25 de marzo de 2019
Aguas de Manizales - Marzo 2019

Libros El cielo a tiros (Alfaguara), de Jorge Franco.-

Por Darío Jaramillo Agudelo
14 de febrero de 2019
Por Darío Jaramillo Agudelo
14 de febrero de 2019

Jorge Franco (Medellín, 1964) tiene el don de saber contar historias. Y es un tipo más que aplicado y juicioso como para saber que un don sin disciplina y sin ejercicio no es un don. Franco tiene el talento y posee la disciplina para aplicar ese don en las novelas que escribe, como es notorio en sus dos más recientes, El mundo de afuera (premio Alfaguara 2014) y, la que acaba de salir, El cielo a tiros. En la contracarátula de esta última hay una magnífica síntesis de su contenido: “Larry regresa al país doce años después de la desaparición de su padre, un mafioso cercano a Pablo Escobar. (…) El encuentro de Larry con su pasado familiar y el redescubrimiento de una ciudad en donde aún se perciben los rezagos de la época más oscura de la historia de Colombia son algunas de las capas que se entretejen en una novela vertiginosa en la cual el autor –con la maestría narrativa que lo caracteriza– consigue retratar a la generación de los hijos del narcotráfico, víctimas de sus propios padres”.

El regreso de Larry ocurre un 30 de noviembre, fecha de la Alborada, una alborotada fiesta de origen reciente, se dice que debida a los mafiosos, en la que se quema pólvora, principalmente detonante, durante toda la noche: “se armó una guerra de combos, los de Berna contra los de Doble Cero; toda una matazón que terminó convertida en una celebración con pólvora, un 30 de noviembre”, le explica Pedro a Larry. Larry se pregunta por qué esa inacabable explosión de pólvora durante toda una noche y se contesta sin piedad: “porque están locos, pienso, porque seguimos enfermos. Esa pólvora no es más que balas solapadas, un culto a nuestras guerras”.

Larry salió de Medellín porque su padre, Libardo, fue desaparecido por los enemigos de Pablo Escobar (¿los pepes?, ¿la policía?, ¿los otros carteles?). Dura doce años afuera hasta cuando hallan el cadáver de Libardo. Entonces regresa y se encuentra con su madre, una ex reina de belleza que ahora es alcohólica y ludópata; se reencuentra con su hermano mayor, que nació finquero y maneja el fundo que les quedó; y también se encuentra con un pasado oscuro. No hay que olvidar que se fue por el temor de ser asesinado y también por la fuerte discriminación que padece, en el colegio sobre todo, como “hijo de la mafia”: “Nunca lo entendí, pero me suponía que era como nacer negro, blanco, alto o bajito. Eso era lo que éramos y punto. Aunque nunca faltó algo o alguien que me recordara quién era yo. Al principio me enfurecía, me iba a los puños. Ahora, simplemente, paso saliva”.

Larry hace su vida en Londres. Es un profesional de clase media con actitudes y valores muy diferentes al mundo mafioso. Y al volver a Medellín, poco más que treintón, es despiadado al juzgar ese mundo mafioso y, más, al juzgar esa sociedad permisiva que propició el auge de la riqueza fácil por la vía del comercio de cocaína: “Julieth inhaló. Me pareció que se le iban a explotar los labios, que estaba a punto de venirse. Antes de llegar a mí, todos esnifaron. Hasta que tuve a Pedro al frente, escarbando el billete con la punta de la cédula. Bajo mi nariz estaba mi historia, la de Libardo, la caja de Pandora de este país, la fuerza que movía al mundo. En cada partícula de ese polvo había una guerra, pero quién era yo para hacer juicios. ¿Una víctima? ¿El victimario? ¿Un estandarte de la moral o la manzana podrida? Todos estaban pendientes de si me metía ese pase. ¿El hijo del mafioso no mete droga?”.

En cuanto al juicio sobre su tierra, el más contundente aparece en boca de un taxista: “Es que si uno se pone la mano en el corazón –dice y se lleva la suya al pecho–, para hablar en plata blanca, para que no nos digamos mentiras, amigo, porque aunque tenemos fama de frenteros, aquí nos han faltado güevas para llamar al pan, pan y al vino, vino. Y una sociedad, cualquiera que sea, si no es capaz de hacerse un examen de autocrítica –recalca– es una sociedad fallida, sí señor”. Pero hay más, la frase de Pedro, también entre un carro: “Si ves un aviso como aquél, que dice que lo mejor de esta tierra es su gente, puedes estar seguro de que estás llegando al mismo infierno”.

Una vida, una sociedad que se refleja en su gusto musical, el peor, y en su autocomplacencia, no exenta de orgullo por nada: “Medellín convertido en un destello, el olor y el ruido de la pólvora, la bulla de los borrachos y el sonsonete de las canciones que no dicen nada y lo dicen todo, dicen lo poco que somos, en lo que nos hemos convertido: en un reguetón monótono y vacío, misógino y violento, un culto a la nada”. Magnífica novela.