23 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

Es que somos sordos

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
22 de febrero de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
22 de febrero de 2019

Mientras intento escribir esta columna un pájaro canta, sin importarle el paso de las busetas que expelen un humo asqueroso y pestilente, canta algo como cua-cua-cua-cua-cua-cua-cuia, a veces una vez, otras, lo repite seguido hasta tres veces. Está atardeciendo, el cielo está encapotado, ha llovido y amenaza con volver a llover. Es domingo y se acerca esa hora horrible en la que parece inútil cualquier alegría o esperanza. Ese momento vacío en el que aún lo más sublime debe guardarse porque corre el riesgo de sucumbir ante el tedio y la inutilidad. Si estuviera sonando la Suite Francesa No. 3 compuesta por Bach para su esposa Ana Magdalena, habría que quitarla. Sin embargo, el pájaro no siente la llegada de la hora más burguesa y proletaria de todas, la que antecede el trabajo de la próxima semana y advierte sin ambages los fastidios de oficina que irán sucediendo indefectiblemente.

No logró identificar qué pájaro es a pesar de que repite su canto con algunos intervalos, que tampoco entiendo cómo suceden. A veces lo repite una o dos veces por minuto, luego queda en silencio y luego vuelve a empezar. No tiene que ver con el silencio o el ruido, ni con la luz, creo; parece caprichoso, puede ser simplemente caprichoso. Unos versos de la poeta Mary Oliver dicen: “… Canta despacio y más despacio/ y de pronto, nada/…Debe de significar algo, no sé qué”.

Truena, también truena. Nada extraordinario. Llueve en el páramo, las montañas apenas son visibles en medio de una cortina de agua y neblina de la que se ven salir puntos blancos que luego se convierten en garzas silenciosas. El silencio también debe significar algo. La misma Oliver sugería ver el paso de los cisnes porque “saben tanto como nosotros sobre todo este asunto”. El asunto pueden escogerlo ustedes.

El problema es que somos sordos, peor aún ante el silencio, o lo que creemos que es el silencio, es decir la ausencia de sonido perceptible. Sobra advertir que nuestro oído es un sentido casi torpe si lo comparamos con el de otros seres, escuchamos en un espectro audible muy estrecho, y somos traductores elementales. El canto de los animales nos parece un mero divertimento o algo intrascendente. Si el grillo chirría o el colibrí canta con ese graznido agudo y persistente, desde una percha expuesta, nos parece algo trivial. Vivimos casi al margen de la naturaleza que nos rodea. Para salvar la distancia, el biólogo estadounidense David G. Haskell propuso la ética de la ecología conectada, cuya práctica y camino principal es la escucha reiterada. De todo, obviamente, incluidos los árboles y las plantas. Haskell se hizo celebre durante la escritura de su último libro, porque viajó a lo largo del mundo instalando, en árboles emblemáticos, unos sensores conectados a los troncos, para escuchar sus cantos. Debió parecer un loco, no a los indígenas ecuatorianos que saben escuchar a los árboles, sino a los transeúntes de las aceras de Nueva York, donde también llevó a cabo su experimento, por demás científicamente sustentado.

“El bosque crepita, pero nuestro oído nos falla. ¿Qué podríamos aprender si tuviéramos mejor oído? Como mínimo, a través de los chirridos y chasquidos siempre cambiantes de los árboles seríamos conscientes del dinamismo que esconden las placas de corteza engañosamente quietas”, escribió Haskell.

Idas las garzas, miro el raquítico Guayacán rosado que lleva años intentando crecer en medio de los pinos del parque.

El pájaro no ha vuelto a cantar, y se me ocurre que puede ser la lora de los vecinos, puede ser que esté recordando y reproduciendo algún canto aprendido en la selva. Ahora en cambio ulula la alarma sensible de un carro que protesta porque algún transeúnte ha pasado cerca y un motociclista acelera esquivando los pocos carros que esperan el cambio del semáforo; si no es el turno de seis el que lo espera, será alguna amiga con la que irá a comer pizza hawaiana. Escucho y me permito el placer de imaginar vidas. Quisiera ver que el cielo se desgaja de improviso con toda su energía y que llueve a borbotones; sería un remedio para esta hora, que un aguacero convirtiera en pequeños ríos la calle y entonces ver a todos correr hacia sus casas.

Manizales, 22 de febrero de 2019