19 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

Inaccesible a la razón

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
25 de enero de 2019
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
25 de enero de 2019

Es difícil explicar el sentido oculto que sugiere el extravío o la desaparición al interior del hogar de algunas prendas de vestir, los utensilios de cocina, los lapiceros, las llaves, la factura de los servicios públicos y el recibo para solicitar el cambio del regalo que no nos gustó; entre otros sucesos mágicos que inducen al desespero. Al parecer cada vivienda posee un arcano que hace de las suyas, burlándose de los afanes cotidianos.

¿Cómo remediar la colección de medias nonas que, ingresan a par, a la lavadora y salen huérfanas? ¿Qué garganta profunda se traga el único calcetín que combina con el traje sastre? Si bien varios indicarán que la prenda adquiere otro sentido de uso a tal punto que sirve de paño para lustrar los zapatos, filtro de tela que contiene la llave descompuesta, lazo para enganchar el tubo de escape del vehículo, inclusive, es materia prima para rellenar el cojín navideño, etc. No obstante, siempre existirá el costal de medias cojas.

Por arte de encantamiento el día del trasteo, la tarea de ajustar las tablas de la desvencijada cama, la reubicación de la nevera o el arreglo del lavamanos, de modo inexplicable, provocan que salte a la vista la dichosa prenda de nailon. “Aquel día me tuve que ir como payaso… y aquí estaba la hijuemadre” es la oración que rompe el disfrazado advenimiento.

A las 5:15 a.m. un grito atronador se escucha a unas cuantas calles:

“Mamá, ¿dónde está la otra media blanca de mi uniforme?”, clama la adolescente en tono desesperado.

“Mija, ¿por qué deja las cosas para última hora?, ¿le dije ayer que la buscara en la canasta de la ropa sucia?, ¡qué vicio tan fastidioso el suyo”, sentencia la madre a tiempo que se recoge su pelo y sorbe un poco de café.

Para no perder el transporte escolar, la joven, toma “prestado” el calcetín de su hermano que tiene entrenamiento a las 7 a.m. ¡Ahí fue Troya! Y otro alarido sale de la habitación.

“Mamá, dónde diablos está la otra media de mi uniforme, voy a llegar tarde al entrenamiento. ¡Qué joda! La dejé acá encima de la ropa”, reclama el adormecido jugador.

“Yo qué voy a saber, no sea grosero, boquisucio, acaso yo juego fútbol”, responde la progenitora.

Similares escenas acontecen a diario en miles de hogares sin que, hasta la fecha, alguien conozca el fondeadero de la paranormal media.

En el momento que llega la inesperada visita o la indiscreta suegra jamás están completos los cubiertos. La alacena se convierte en el laberinto sin salida. El bloque de búsqueda familiar procede a revisar cajón por cajón, los espacios de la cama mueble, la caja de herramientas del abuelo, el set de maquillaje de la niña y el bolso de la empleada. La infructuosa exploración termina a raíz del contundente alegato: “Eso fue que, Horacio, se llevó la cuchara sobre la coca del almuerzo”.

A pesar de estar desempleado, Edmundo, cuenta con el tiempo justo para tomar el transporte público. Al sexto intento, por fin, forma el nudo de la corbata con tan mala suerte que, el botón del cuello de la camisa, cae en el sanitario. La operación de rescate implica arremangada del atavío blanco y sumo cuidado con el estado de la corbata. El suplicio se perpetúa a través del minúsculo ojal por donde pasa el hilo de color vivo y el presuroso remate del tejido. En contra de la ley natural nada de eso coincide con la razón.

Es inútil el automatismo de dejar los objetos personales en el mismo lugar. Estos “tienen patas” al decir de las matronas paisas. Por arte de magia las cosas cambian de lugar. Cogidos de la noche no aparecen las llaves del apartamento, el último pedazo de papel higiénico no alcanza a cubrir el malestar, la torta recién horneada no armoniza con la bolsa de leche vacía dentro de la nevera, la vajilla nueva “traía dos pocillos rotos” y la porcelana de la abuela apareció remendada. El usurpador se camufla detrás del ruido inicial: “¿Quién se me comió el pastel de guayaba?”. Mutis por el foro.

“Amor, ¿qué nos falta?”, pregunta la esposa.

“Creo que nada. ¡Con este mercado! Y eso que veníamos por dos cosas”, recrimina el conyugue.

Minutos después el recordatorio brota:

“¡Se acabó la crema de dientes!”, dice él.

“Vio, eso era lo que necesitábamos comprar”, sonríe la mujer.

Enfoque crítico – pie de página. Espectros, formas inanimadas, malos hábitos y deterioro del entendimiento incorporan la sustancia del enigma.