12 de agosto de 2022
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Nuestra independencia y Estados Unidos

6 de enero de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
6 de enero de 2019

Viene produciendo mucho ruido la frase que le dijo el presidente Iván Duque a Mike Pompeo, secretario de Estado, durante el encuentro en Cartagena: “hace 200 años, el apoyo de los padres fundadores de Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial, por lo que recibir hoy esta visita nos llena de alegría y de honor precisamente este año del Bicentenario, tan importante para nuestro país” ¿Por qué lo dijo? Seguramente por desconocimiento de la historia o por servilismo.

La enseñanza de la historia ha venido desapareciendo de las escuelas y colegios. En 1984 el gobierno de Belisario Betancur aprobó cambiar la cátedra de historia por una de ciencias sociales, que involucrara geografía, y democracia; entre todas tenían una intensidad de ocho horas semanales, pero se dictaban de forma independiente. La reforma se cristalizó en 1994, con César Gaviria, cuando las tres materias se integraron en una sola, con el nombre de Sociales; aunque incluía temas de Constitución Política, la intensidad horaria se redujo a la mitad. Así la enseñanza de la historia se fue diluyendo y dependía de los intereses y de la formación de los educadores. Como consecuencia las nuevas generaciones perdieron la memoria y la amnesia se apoderó del país.

La supuesta ayuda de Estados Unidos

Cuando estalló el movimiento insurreccional de abril de 1810, en Caracas, la Junta envió delegados a Estados Unidos para buscar apoyo del gobierno republicano, pero el secretario de Estado Richard Smith, solo les dio algunas palmaditas de amistad. Más tarde, en 1815, el gobierno neogranadino envió a Estados Unidos varias misiones diplomáticas buscando autorización del gobierno para comprar armas y equipos, pero fracasaron porque el presidente James Madison, inspirado en la tradicional política de “neutralidad” ordenó disolver una expedición que se estaba organizando para apoyar las fuerzas republicanas de México, y prohibió a los ciudadanos estadounidenses la venta de buques de combate a países que se hallaran en estado de guerra, o sea a los revolucionarios de las colonias americanas. Sin embargo, dos años más tarde, salieron algunas armas, pero en forma clandestina, con destino a los patriotas de Nueva Granada.

Bolívar criticó la posición de Estados Unidos en nota enviada a un agente de negocios de este país (agosto de 1818): “Hablo de la conducta de los Estados Unidos del Norte con respecto a los independientes del Sur, y de las rigurosas leyes promulgadas con el objeto de impedir toda especie de auxilios que pudiéramos procurarnos allí. Contra la lenidad de las leyes americanas se ha visto imponer una pena de diez años de prisión y diez mil pesos de multa, que equivale a la de muerte, contra los virtuosos ciudadanos que quisiesen proteger nuestra causa, la causa de la justicia y de la libertad, la causa de la América”.

Por todo lo anterior afirmó Bolívar que “Los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar a América de miserias en nombre de la libertad”.

Y llegaron las intervenciones militares

En 1823 se planteó la Doctrina Monroe conocida como “América para los americanos”, dirigida a impedir cualquier intento de colonización o intervención de una potencia europea en el continente americano; solo esta poderosa nación tenía el derecho de organizar las cosas en los países vecinos. Siguiendo esta política invadió a México en 1845 y le arrebató los territorios de Texas y California, donde impusieron la esclavitud “en nombre de la civilización”; en la guerra México perdió los estados de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada y Utah; más de la mitad del país. En la época se decía “¡Pobrecito México!, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Este país siguió con su política de crecimiento en el continente y a nosotros también nos golpeó. La historia oficial dice que la independencia de Panamá, se debió a un movimiento popular por el manejo centralista de Bogotá y al olvido durante la guerra de los Mil Días; sin embargo los actores principales fueron el capital financiero de Estados Unidos y el afán expansionista de su gobierno. Este país venía chantajeando con la posibilidad de construir el canal en Nicaragua, para presionar al gobierno a firmar el tratado sin mucha discusión y, por supuesto, desfavorable; como consecuencia don Tomás Herrán, encargado de la legación de Colombia en Washington, firmó el convenio con el secretario de Estado, John Hay, el 23 de enero de 1903. Pero un tratado, aprobado con presiones y a empujones, tenía serios inconvenientes porque se entregaba a Estados Unidos el control permanente sobre la zona en la que sería construida la obra.

Como era de esperarse el Senado rechazó, por unanimidad, el tratado Herrán-Hay, lo que desató la ira del presidente Theodore Roosevelt, quien necesitaba esta carta para asegurar la reelección. Entonces Roosevelt tomó la decisión de hacer el canal por las buenas o por las malas y empezó un juego político y económico. Un importante papel desempeñó el abogado William N. Cromwell, quien se reunió en Nueva York con el capitán J.R. Beers, funcionario de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, pero también mantuvo conversaciones secretas con algunos líderes para que fraguaran la separación de Panamá; y como último paso, Roosevelt envió varios acorazados de la Armada para tomar el Istmo por si fallaba la sublevación. El 3 de noviembre Panamá proclamó su independencia.

Ahora regresemos al error histórico en el que incurrió el presidente Duque. Estados Unidos se declaró neutral y en ningún momento apoyó la independencia de nuestros países. La conclusión es simple: para abordar temas tan sensibles el primer mandatario se debe asesorar, porque “papaya servida, papaya comida”, y “del árbol caído todos hacen leña”.