguirán haciéndolo por muchos años más, como que no pasa ese encanto que generan esas voces discordantes para  las que  lo que ellos han patrocinado es muy bueno, pero lo que otros han hecho en sentidos diferentes es muy malo y se debe descalificar de entrada, así sea con mentiras y adjudicando hechos imaginados. La visión de una abogada investigadora peruano-americana nos hace un recorrido tenebroso por los años en que el fenómeno paramilitar  se apoderó de todo. Nos va llevando de la mano de tres personajes reales- Uno de ellos no sobrevivió. Los otros dos uno lo hace porque se fue lejos, donde es apreciado y respetado y siente un mínimo de seguridad frente a todas las persecuciones que le montaron y que le mantienen armadas constantemente. El tercero mantiene el bajo perfil de siempre, pero sigue en el ejercicio de su profesión a manera de apostolado, como algo que se le ha metido en la piel y le ha valido casi sacrificar su vida personal, como que nunca se sintió con las fuerzas para huir, aunque fuese con garantías.

Alrededor de las figuras  brillantes del abogado defensor de los derechos humanos Jesús María Valle, oriundo de Ituango, por cuya comunidad lo entregó todo, hasta que un día lo asesinaron en su propia oficina, delante de su familia y se sembró el silencio de ello en tal forma que durante muchos años apareció como simple desaparecido; del abogado e investigador Iván Velásquez, quien desde diferentes cargos en el poder judicial adelantó mucho más que el aparato jurisdiccional completo, respecto de esos actos de muerte, crimen, miedo y silencio, habiendo sido el perseguido preferido de un régimen que  solamente estaba interesado en el Estado de Opinión, siempre y cuando fuese unánime a favor del Mesías intachable; y del periodiodista Ricardo Calderón, quien desde las páginas de Semana fue capaz de aportar al conocimiento de los paramilitares lo que las fuerzas del orden sabían, se callaban y ocultaban de manera consciente. Ricardo sigue vivo. Está tan amenazado que la misma abundancia de atemorizaciones se ha convertido en su escudo, para que no le pase nada, pues si  le pasa, todos sabrán desde donde le pasó.

Usando una frase de José Aureliano Buendía Segundo, en “Cien años de soledad”,  la abogada e investigadora de la ONU María McFarland Sánchez-Moreno, presenta en español su libro “Aquí no ha habido muertos” , para contar en detalles muchos incidentes, accidentes y sucesos que han conmovido al mundo entero y sobre cuyas investigaciones poco o nada ha sucedido, por la legitimación que de alguna manera se hizo patente en muchos espacios y condiciones.

Son 405 páginas  por las que va desfilando el horror, los horrores, el terror, los terrores, el miedo, los miedos, el pánico, los pánicos, todo junto metido en el cuerpo hasta doblegar a una sociedad que se sintió acorralada con el poder de las armas patrocinadas por el gran capital y protegidas por aquellas fuerzas que se nutren de los impuestos que pagan los colombianos y que se pusieron no al servicio del ciudadano, sino al de esos oscuros intereses sobre los que se ha construido tanto poder en nuestro medio.

Es un libro desgarrador, conmovedor, que en muchas ocasiones dan ganas de dejar de leer porque no cabe en la cabeza tanto crimen  sin sentido,  con la única ambición del poder completo, con la argumentación de que se defiende la seguridad ciudadana. Esta no puede existir cuando las masacres densitios alejados del país se producían para que los que no tenían miedo aún lo llegaran a tener, pues estaban dispuestos a llegar hasta el último de los que pudiesen al menos intentar pensar de otra manera.  Hay que tener la decisión y la convicción de lo académico y de la necesidad  de conocer  la historia desde todos los puntos de vista, para mantenerse hasta el final, aferrado a esas páginas por las que chorrean los ríos de sangre y el silencio lleva hasta la destrucción de los que tanto han padecido.

Con Sánchez-Moreno se va sabiendo:

“Si este país supiera toda la verdad, se deshace”, me dice  Rodrigo Zapata con una sonrisa satisfecha. Estamos sentados muy incómodos sobre un par de sillas plásticas maltratadas junto a un escritorio mugriento en la bochornosa sala de visitantes  de la prisión de  Itagüí, a las afueras de la ciudad de Medellín. Esta es la misma ciudad que dos décadas atrás vivió bajo la garra del rey de la cocaína Pablo Escobar, tiempo en el que fue conocida como “La Capital mundial de la muerte” por cuenta de su astronómica tasa de asesinatos.  Cuando nos conocemos es junio del 2014 y los reportajes de las noticias de Medellín dan más cuenta  de su Metro de talla mundial y de sus bibliotecas que de las brutales realidades sobre las que se sostiene su infraestructura. Pero si alguien conoce esas realidades, esa persona es Zapata.  (Página 15).

Y comienza ese recorrido que nos va llevando por un mundo de miedo y horror, en el que no es fácil entender como es posible que se haya mantenido el mínimo de cohesión social que se mantiene, incluso con la enorme fragilidad que cada vez se detecta.  Se ha soportado mucha sangre, mucho terror, muchas ganas de meterse debajo de la tierra y esperar a que pasen los criminales.

Cuando las cosas comenzaron en pequeña escala, pocos o nadie le prestaron atención. Jesús María Valle que eran nacido en esas tierras supo lo que se estaba gestando e inició la lucha a tiempo, pero no fue oído y cuando lo fue  no consiguió nada. Se hizo más visible cada vez, hasta cuando sus asesinos  tomaron la decisión de que ya era hora de dejar de  verlo, lo dieron por desaparecido, pero ahora es posible saber como lo mataron infamemente en su oficina de abogado, en Medellín, en pleno centro, delante de sus familiares, a quienes condenaron al silencio permanente.

La mayoría de colombianos le prestaron poca atención a lo que ocurría en Ituango –una región montañosa que, al igual que gran parte de la Colombia rural, estaba a duras penas conectada por carretera con el resto del país.  Algunas partes de Ituango son por completo inaccesibles a menos que sea mediante botes, caminos de herradura o en mula. Casi todos sus residentes eran campesinos que no tenían teléfonos en sus casas. Alguno no tenían si quiera electricidad. Muchos no terminaron el colegio. Un número de sus habitantes eran indígenas catíos o emberas. Pocos habían emigrado allí provenientes de otros lugares y eran muy raro que la gente de Ituango se aventurara lejos de casa.  (Páginas 27 y 28).

Todos los espacios se volvieron de miedo, de horror, de temores debidamente construidos. No era posible estar en ningún lado con un mínimo de sensación de seguridad, porque en cualquier parte estaba la muerte, la propia o la ajena.

Los hospitales de Medellín se volvieron sitios peligrosos para ir, pues las víctimas de balaceras que habían logrado salir con vida, a menudo tenían asesinos a su espalda –adolescentes en motocicletas, miembros de pandillas o simplemente matones a sueldo. Muchos de estos asesinos morirían sin llegar a la edad adulta. Con frecuencia el sol se levantaba para encontrar una ciudad plagada con cadáveres humanos, muchos de ellos nunca identificados. Varias bandas criminales y facciones armadas luchaban en silencio por el control de la ciudad y el provechoso mercado de la cocaína. Con sus al parecer ilimitados recursos, Escobar  les dio a escoger a los oficiales públicos entre la plata o el plomo –lo que quería decir aceptar un soborno o morir a tiros. Se volvió casi imposible decir quien estaba con Escobar y quien en contra. Mientras tanto, el ejército y la Policía colombiana se enzarzaban en sus propios actos de brutalidad, asesinando y “desapareciendo” a jóvenes que creían estar asociados con Escobar. (Páginas 51 y 52).

Ahora se puede saber, con la lectura de esta investigación de carácter sociológica histórica, como fue el fin de Jesús María Valle, pero aunque se supo en detalle, lo que se ha generado como consecuencias de aplicación legal con la facultad punitiva del Estado, no ha pasado de ser  un simple titular de prensa, con efectos nugatorios en lo de socializante que pueda tener cualquier castigo. Pasó y nada pasó.

La investigación que habían comenzado sobre la muerte de Valle también parecía no llevar a ningún lado. En Marzo de 2001 un juzgado de Medellín condenó a Carlos Castaño  in absencia por su conexión  con la muerte de Valle, pero esta condena fue sólo una más  de las muchas que tenía el líder paramilitar y sin consecuencias prácticas: no parecía existir un esfuerzo real que condujera a su captura. Para decepción de los fiscales que habían trabajado en el caso de Valle bajo la guía de Velásquez, la Corte absolvió a los hermanos Angulo. No parecía tampoco existir ningún esfuerzo por identificar  a otros que tal vez hubieran estado implicados, o por ahondar en si el ejército –que Valle había criticado con tanta agudeza- había tenido algún papel en su asesinato.  (Página 141).

Muchos de los participes ciertos de esa inmensa ola de violencia y atropellos se han atrevido a hablar y es como si nadie los oyera porque pasan  deslizándose sus frases sobre el teflón de protección de quienes han beneficiado ampliamente ese doblegamiento horrorizado del pueblo colombiano al poder dominante de las balas y las masacres. Claro que han hablado:

En 2012 Mancuso declaró públicamente que los paramilitares habían hecho campaña activa  para la reelección de Uribe en el 2006. Ese mismo año declaró ante un Tribunal de Justicia y Paz que había contribuido con apoyo financiero para la campaña de Uribe de 2002. También dijo que por petición suya los miembros del Congreso Eleonora Pineda y Miguel de La Espriella (quienes luego fueron condenados por los casos de la “Parapolítica”) se habían encontrado con Uribe en su finca del Ubérrimo, para decirle que los paramilitares habían contribuido con grandes sumas de dinero para su campaña y que,  si ganaba los paramilitares  querían empezar unas negociaciones de paz. En sus declaraciones Pineda y De La Espriella apoyaron lo dicho por Mancuso.  (Página 336).

Ahora se sabe más, un poco más y la historia irá desentrañando  por completo  lo sucedido, cuando si acaso quedarán vocablos de lamentos colectivos por lo que ha sido esta sociedad, que cuando busca la defensa de sus intereses, no se detiene ante ningún elemento, así se trate del miedo con camino al pánico.

Aún así, los colombianos  saben mucho más ahora que en años pasados –no sólo acerca de los horrores perpetuados por los paramilitares en nombre de la contrainsurgencia, sino también acerca de los tratos que muchos políticos pactaban con asesinos. Y aún si en el fondo sospechaban la verdad,  los esfuerzos de Valle, Velásquez y Calderón –al igual que los de sus colegas, familiares y amigos mas cercanos, de muchos otros anónimos y olvidados en Colombia a lo largo de los años- han llevado a muchos colombianos a empezar a enfrentar los hechos. Colombia “no se deshizo”, como lo advirtieron paramilitares como Rodrigo Zapata, tras estas revelaciones. Por el contrario,  su gobierno  se ha visto obligado, si bien imperfecta o parcialmente, a iniciar una conversación  acerca de cómo va a enfrentarse a sus peores crímenes e injusticias.  (Página 364).   

Produce angustia, dolor y miedo la lectura del libro de María McFarland Sánchez Moreno, que es lectura obligada para todos, para no estar condenados a las constantes repeticiones por negarnos a saber lo que aquí se ha dado, a favor de unos pocos y en contra de casi todos. Es un libro duro de leer, por el dolor que va desencadenando. Cada página es como un latigazo en el rostro. Cada renglón  es una gota más de sangre que pareciera correr por entre los dedos de la mano, mientras sostenemos el libro con la decisión de llegar hasta el final. Su lectura, es  un deber ético.