20 de julio de 2019
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Se desvanecerá finalmente

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
8 de febrero de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
8 de febrero de 2019

Las buenas librerías de viejo tienen siempre un origen doloroso. Resultan del encuentro de dos afanes: uno sublime y otro triste. El de un librero con espíritu de anticuario, con tan poca rinitis como recato, y el de una familia encartada con los libros que heredó. El buen librero de viejo habrá estado esperando durante años la aparición de su momento, como un cuervo inteligente y oportunista que con paciencia sabe que tarde o temprano llegará el tiempo adecuado. Y llega. Seguro lo habrá abonado informando a muchos de su intención, hasta que, por fin, un día cualquiera, recibe la llamada esperada. Sentado en la mesa esquinera de un café, haciendo interminables sudokus o crucigramas, paciente y melancólico, espera la llamada que aguarda hace años. Y finalmente llega, no una anticuada llamada, sino un whatsapp, simple y concreto, algo como: “vendo estupenda biblioteca, interesado llamar a 3104517404, no presentarse sin avisar”.

El olfato del librero, afinado durante años, seguro sabrá si vale la pena atender ese mensaje o lo deja pasar. No será el primero ni el último, ha recibido muchas noticias inútiles. Las verdaderas bibliotecas no son moneda corriente, y las equivocaciones familiares, en cambio, sí.  Una esposa por fin liberada del yugo, o unos hijos perpetuamente abandonados por un padre lejano y quizá dipsómano, supondrán que las enciclopedias o los best sellers comprados en el puesto de revistas de la esquina son una tremenda colección. Pero el librero identificará el momento correcto y aun así, o precisamente por ello, dirá a los ingenuos –en todo sentido– vendedores, que entre aquellas cajas o en esos estantes comidos por el comején, solo hay obviedades, segundas y terceras ediciones, traducciones trasnochadas y unos pocos libros buenos en estado deplorable.

Sin regateo mayor, pues también es cierto que incluso una biblioteca grande, supongamos tres mil ejemplares, no vale casi nada, a razón de diez mil pesos libro, los familiares, más fastidiados aún con el fallecido, entregarán las decenas de cajas que el librero se llevará a algún local barato, para dar comienzo a la venta de aquellos ejemplares manoseados y empolvados.

La biblioteca construida durante años, con paciencia, con esfuerzos económicos bárbaros y a veces incluso a través de comportamientos infames, se desvanecerá finalmente, pues la mente que unía aquellos libros, que los mantenía juntos de manera armónica y misteriosa, ya no existe. El librero de viejo la irá esparciendo por el mundo como si arrojara cenizas en el aire. Esa es la muerte de las bibliotecas particulares, al menos de casi todas. Sin importar que el propietario se haya gastado la vida entera construyéndola, ella apenas le sobrevivirá los días o meses que tarde el librero en atender el whatsapp y hacer la oferta de compra.

Alejandro Gaviria narró una formidable historia en Hoy es siempre todavía. Contó que una noche de insomnio, mientras deambulaba por internet, procurando darle tregua a su mente siempre en guardia por cuenta de la enfermedad que ha enfrentado con entereza, encontró que alguien vendía una primera edición de Los viajes de Gulliver por un precio casi ridículo. Lo compró de inmediato y lo recibió unas semanas después acompañado de una carta en la que el propietario narraba que lo había adquirido en una venta de garaje. Sabía el vendedor que estaba haciendo un regalo a alguien: “pues el precio de venta era inferior al del mercado, pero ya no le importaba el dinero. Estaba muriendo de cáncer y solo le quedaba una dicha en la vida: coleccionar estampillas con su nieto”, así que solo pedía a cambio, si era posible, el envío de estampillas colombianas.

He preguntado a mis hijas qué harían con nuestra biblioteca. Emiliana, práctica como es, dijo que la dividiría en tres: los libros que ella quisiera conservar, algunos que obsequiaría a nuestros amigos y otros que donaría a alguna biblioteca pública. Susana, sensible y romántica, dijo que cargaría con toda. Me apena imaginarla con ella a cuestas sabiendo que tiene además un espíritu nómada. Tal vez lo que debiera hacer con los años es abrir una ventana en internet y hacer como el anciano de Illinois, ser yo mismo quien disperse la biblioteca, ser yo quien la deshoje lentamente. Sin duda ayudaría comenzar por adoptar un número límite de libros en los estantes, como los 343 de Georges Perec; el problema es de dónde saco valor para hacer algo así.

 

Manizales, 8 de febrero de 2019