20 de julio de 2019
Aguas de Manizales. Banner julio de 2019.

Sueño bogotano

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
27 de enero de 2019
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
27 de enero de 2019

Sucedió hace cincuenta años y monedas. Éramos cuatro los caballeros. Todos amábamos el vino, la mujer y el juego como en el famoso poema. También amábamos el azar. Nos regíamos por la vieja divisa: “La fortuna ayuda a los audaces”.

Medíamos el éxito por la capacidad de hacer dinero. Ambiciosos, nos gustaba más la plata que comer con la mano. Teníamos un sueño: el billete que nos esperaba en la remota y fría plaza bogotana.

Fuimos apoteósicamente despedidos. Los patos y vagos del andén de Envigado, donde vivíamos; ajedrecistas, billaristas, crucigramistas, chanceros, soñadores, futbolistas, malandros de buena ley, nos despidieron con una consigna: vuelvan  pero con plata.

Abandonamos el confort de las piedras del fogón casero, dejamos los estudios de bachillerato, le dijimos adiós a algún arrocito en bajo con cuerpo de mujer y decidimos ser profetas en otra tierra.

Empeñamos alguna alhaja ajena  y arriando first class de Aerocóndor (nada de flota intermunicipal) aterrizamos en la capital. “Teníamos salud, sonrisa, juventud y nada en los bolsillos”. ¿Para qué más?

No teníamos papeles, tampoco sabíamos hacer nada. Nunca nos habíamos degradado triturando horarios laborales. Pero la decisión de largarnos de casa, pegar el grito de independencia doméstico, no tenía reversa. Tendríamos la libertad por hábitat.

Nos instalamos en un inquilinato del barrio 12 de Octubre. Los dueños sospecharon que los paisas les íbamos a poner conejo. No fue así, loado sea Alá.

Nos extrañó  que el alcalde de Bogotá no apareciera para entregarnos las llaves de la ciudad. Sospechamos que tendríamos el mundo en la oposición.

Cogimos el toro por los cuernos y nos tomamos el centro de Bogotá que era un aguacero eterno. Además, todo pasaba en el centro donde inventamos anfitriones que nos rotábamos para no aburrirlos a la hora de gorrear el almuerzo. Elegancia ante todo.

En las pocas puertas que tocamos nos pedían hoja de vida. Teníamos vida, no hoja. Los tres golpes diarios salieron de nuestra cotidianidad.

Había pasado un mes y ninguna multinacional se interesó en nuestro talento. Pedimos cacao en casa. Fuimos desertando. Pasados treinta días, todos estábamos de regreso al hotel mamá.

Retomamos la monotonía municipal. La gloria que espere.

A la segunda va la vencida, me dije. Y me sonó la flauta. En el siguiente desembarco en Bogotá duré 50 años. Me fue tan bien que nunca conseguí plata. Pero eso será harina de otro costal.