15 de julio de 2019
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Qué hubiera querido ser

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
25 de enero de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
25 de enero de 2019

Se preguntó alguna vez el escritor chileno Roberto Merino qué hubiera querido ser de no haberse dedicado a la literatura, y se contestó que conserje. Me he hecho la pregunta varias veces y acostumbro hacerla a otros, intrigado por lo que hubiera podido ser y no fue. ¿Cuál o cuáles fueron los caminos no tomados o no vistos? La respuesta que me doy normalmente es una verdad a medias, porque respondo mencionando oficios o tareas un tanto complejas: biología, periodismo, creativo –de algo–, estratega –de algo–, arquitecto. Qué va, todo eso es mentira, o casi.

La idea del conserje es muy buena. Los tipos estos tienen todo el tiempo para sí mismos, no para hacer nada, sino para sí mismos. Los ve uno sentados en una silla cómoda, con las piernas extendidas, o parados frente a una puerta de vidrio mirando el infinito que parece no agotarse en el edificio del frente. Hablan poco, escuchan mucho y seguro tejen y destejen historias ajenas a su antojo. Algún amigo dijo una vez que eran unos vagos sinvergüenzas pues no conoce a ninguno que lea en el tiempo libre del que disponen, que además es todo. Yo supongo algo distinto, lo que sucede es que son unos creadores que no concretan su obra, que la dejan en mero proyecto, imaginan una magnifica novela poblada por los habitantes del edificio que vigilan en el sentido exacto de la palabra, porque vigilan más hacia adentro que hacia afuera. Saben más cosas de los inquilinos que el oyente del receptor de radio del cuento de Cheever, que podía escuchar lo que sucedía tras las puertas de los apartamentos y por tanto conocía los vergonzosos secretos de todos. O imaginan mejor que el omnisciente narrador de La vida instrucciones de uso, la novela de Georges Perec, esa especie de comedia humana contemporánea, que bien puede desarrollarse en cualquier edificio de una calle nuestra y no necesariamente en la parisina Simon-Crubellier.

A pesar de lo que digo, no me gustaría ser conserje, alguna trapeadora habrá que pasar y no faltará el niñito mimado altanero, o el inquilino grosero con ínfulas de gran burgués. No, pensando de nuevo el asunto, hubiera preferido otros oficios, aunque no tengan la posibilidad de mirar al cercano infinito, o de imaginar vidas o urdir extrañas conexiones vitales, o de crear y destruir historias y futuros, o evidenciar fantásticas realidades. Me hubiera gustado desempeñar oficios simples, básicos, que liberen la mente y la dejen vagar a su antojo. He hecho una lista de oficios que podrían cumplir tal requisito: cultivar cilantro o habichuelas –sobre todo cilantro–, hacer y vender pan, vender cachivaches en un barrio de la ciudad desde un pequeño local, criar gallinas, pastorear ovejas, ordeñar vacas, servir copas de aguardiente o vasos de cerveza en un bar que hay en la carrera 25 con calle 30, solo hasta la ocho de la noche, manejar un tractor en una finca en Zarzal, secar café en elba, tostar café, atender un vivero.

Las personas que cumplen esas tareas, y otras similares, me dan envidia. Al menos los oficios que desempeñan no les provocan angustia alguna, al contrario, de ellos puede derivar una formidable serenidad que luego consumen las inquietudes que toda vida conlleva. Otros debemos cargar con nuestras propias preocupaciones y con las que generan nuestros oficios complejos, colmados de responsabilidades y riesgos.

Pero no, todo esto es imposible, o fue imposible, o sería imposible. El fragmento número treinta y nueve de los Evangelios apócrifos de Borges dice, “La puerta es la que elige, no el hombre”. No habría manera: seguro, de cultivar cilantro terminaría intentando promover la creación de una federación de cilantreros, o de vender cachivaches, unos meses después, querría abrir una sucursal unas cuadras abajo.

Aún así, hace unas semanas, viajando a Roldanillo a ver una exposición al Museo Rayo, entramos a Toro, un municipio con más de quinientos años de historia y menos de nueve mil habitantes en el área urbana, que tiene una bandera y un escudo solo propios de un poblado cuyo verdadero nombre es el de Nuestra Señora de la Consolación de Toro. Era un poco después del mediodía, las calles estaban solas por cuenta del sol que golpeaba con toda su fuerza, el silencio emocionaba. Lo único que atinamos a decirnos fue que el paraíso seguro existía allí un miércoles cualquiera, a las 3:30 de la tarde, cuando el tiempo debe parecer que no existe. Sí, un miércoles a esa hora, y uno esparciendo café medio húmedo sobre el andén del frente de su casa.

 

Manizales, 25 de enero de 2019.