1 de agosto de 2021
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La historia nunca antes contada de la región caldense

5 de febrero de 2019
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
5 de febrero de 2019

Esta sería una columna para publicar un 20 de julio, cuando todo el mundo está rememorando los movimientos estratégicos de Bolívar y las aguerridas batallas que libró el movimiento independentista nacional; cuando se oye por doquier el himno nacional acompañado de un llanto militar que ensordece medio país con el júbilo de ser un país “libre”. Pero como en esta ocasión se trata es de ir más allá de la historia general, de esa que nos enseñaron (y a medias) en el bachillerato, romperemos ese cascarón temporal para mostrar que si bien Colombia es una, dentro de ella también hay historia que no se ha contado y se encuentra expectante tras los arabescos ornamentales de las casas de bahareque.

Si partimos del hecho de que ni siquiera el carretazo de la historia nacional nos ha sido bien contada, qué se puede esperar de la fundación de los municipios. Estoy seguro que en un altísimo porcentaje de los colegios de Colombia difícilmente se ha enseñado, por ejemplo, lo que significó la independencia desde el punto de vista de Pasto y su renuencia a dejar de servir a la corona española. Nunca nos cuentan que tuvo que ser invadida por Bolívar para que se consolidara lo que sería la Nueva Granada en una lucha que duró más de 12 años. Narran los historiadores que esa zona sur fue la última en ser “liberada” del yugo español en el año de 1822, por el movimiento patriota, en la denominada batalla de Bomboná, pues fue allí donde se resguardaron las últimas tropas españolas, acogidos por la población pastusa, tras su derrota en la batalla de Boyacá de 1819.

Pero eso es arena de otro costal, ya podremos dedicarle tiempo. Lo que queremos resaltar en este espacio es que si bien es necesario que esa cátedra de siga impartiendo, podemos ampliar más el espectro e ir más allá de la historia de la conquista, de la Gran Colombia y de la Patria Boba. Así lo expresamos al auditorio de la biblioteca pública del municipio de Aranzazu, hace un par de meses, cuando emitíamos un discurso inaugural. Hay ejemplos a nivel regional que están marcando un precedente con proyectos que buscan dar a conocer la historia local, sacarla del limbo y contarla a las actuales generaciones, pues no tenemos ni idea de dónde estamos parados. No sabemos que en este suelo fértil que vio crecer el café con el que nuestros abuelos forjaron sus primeros callos también hay historia, también hubo que afilar machetes para que entre pinos y maleza se levantara lo que hoy son nuestros pueblos caldenses.

En Manizales, gracias a la iniciativa del profesor Francisco Javier González, se viene realizando hace algunos años la Cátedra de Historia Regional. Un proyecto que a la par de rendirle en cada edición homenaje a un personaje destacado de la región, busca mostrar el linaje arquitectónico, cultural y político de Manizales y Caldas. Sumado a ello también se han realizado viajes hacia pueblos del departamento para escuchar personalmente lo que los habitantes tienen que decir frente un determinado tema. Por ejemplo, sobre lo que significó la época de la violencia en el municipio de Samaná. La información es divulgada por un ponente distinto en cada sesión, donde han participado connotados personajes en el ámbito local y nacional, tales como Adriana Villegas, Octavio Escobar, Rosa Helena Macía, Alfredo Molano, Jorge Enrique Robledo, Jorge Orlando Melo, entre muchos otros.

Lo mejor es que es abierta al público y sus memorias quedan para siempre en un libro que podrán consultar los apasionados de la historia local. He tenido la oportunidad de asistir a varias sesiones y es supremamente enriquecedor conocer de tan ilustres personajes el trasegar de nuestra hermosa cultura.

Por esa misma línea se tejió hace más de nueve años en Aranzazu el proyecto “Aranzazu al día”, por Jorge William Duque, que si bien tiene como objetivo informar de los acontecimientos del municipio, también tiene como pilar divulgar la historia de la “princesa del norte”. Cómo íbamos a saber que el cable aéreo que alguna vez llegó a este municipio partiendo desde Manizales, pasando por Alto Bonito y Neira, llegó a tener un recorrido de 23 km en línea recta con vacíos de hasta 500 metros de altura. De lo que significó la mina de mercurio en el desarrollo de la economía,  de sus recordados y anecdóticos personajes. De la desmitificación del origen de la fecha de fundación y los antecedentes de su primer nombre: El Sargento. Si fue en honor al sargento Buenaventura o por el morro el Sargento (como aparece en unas escrituras de la época). Y su actual nombre, si es en honor a Juan de Dios Aranzazu o es por la Virgen de Aránzazu en España.

Hay un trabajo muy interesante en el cual se están vinculando los planteles educativos, donde a partir de charlas dinámicas, se les enseña de historia local a los estudiantes. También se realiza los primeros martes de cada mes un conversatorio abierto al público sobre un tema específico de la historia de Aranzazu. Se ha tratado la historia de su iglesia, las fiestas de la cabuya, el cementerio, entre otros. Un gran modelo que clama a gritos ser implementado en Caldas, y por qué no, en toda Colombia.

A unos cuantos kilómetros, en el municipio de Neira, también quieren redescubrir su historia. Un grupo de personas han conformado el grupo “Vigías del Patrimonio Neira” a la cabeza del bibliotecario municipal Néstor Jaramillo y el investigador Juan Manuel Gálvez, quienes a la par mostrar al mundo su fortaleza cultural y arquitectónica, también han ido robusteciendo las teorías que cuentan los escasos libros de historia. Se han dado a la tarea de meterse en esos mundos de antaño, por el camino que se va abriendo entre los documentos polvorientos que reposan en las oficinas, donde la historia del pueblo clama a gritos dar a luz y crecer como esa semilla que germina frutos exóticos.

Poco conocido es, por ejemplo, el antepasado de la tradicional “quema de judas” en este municipio. Según cuentan en el grupo, son 100 años los que lleva esta tradición de semana santa. Una leyenda de un muñeco de madera que se convirtió en demonio y se paseaba los domingos de resurrección por las calles de Neira. A los años vendría a leerse por vez primera el testamento alegre que le dejó judas a los habitantes del pueblo previo a su quema con pólvora. Hoy esa tradición se mantiene y como preludio se engalana una cabalgata que da paso a un acontecimiento sin igual.

A la historia le hace falta un pedazo gigante, ritmos jamás contados del ajetreo de los años en la colonización antioqueña, y de ahí en adelante. Ese redescubrimiento me ha enseñado que sembrando esa semilla de la historia local, saber dónde estamos parados, es crecer en sentido de pertenencia. Significa cantar los himnos locales con orgullo, integrar las bibliotecas con la historia de nuestra tierra teniendo esos libros como cabecera; es compartir nuestro mundo con el mundo. Es conocer a Colombia en sus rincones, ir más allá, ir a la tierra de nuestros ancestros, de donde venimos, y seguramente, donde plantados estaremos, atentos, desde la eternidad, para cuando los avezados e inquietos investigadores busquen y puedan darse cuenta que la historia se siguió escribiendo ahí mismo, donde estén parados, en la tierra que nos conectó por siempre y para siempre.

Con esta columna quiero hacer un llamado a nuestros gobernantes para que por medio de las secretarías de cultura generemos proyectos que ayuden a emerger toda esa historia perdida, nuestra historia. Para que ese baúl de los recuerdos se mantenga abierto, porque hay mucho que contar. Demasiado. Al fin y al cabo, su edificio administrativo también fue en alguna época una choza con guaduas en la tierra. También tuvo un gobernante que se imaginó que su duro trabajo de apertura sería compensado por quien ocupara sus aposentos años después. Vamos a retribuirlo, ¿o sino quién?