18 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
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Diciembre en la Colombia profunda I

20 de marzo de 2019
20 de marzo de 2019
Imagen tomada de: Hotel Estelar, Recinto del Pensamiento

Jaime Jurado

A diferencia de los últimos cuatro años en que pasaba las vacaciones decembrinas fuera del país, en esta temporada de fin de 2018 quise internarme en algún lugar de la Colombia profunda. Después de consultar varios aspectos, entre ellos, desde luego el presupuestal, decidí visitar la Costa Pacífica, pasando previamente por mi ciudad natal.

Quiero entonces relatar lo esencial de este viaje en tres etapas: el reencuentro con Manizales, el descubrimiento de una hermosa reserva natural en el Valle del Cauca y un recorrido por el litoral desde Buenaventura  hasta llegar al extremo norte, Juradó, cerca de la frontera con Panamá.

Sinfonía alada

Así como muchas veces en la vida no terminamos de conocernos a nosotros mismos ni a las personas que nos rodean y con frecuencia nos llevamos sorpresas respecto de quien creíamos muy predecible, sucede con las ciudades en que se ha vivido mucho tiempo. Pasé en Manizales  los primeros 32 años de mi vida y la visito por lo menos una vez cada año. El pasado diciembre fui de nuevo, acompañado por mi esposa y una amiga argentina. Con cierto sabor a rutina, ya que había estado en ese sitio unas dos veces, llevamos a la visitante al  Recinto del Pensamiento, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Me encontré con un sitio maravilloso que estremece en cada parte del recorrido y deja una huella imborrable en el recuerdo.

 

Situado en la vía que conduce a Bogotá, es una mezcla de parque natural y centro de convenciones que forma un remanso de tranquilidad y reflexión. Al visitante lo recibe la serena belleza de un pequeño lago en el que nadan peces rojos, como preámbulo del sendero por un bosque de niebla que puede atravesarse a pie o recorrerse desde el aire en telesillas.

Aún con el sabor y el olor húmedo del bosque en la piel, los ojos asombrados por el verdor de la vegetación y el colorido de las orquídeas que acechan desde los más ocultos rincones, se arriba a otras tres atracciones, a cuál más memorable: el jardín oriental, el mariposario y la colina de las aves.

El primero, con sus hermosos  bonsáis y sus árboles de cerezos nos hace viajar al Japón sin necesidad de tomar el avión. El segundo nos adentra en un mundo de ensueño y fantasía entre mariposas, entre las que junto a sus compañeras de variados colores, se destacan algunas precisamente por su falta de color y su delicada transparencia.

Pero, definitivamente el asombro llega a su clímax con el más maravilloso concierto de pájaros que pueda disfrutarse: la sinfonía alada de decenas de colibríes de diferentes especies que irisan el aire con verdes de todos los colores, matizados por una que otra coloración rojiza o pechos  blancos en algunos especímenes. Llegan en diferentes oleadas a libar de las flores o de pequeños recipientes con agua levemente azucarada puestos a su disposición. Acostumbrados a uniformizar, creíamos que estos hermosos pájaros tenían apenas dos o tres variedades y ahora vemos que hay grandes diferencias entre ellos, una de las cuales es el tamaño ya que pueden medir entre 5 y 21 centímetros.

Justamente, cuando llegó otra tanda de pequeños magos del aire, tuvimos la suerte de ver casi al mismo tiempo uno de los más diminutos, haciendo malabares y aleteando alegremente con la majestad de sus ocho centímetros. La inefable emoción fue máxima al ver, oculto entre el ramaje de un árbol, el nidito de uno de ellos, del que asomaba tímidamente como espadín en miniatura el pico de una de las dos crías que lo ocupaban. Fue la visión de apenas unos segundos porque una mayor intrusión o aún la más inocente mirada nos parecían la profanación de ese encantador hogar palpitante de vida mínima y magnífica.

¡Qué vigencia adquirieron en esos momentos los versos del sacrificado periodista Orlando Sierra, nunca fue más cierta su oración a “los pájaros que anidan en la luz y salen con el sol a poner día sobre el mundo”!

Sí, estos picaflores, despertaron en el inolvidable recinto del pensamiento “los colores dormidos de las cosas”, y sacaron la noche de nuestros ojos cansados.

Con la esplendente luz de la vida que trajeron los amiguitos alados teníamos ya la mejor inspiración para la segunda parte del periplo. Dejaríamos la cordillera central para ir más al occidente, a la reserva natural San Cipriano, que referiremos en la siguiente entrega.