21 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

El viento de Aranzazu

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
18 de enero de 2019
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
18 de enero de 2019

¿Qué motivo tuvo José Miguel Alzate para llamar San Rafael de los Vientos a Aranzazu? Con dicho nombre bautizó su reciente novela en la que presenta una alegoría de su patria chica. Se me ocurre pensar que mediante esta poética insignia se propuso regresar a la niñez y la juventud vividas en medio de la exuberancia de la montaña y frente a la tersura de las madrugadas y el embrujo de los atardeceres de Aranzazu.

Y como parte de ese escenario edénico, el sonido del viento… El viento es un ser sobrenatural, que camina, vuela, habla, refresca el ambiente y el espíritu. El viento de Aranzazu, que desde siempre se quedó anidado en el alma del escritor, le irradia embeleso. Le produce alegría. Y él trasmite esas emociones al lector. A veces el viento se enfurece, pero luego se aplaca. Con eso, le enseña al hombre a moderar sus pasiones y obrar con serenidad.

El viento es vida, armonía, entusiasmo. Y tiene color. Eso es la novela de José Miguel Alzate: una cadena de gratas reminiscencias. Es la propia existencia la que desfila por estas páginas memoriosas. Dijo Antonio Machado: “Abril sonreía. Yo abrí las ventanas / de mi casa al viento… El viento traía / perfumes de rosas, doblar de campanas”.

Además, tiene esencia femenina. La poetisa Laura Victoria, al recordar las muchachas de su pueblo, las evoca como “compañeras del viento, / que juegan con las flores / y bajan las pestañas / cuando el aire las besa / y les alza la falda / de pespuntados vuelos”. Este viento travieso y coquetón corre por todas partes, y en Aranzazu es un emblema del contorno bucólico.

Todo lo que pasa en la historia de un pueblo ocurre en San Rafael de los Vientos. Aquí se agitan, conforme se avanzan páginas, los problemas sociales, los vicios públicos, los abusos de las autoridades. Se percibe la comunidad pacata de todas las latitudes, la que peca y reza, enamora y traiciona, se santigua y luego se olvida de las buenas intenciones. De otro lado, surgen las rectas conductas y los sueños vivificantes. Se rememoran los días de la colonización antioqueña y el esfuerzo creador de los arrieros. Nos acordamos entonces que estamos en Aranzazu.

¿Por qué, unido al nombre del pueblo, está Rafael el santo? Supongo que el arcángel, patrono de los enfermos y los peregrinos, es, junto con el viento, un oráculo de la población. En viejas épocas, Aranzazu era conocida como “la ciudad levítica de Caldas” en razón del número de clérigos que de allí salía. Al fique, otra de sus preseas, se le rinde tributo en la Fiesta de la Cabuya que se celebra cada año.

En San Rafael de los Vientos la vida transcurre con amor, sosiego y poesía. Una nómina esclarecida de escritores y periodistas realza la historia local: César Montoya Ocampo, José Miguel Alzate, Javier Arias Ramírez, Uriel Ortiz Soto, los cuatro hermanos Zuluaga Gómez, Jorge Ancízar Mejía, Rubén Darío Toro, Pedro Nel Duque González –Crispín–, Carlos Ramírez Arcila, Juan de Dios Bernal.

Hace años, en viaje con Otto Morales Benítez hacia su finca Don Olimpo, en Filadelfia, pasé por Aranzazu y quedé fascinado con sus paisajes y la calidez de la gente. Hoy regreso a la población mítica –donde “se ama, se vive y se espera”, según el eslogan de José Miguel Alzate–. Me trae el viento seductor de esta apasionante novela.

 

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