24 de agosto de 2019
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Decadencia del aplauso

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
7 de febrero de 2019
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
7 de febrero de 2019

El arte de aplaudir que nos diferencia de los canguros está en decadencia. Los aplaudidores profesionales han convertido el bello ritual del aplauso en calumnia.

Lo vimos anoche con el discurso del presidente Trump sobre el estado de la (des) Unión. “Pronunciaba” una coma, hacía una pausa, sonreía, y la galería aplaudía frenética.  Y de pie pa más piedra.

Y “como sorpresas te da la vida”, la presidenta de la Cámara, doña Nancy, se sumaba el coro genuflexo. En la noche del Óscar que se ve venir, siempre hay orgía de aplausos y de lágrimas.

Como los extremos se juntan, lo mismo ocurre cuando el presidente Maduro se deja venir con sus estrepitosas peroratas. Ay del general que no aplauda. Adiós charreteras y privilegios.

Los hay que aplauden por todo. Pasa una nube, un taxi vacío, un bus o un ascensor repletos y arrancan. Si el político en campaña ofrece el oro y el moro, la tribuna estalla frenética.

La bella que pasa a nuestro lado, desafiante, desplegando ante nuestros ojos  de voyeristas un tsunami de caderas,  exige aplausos para su erotismo.

Aplaudir se nos ha convertido en tic. El hombre de internet nace con un chip para aplaudir sin reposo. No importa  que no haya méritos. Se trata de  aplaudir por inercia, como quien ve pasar una bala perdida rumbo a su fúnebre destino.

Mientras llega la rectificación, digamos que el aplauso nació de la necesidad sentida por el bobo sapiens de que le suban el ego. El aplauso es una exquisita forma de esperanto que traduce lo mismo en todos los idiomas.

 Solo falta que aplaudir sea una materia  en la escuela. Está tan desgastado el recurso del aplauso que el Congreso debería reglamentarlo para ahorrar energías, como aconseja el Nobel Bob Dylan en sus “Crónicas”.

Algunos aplausos parecen dados con silicona. Son inflados como aquellos brasieres que mienten por partida doble. Es cuando aplaudir es mentir con las palmas de las manos.

Los hay que se aplauden a sí mismos: se da en el caso de quienes dejan las huellas de sus manos en cualquier hall de la fama para eternizar su vanidad. 

¿Quién no ha soñado con triturar a quienes parecen contratados para aplaudir en los teatros (o en el Congreso norteamericano)? La claque que llaman. Esos fulanos a sueldo aplauden de pie y  ordenan a su entorno seguir idéntico libreto.

Los artistas entran y salen a recibir el maná de aplausos sin separar el oro de los verdaderos de la escoria de los que son falsos como ciertas hojas de vida. El aplauso tiene mucho de salario en especie, siempre y cuando se merezca. Asistimos a la clonación y/o globalización del elogio.

Hay aplausos al revés. Los damos en el teatro cuando la función se demora. En ocasiones como éstas, el aplauso es crítica pura, ironía, burla. Canción protesta.

Muchos han hecho del aplauso su modus viviendicomiendi y trabajandi. Por sus aplausos los conoceréis pues los adjuladores arrancan tres segundos antes que el resto de los mortales y terminan cinco segundos después. Estos fulanos terminan de aplaudir y le pasan la hoja de vida – o la cuenta- a su mecenas. (Los perros aplauden en silencio moviendo la cola).

Unos viven de llorar en los entierros. En este sentido, los aplausos son lágrimas con las manos. Extraña forma de rebuscar el diario yantar.

Si nacemos con las lágrimas,  los polvos y los aplausos contados, dosifiquémolos. Abajo las manos hechas para el cepillo, el elogio, el incienso. Al menos dejemos  algunos aplausos para matar zancudos en la noche huérfana de sueño. (Esta nota, sacada del congelador, ha sido actualizada…).