20 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

Torcido símbolo

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
8 de febrero de 2019
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
8 de febrero de 2019

Es costumbre caer en la generalización y sospechar de todos, en lugar de diferenciar, la persona sucia o rastrera, de los demás que integran el ejercicio profesional. En el periodismo algunos crecen como la mala hierba no para esparcir la defensa de los derechos humanos, la justicia social y la igualdad, al contrario, actúan a semejanza de pandemia para ahondar el descontento y propagar la semilla de la mentira.

La moral no se alquila ni la ética desaparece en presencia de los hilos del poder desplegados por los conglomerados económicos que, pretenden imponer, la narrativa que manosea la realidad y maximiza las utilidades. A la par unos cuantos periodistas inventan historias unidireccionales, elaboran documentos apócrifos y afianzan empalizadas para sostener el estado de cosas adversas. La clase política y los hombres adinerados que consiguen medios de comunicación son una especie de herpes que infecta las manifestaciones culturales e impide la construcción del diálogo social.

Gracias a la universalidad e integración tecnológica los esquemas de manipulación, la sumisión vergonzante, la hipocresía, los lambones, los fingidos anunciadores y los vendedores ambulantes de noticias, cada vez más, permanecen expuestos al escrutinio instantáneo. La gente no come cuento, aunque echan a la mayoría en el mismo costal de descrédito. El tema no debe asustar desde el punto de vista de la reputación, más bien apunta a dignificar el trabajo periodístico a base de discernimiento, personalidad, equilibrio, creatividad y libertad de criterio. Los otros que continúen removiendo la seborrea y el verbo hueco de infinidad de actores que bracean sobre el agua putrefacta de la corrupción, las componendas, la censura, el mutuo elogio y la compra de conciencias.

¡Por supuesto! Que la función de comunicar la ejercen empíricos y profesionales, saquen de esa cesta a los opinadores, los aparecidos, los fútiles, los renacuajos y los paracaidistas.  No obstante, varios que desfilaron por la puerta de la universidad prefirieron andar de rodillas con el objetivo de lograr reconocimiento público, fama y riqueza sin importarles el mérito ni la categoría de la profesión. Aquellos limosneros de oficio desdicen de los valores, la pasión y el proyecto social del periodismo. La palabra prestigio está en directa relación con la credibilidad y la idoneidad del personaje.

Fruto de pactos debajo de la mesa, sobornos en especie o dinero, tráfico de influencias, regalos a cargo del erario, solapadas invitaciones, viajes, pauta publicitaria y tuits endosados; entre otras formas encubiertas de coimas, dañan la imagen representativa del periodismo. Da grima escuchar a nombre de la destreza profesional a ciertos acosadores sexuales, postizos entrevistadores, áulicos del régimen e informadores de la disparidad, a quienes les duele tanto la baja autoestima que, levitan de egocentrismo. Por eso, no somos todos, son ellos la peor ralea de la comunicación.

¡Sin duda! La imperfección y el traspié acompaña la actividad diaria. Ahí sí, nadie queda exento del cuerpo del error.  Es inherente al ser humano. Cosa distinta es la mala fe, el engaño, la falsedad, el cínico desconocimiento y la estampa de la herejía que mancha los principios éticos del gremio periodístico.

Enfoque crítico – pie de página. La táctica chabacana del alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, deja mucho que desear lanzando, a diestra y siniestra, “abrazos” a los reporteros antes y después de sus calculadas declaraciones mediáticas. El cargo y la investidura obligan a ese gobernante a conservar la distancia y el respeto, por “amigo” que aparente ser el periodista, los medios no son la catapulta de la pretendida ambición presidencial ni existen para rendir pleitesía al mandatario de turno. El respeto humano aplica en doble vía.