20 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

Que nos devuelvan el frío

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
18 de enero de 2019
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
18 de enero de 2019
Y hace miles de aguaceros,  le dirigí unas líneas al periodista Juan Gossaín quien este jueves 17 cumplió 70 años. Japiberdituyú. Se las envié a propósito de una nota suya aparecida en el periódico “Ciudad Viva” de la Alcaldía de Bogotá. El clima es la sustancia del viejo correo:

A Juan Gossaín, salud.

Estás chiviado cuando afirmaste en tu avara nota para el periódico Ciudad Viva, de la Alcaldía, que “En Bogotá sigue lloviendo”. No hay tal. Hace tiempo, Bogotá dejó de ser un aguacero perpetuo, aquella metrópoli de gente en la calle esperando que pase la lluvia, como en cualquier cuento de don Gabo, tu amigo y paisano caribe.

Alguien nos cambió la ciudad. Exijo que nos la devuelvan. Queremos ese frío intenso que nos hacía dudar de la existencia del sol. Si llegas hoy a esta “plaza”, como la rebautizamos los de la diáspora, no verías niñas en las esquinas, empapadas, emperradas llorando.

Verías viejas con ropa de verano, escasas de ropa, ya no exhibiendo precarios talones, sino  mostrando pectorales o  retaguardias audaces, capaces de desterrar cualquier disfunción eréctil.

En la foto, el septuagenario Juan Gossaín, en compañía de Javier Ayala, al centro, y de Darío Arizmendi durante una visita de directores de medios al Caguán, durante el gobierno de Andrés Pastrana. En ese tiempo, la paz, finalmento, no llegó a ningún Pereira. (Foto odg)

Bogotá, debo denunciarlo, se viene dando prepotentes ínfulas de  Cartagena, donde vives ahora. En vez de mar, la capital tiene cerro de Monserrate. Esta no es la ciudad que sedujo a quienes nunca fuimos profetas en nuestra tierra.

La arcaica ropita de invierno languidece en el clóset en compañía de polillas que pescan en río revuelto. Cuando se deja venir algún aguacerito de media petaca, los vestidos  piden a gritos que les demos una segunda oportunidad.

En los almacenes se ha reducido la oferta de trajes como los que se estilaban hace décadas, cuando aterrizamos en los pagos bogotanos. La industria sin chimeneas de sombreros, gabardinas, paraguas y similares, languidece a ritmo de plusmarquista de los cien metros planos. O de raponero con éxito de la Décima.

Salvo que al paraguas se le dé el empleo contrario, y se utilice para escurrirle el bulto al sol que heredamos.

En ese desorden de ideas, no creo que tu señora madre ignorara geografía cuando empacó en tu maleta el abanico que los cachacos llamamos ventilador. (Felizmente, abanico y ventilador sirven para lo mismo: moler el viento en rodajas. No importa que el gato sea blanco o negro sino que cace ratones, dicen los pragmáticos chinos).

Más que geógrafa, tu mami era vidente. Vio lo que venia -el verano-  para la capital de los cachacos. (Cachaco es todo individuo que conoció primero el mar en foto, o por referencias).

La señora Abdala empieza a tener razón, muchas décadas después. Sospecho también que Javier Ayala, a quien acusas de haberse robado tu triturador de aire, cometió el “delito” porque también intuyó lo que venia: luz, mucha luz, en vez de frío e inviernos que le harían agua la boca al bíblico Noé.

Si los cazadores de nostalgias perdidas allanaran la casa de Javier – y no lo permita la Chinca-, encontrarían en algún recoveco de su casa de reportero eterno,  el dichoso ventilador que llegó de San Bernardo del Viento a lomo de bus escalera.

Por los días de intenso invierno, Bogotá se parece a aquella ciudad que era un aguacero permanente cuando la conocí. En esa Bogotá de finales de los años sesenta todo el mundo  parecía estar huyendo de un aguacero. O viviendo debajo de él que es lo mismo.

A quienes nos estrenábamos en el sueño bogotano, nos parecía que a toda hora le estábamos escurriendo  el bulto a la lluvia. El paraguas vivía en sus quince, haciendo las veces de pararrayos del agua.

No había huecos en las calles porque estaban llenas de agua. La “nevera”, uno de los alias de la ciudad, era una Venecia criolla sin barcos pero con miles y miles de charquitos.

El clima impedía apreciar en su erótica dimensión los cuartos traseros y delanteros de las muchachas rolas, todas de trapos hasta los pies vestidas.

Había que cometer estupro para verlas ligeras de equipaje, o sea,  prometer casarse – o casarse con ellas- para conocer sus reconditeces.

Un aguacero diario no se le negaba a nadie. El cielo parecía calcado al papel carbón de cualquier mañana londinense o limeña  sin flema y sin pisco.

No se habían inventado los Max Henríquez. Todos éramos meteorólogos empíricos. Sabíamos que había un aguacero en nuestro futuro vespertino.

Ayer y hoy,  a los meteorólogos hay que creerles sus pronósticos… con un buen paraguas debajo del prosaico sobaco.

Cuando Jaramillo (el sol) aparecía para darse un septimazo, ese día encimaban huevo frito en los restaurantes de almuerzo ejecutivo que remplazaban al hotel mamá.

A los provincianos sacados con espejito de sus parcelas de tierra caliente, nos parecía imposible sonreír, sobrevivir, o amar en un clima que tenía el color de la tristeza.

Por eso, en el baúl, junto con las ilusiones, traíamos la legalísima dosis personal de calor de nuestros terruños. Esa Bogotá tan distante en el tiempo es la que se repite en días pluviométricos.

La situación está tan complicada que casi me arrepiento de pedir que nos devuelvan el frío.

No te quito más tiempo.