20 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

ARMANDO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
18 de enero de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
18 de enero de 2019

Hace un poco más de cuatro años que la vida se le comenzó a ir con la lentiud de las cosas que van a suceder y no suceden, en la medida del paso de la horas, que se le hicieron mucho más lentas, más tediosas, mas angustiosas y muy tristes. Exactamente se comenzó a morir el 8 de septiembre de 2014, cuando su hija Ana María no regresó del quirófano, donde le practicaban una cirugía de conducto hepático, que le generó un infarto fulminante en la flor de los apenas treinta años.

Ese día no se murió su hija: con ella murieron el gran amor de su vida, la razón de ser, su ayudante, su asistente, su apoyo en las investigaciones académicas y científicas, la única mujer que le hizo poner los pies sobre la tierra, porque siempre  su vitalidad estaba al servicio del sexo femenino, habiendo sido acompañado de mujeres bellas e inteligentes, exigía más lo segundo que lo primero.

A pesar de su racionalidad, obtenida de los numerosos y arduos estudios filosóficos, las manifestaciones emocionales negativas le causaron  profundo dolor, sumado al vacío de inexplicación de la causalidad  de como era posible que  una mujer tan llena de vida se fuera de un momento a otro.

Se consolaba  al lado de Norma, su esposa, madre de Ana María, con quien nunca paró de hablar de esa hermosa muchacha que un día llegó a casa, cuando él ya había arribado a los 47 años,  y los hizo unir con la fuerza que nunca antes habían  identificado.  Hablaban mucho de la hija, era un tema recurrente y por más que se explicaran las razones  lógicas  de una circunstancia de esta naturaleza, no lograban obtener un mínimo  consuelo ante tanto dolor que se “agrupaba en su costado”, al decir de uno de sus poetas preferidos, el peruano César Vallejo.  Es que con la muerte de su hija llegó a entender como era eso de que “… por doler, me duele hasta el aliento”, como en el verso de Miguel Hernández.

El 30 de diciembre de 2018, a las dos de la madrugada, se le acabaron las fuerzas, no soportó más intervenciones médicas, eran muchos males que se le fueron juntando, desde las dolencias naturales cuando se pasa de los 80 años, hasta los accidentes caseros, como una caída en el baño de su casa , que lo dejó durante un buen tiempo en silla de ruedas.   Igualmente cuando salía a pasear a su perro y alguna vez se enredó en su traílla y fue a dar con su alta humanidad al piso. Fueron muchos meses caminando con la ayuda de un bastón, componiendo la figura de un viejo maestro universitario que llegaba a dictar sus clases de Derecho Constitucional en la Universidad Santiago de Cali, subiendo escalas con dificultad, sin quejarse, apenas solicitando la compañía de alguien –de un colega, de un alumno-, no para que lo ayudara, sino para tener con quien conversar de tantos temas, mientras avanzaba con lentitud. Conversar con muchas ideas en los vocablos, fue su deporte favorito.

Se fue un maestro del verbo y del saber. De la palabra. De los versos. Del pensamiento. De la crítica. Del Derecho. De la filosofía. Docente por excelencia, de lo que siempre vivió profundamente orgullosos y que  solamente dejó de hacerlo cuando las patologías eran tantas que debió hacer un alto en el camino, en la convicción de que regresaría, hace poco más de un año, aunque no se presentó el retorno. En su mente siempre estuvo el regreso a clases a su amada Universidad, la de siempre, la que llevaba pegada a la piel, la Universidad Santiago de Cali que le ofreció su formación y a la que le entregó gran parte de su existencia y de su saber.

Se ha ido como se van aquellos seres que pasaron  por la vida sembrando frutos y trazando huellas. Muchos son los frutos, representados en esos cientos, miles, de estudiantes de la Facultad de Derecho que tuvieron el gusto de estar en sus clases, en las que por encima de la verificación de adquisición de conocimientos estaba la evaluación crítica, mediante el uso de la dialéctica, de lo estudiado. Por encima de todo, enseñaba a pensar, con muchas decepciones, pero con el orgullo de ver a muchos de sus estudiantes en la dirección de la sociedad por su capacidad intelectual. Las huellas están en su pensamiento plasmado en su obra.  Se fue dejando una extensa producción bibliográfica, en la que se conoce de su pensamiento critico y de su enfoque racional de los fenómenos.

Armando Holguín Sarria ha dejado el mundo físico y se perpetua  en los estudios que habrán de hacerse por muchos años en sus libros sobre Derecho penal, poesía, crítica literaria, filosofía, derecho internacional público, estudios de fronteras del país, su pensamiento liberal, en la mayor extensión de la palabra, plasmado en las actas del Congreso de la República donde estuvo en varios períodos legislativos, en sus intervenciones en la Asamblea Nacional Constituyente, a la que fue elegido en las listas del partido liberal, en sus memorias consulares, en sus documentos como embajador de Colombia en varias legaciones, en la memoria viva de sus alumnos, de sus amigos, de su esposa, de sus hijos (Julián y Gustavo Adolfo, nacidos de dos relaciones  personales  no formales),  y de las tantas tantas mujeres que amó. Se ha ido de una vida que supo vivir, porque la que tuvo se la gozó de principio a fin y supo hacerlo con  la generosidad del que todo lo da para volver a empezar mañana. Ya no habrán nuevos comienzos. De todos modos los que tuvo se los gastó.

Que no se crea que hablar de una persona como la que se describe es asunto de ocuparse de alguien que lo tuvo todo desde el comienzo. Pudo tenerlo en los inicios, pero un día la muerte de su padre, cuando apenas contaba con once años y era el mayor de los hijos de Martha Holguín, pusieron las cosas en otro estrato social, en épocas en que los hijos habidos fuera del matrimonio estaban en la condena de los códigos religiosos y sociales. De una vida cómoda que les daba el odontólogo Francisco Sarria, graduado en Estados Unidos, pasaron a las ausencias de todo, porque la pareja no estaba casada y la ley no les reconocía ninguna posibilidad hereditaria por la circunstancia de la ausencia de papeles sellados y bendiciones  no recibidas. Los hermanos de Martha ayudaron a esa madre que quedaba en la desgracia con cuatro hijos varones. De la comodidad  pasaron a vivir al barrio Terrón Colorado en Cali, cuando era una incipiente invasión de laderas, que no contaba con servicios públicos domiciliarios, sin transporte urbano, con sólo carencias y lamentos. Su padre alguna vez quiso reconocer a los cuatro hijos de manera legal, pero por alguna circunstancia  ello no se dio, después le hicieron el honor de llevar su apellido como el segundo de ellos, pero respetando el de la madre que iba por delante, en reconocimiento al extraordinario esfuerzo de haberlos sacado adelante  de manera decente.

Para Armando, descubrir en la escuela pública la magia de la lectura, fue como una luz que se abrió de par en par y que nunca más se volvió a cerrar. Lo tenían que sacar de la biblioteca porque se quería leer todos los libros de una vez. No tuvo ninguna orientación en esa afición por las letras, pero fue descubriendo por escalas los estilos de la literatura, sus formas y la poesía (para cuyo conocimiento se apoyó en su extraordinaria memoria, siendo común en él que recitara y declamara extensos poemas de autores universales en cualquier escenario) y la novela, lo cautivaron hasta la hora de su muerte. Se volvió, siendo muy joven, un experto en literatura, al punto de que antes de cumplir su mayoría de edad –para entonces constitucional en 21 años- ya era profesor particular de esa materia y luego en colegios donde le pagaban con qué costear sus propios estudios y ayudarle a su madre a costear los de sus hermanos.

Era culto y erudito. Se sentaba a hablar en tertulias de mucha exigencia con personas mucho mayores que él y entre ellas fue haciendo amigos que le ayudaron a proyectarse, como para conseguir un cupo en el más antiguo y prestigioso colegio de bachillerato de Cali, el Santa Librada, donde coincidió con muchas personas que luego llegarían a ser personajes de trascendencia en la vida nacional, en las artes, en la política, en la administración pública.

Esos amigos de mayor edad le ayudaron, además, a que le dieran un empleo en la gobernación del Valle. Cursaba su bachillerato, daba clases de literatura en colegios privados y atendía su empleo público. Como su casa quedaba retirada del colegio, en muchas ocasiones se quedó en la casa-sastrería del poeta Jotamario Arbeláez, en el barrio San Nicolás, donde lo alojaban transitoriamente y le daban gustosos la comida, por la positiva influencia que estaba ejerciendo  sobre su hijo, quien apenas leía a Salgari y Verne y Armando le mostró los caminos de la literatura clásica, de la moderna y de los grandes poetas de todos los tiempos.

Terminado el bachillerato y graduado con honores, vio clara la oportunidad de seguir formándose cuando abrieron la Universidad Santiago de Cali, en la que la izquierda tenía la dirección de ella, pues el rector era Álvaro Pío Valencia, el primer comunista que hubo en Popayán, descendiente de las rancia godarria de la capital del Cauca y el vice-rector ese ser luminoso del pensamiento colombiano, quien apenas hizo estudios regulares hasta cuarto de bachillerato “porque en el colegio no hay tiempo de aprender”, como era Estanislao Zuleta. Ahí estaba el pensamiento que buscaba ese muchacho inquieto, de buena presencia, gracias a su alta talla, a su voz de timbre metálico y de fácil verbo.

En 1964 hizo parte de la primera promoción de Abogados de la Universidad Santiago de Cali,  en cuya única facultad inicial, la de Derecho, se hacía énfasis en lo penal. De inmediato se especializó en dicha área y luego se hizo Magister en Ciencias Penales y Criminología, en el Instituto que para ello llegó a formar la misma Universidad, del que luego fue su docente y posteriormente su director.

Dio inicio a una brillante carrera judicial, habiendo alcanzado a ser Juez Primero Superior de Cali, pronosticándole un futuro de la mejor calidad y en las más altas esferas, pero la política, especialmente desde las ideas del Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, que dirigía Alfonso López Michelsen, le generaron la tentación de irse a exponer ideas en plazas públicas y recintos académicos. Se hizo profesor de la Facultad de Derecho de la USC, luego llegaría a ser su Decano por dos  años entre enero de 1973 y diciembre de 1974. En dos ocasiones (1988 y 2008) fue proclamado como Profesor Ilustre de su Universidad.  En la docencia iba y venía en la medida en que sus posiciones alcanzadas con el ejercicio político como Representante a la Cámara, Senador, Cónsul general en Bremen, Embajador  en Hungría, funcionario diplomático en España, Constituyente en 1991 se lo permitían. Siempre hubo retornos. Por eso cuando hace un poco más de un año pidió hacer un receso en sus deberes de profesor de derecho constitucional, lo hizo en la advertencia de que era mientras  lograba reponerse plenamente en sus quebrantos de salud.  El regreso no lo hubo, pero la huella ha quedado.

Armando nació en Cali el 15 de octubre de 1937, cuando alguien lo apuraba un tanto para que definiera exactamente lo que era, precisaba que por encima de todo se sentía poeta. Y lo era. En el uso del verbo era el más exigente y en la construcción del pensamiento era preciso, profundo y riguroso.

No es posible aguantar el deseo de contar algo personal, para conformar el retrato de Armando Holguín Sarria. En alguna ocasión, en una pausa laboral, fui hasta el Café Gardel, en búsqueda de un café. Allí estaban en una mesa Armando y Volney Naranjo –compositor, poeta y político- a quienes saludé. Tenían servida una botella de whisky y conversaban animadamente. Me invitaron a la mesa. Acepté. Quise pedir el café y ellos pidieron un vaso más para el licor, no me dejaron tomar café, no era oportuno. Reiniciaron la charla donde iban, que era en los versos de Pablo Neruda, que recitaban alternadamente. Me tomé el primer trago y supe que no debía tomar más, porque ese recital gratuito no era perdible. Hice el amago de consumir  muchos tragos, pero me limité a oírlos. En sus voces desfilaron Whitman, Verlainaine, Baudelaire, Valéry, Alexandri, Hernández, García Lorca, Ezra Pound,   Huidrobo, Carranza, De Greif, Gonzalo Arango, César Vallejo, Barba Jacob, José Asunción Silva y hasta los versos facilistas de Julio Flórez y muchos otros. La noche terminó por consumirse el día. Cada uno tomo su transporte y se fueron a casa con la plenitud del verbo y mucho alcohol en sus venas,  con la satisfacción de haber recorrido muchos años y autores de poesía.  Ese era Armando, un poeta natural.

Cuenta Norma Cortes, su esposa, aquella hermosísima muchacha  novia de apenas 17 años, cuando él tenía 27, siendo Juez Superior y ella auxiliar de Ministerio Público, que cuando salió de la última cirugía en la Clínica Imbanaco, donde murió, la noche del 29 de diciembre, recitó un bello poema y se lo dijo a la enfermera. Norma le dijo que siempre que salía de un procedimiento médico, lucía resplandeciente y más romántico que nunca. Que le gustaba como declamaba cuando  estaba eufórico. Ella se hizo muchas ilusiones en ese momento, las que se acabaron a la madrugada, cuando el cerebro se detuvo y abandonó el mundo material y pasó a la memoria de los que dejan huella, a las 2:00 horas del domingo 30 de diciembre de 2018.

Esa muerte que comenzó al 8 de septiembre de 2014, con la partida de Ana María, se concretó en esa madrugada, cuando el año 2018 se estaba despidiendo de los calendarios para nunca más repetirse.  Se fue al lado de la mujer a la que amó por siempre y que siempre tuvo la disposición de valorarlo en su justa medida: “porque tienes muchos defectos, Armando, y has cometido muchos errores, pero tienes más cualidades y has hecho más cosas buenas que muchos y por eso siempre te he amado y te voy a amar”.

Quedan sus obras, entre las que deben estudiarse algunas como:

  • Seis filósofos del siglo XX
  • El Debate general en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991
  • Filosofía pagana y filosofía cristiana
  • España en el pensamiento hispanoamericano
  • Las revoluciones inconclusas. La postmodernidad
  • Los indígenas en la Constitución colombiana
  • Límites de Colombia: no es como lo pintan
  • Documentos de la extradición en Colombia
  • Filosofía y ciencias modernas
  • El proceso constituyente de Colombia
  • La confesión en el Derecho Penal

Armando Holguín Sarria fue, antes que nada, un hombre de Academia, de Universidad, de  su Universidad por siempre, la Santiago de Cali, con la que nunca rompió el cordón umbilical como su alma mater y a la que sirvió hasta el último momento, habiendo sido un gran impulsor de su desarrollo para llegar al posicionamiento en que hoy día se encuentra, con más de 20.000 estudiantes en sus programas, con una sede propia muy digna y con muchas ambiciones  que trazaron sus fundadores, entre los que debe contársele, como integrante de la primera promoción de Abogados egresados de sus espacios formativos.

Una figura trascedente  de la academia, la política, el derecho, la literatura en Colombia. La ausencia es de su presencia física. La huella queda para ser seguida por los amantes de la ciencia y el arte.