7 de agosto de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Volvamos a abrir las puertas

31 de diciembre de 2018
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
31 de diciembre de 2018
Crédito: Manizales Hostel

¿La ciudad de las puertas abiertas? ¿De veras? Ya no sé. El turista que llega a Manizales en bus o taxi colectivo, seguramente viene ilusionado porque cree que puede contar con el cable aéreo, un transporte rápido, moderno, cómodo y económico, que lo va a llevar desde la terminal de transportes hasta el propio parque de Los Fundadores, en el mismísimo corazón de la ciudad. ¡La maravilla!

Así fue durante mucho tiempo. Para ir de Cali hasta Manizales existen básicamente dos opciones: o uno va en su automóvil particular, y carga con el altísimo costo de peajes y gasolina que están sin duda entre los más caros del mundo, o se va en transporte público terrestre y llega a la central de buses de la ciudad (que, a propósito, de central no tiene nada. Difícil imaginarse una ubicación más trasmano). Entonces, ¡qué extraordinaria solución! El viajero llegaba y, por una módica suma, tal vez cercana al valor de un pasaje de bus urbano, quedaba a cuatro cuadras de todo: hoteles, comercios, restaurantes y oficinas públicas. ¿Quién podía pedir más?

Pues cómo les parece que en estos días hice la prueba. Llegué a Manizales en una cómoda van de Flota Ospina. Aunque mis parientes me iban a recoger en Los Cámbulos, pretendí evitarles el viaje haciendo como había hecho otras veces: quise tomar el cable hasta Fundadores para encontrarme con ellos en el centro. Pero, iluso que es uno, ¡qué frustración! El acceso a la taquilla estaba negado y tenía que desprenderme de dos mil ochocientos pesos irrecuperable,  como requisito para que me permitieran acercarme a comprar un pasaje; francamente, no podía dar crédito a semejante absurdo. Pero así es, ¡y a quejarse al mono de la pila! Resulta que a algún genio de la administración de la ciudad se le ocurrió la carrasquillada de cobrar por el acceso a la taquilla. Ni más ni menos. Que eso lo haga Price Smart, ese odioso supermercado en el que se cobra una membresía por tener derecho a entrar a comprar, vaya y venga, Al fin y al cabo, esa es una franquicia para ricos, y debe sentirse muy bien ser tan exclusivo. Como cuando se va al salón VIP de los aeropuertos; y, además, me cuentan que en esos almacenes el valor de esa inscripción se compensa con creces con las promociones de lujosas vainas extranjeras que allí dizque se consiguen a precio de huevo; pero, ¿que apliquen esa especie de impuesto disimulado para acceder a la taquilla donde se puede comprar el pasaje de un transporte público? Inaudito. Eso simplemente se llama enriquecimiento sin causa. Ni más ni menos.

¿Cómo es posible que se aplique esa discriminatoria y absurda medida contra los visitantes a mi ciudad de las puertas abiertas? ¿A quién se le ocurrió cerrarlas? Y de alguna manera es que en Manizales está haciendo carrera una cierta moda de ser hostiles con los visitantes. Recordé hace unos meses que fui también a mi amada ciudad, esta vez en mi propio vehículo, y se me ocurrió pasar por Cameguadua porque alguien me dijo que ahora había allí un pequeño malecón y un paisaje agradable. Recordé cómo, cuando niño, íbamos a la represa y podíamos navegar en pequeñas embarcaciones. En esta ocasión mi plan no era ese, sino sentarme frente a la lagunita a descansar unos minutos y tomarme una cocacola. No pude porque un hosco empleado me explicó de la manera más destemplada que, para sentarse, allí había que pagar tres mil pesos por persona. Más que lo que iba a costar la gaseosa que deseaba. Claro que la dueña de Cameguadua es la Central Hidroeléctrica de Caldas (CHEC) que, como todos sabemos, ya no es de Caldas sino de los dueños de Hidroituango. Pero creo que los empresarios del cable aéreo sí lo son, aunque parezca no importarles el daño que le hacen a la imagen de Manizales como sitio de atracción del turismo, “la industria sin chimeneas”, a cuyo desarrollo le han apostado con tanto éxito las otras dos regiones del llamado paisaje cultural cafetero, Quindío y Risaralda, mientras nosotros hacemos lo posible por poner trabas a los visitantes.

Uno no entiende cómo se les pudo haber ocurrido la idea de la tal tarjeta a los empresarios del cable. Repito, antes no fue así.  ¿Será que con esa absurda metida de mano al bolsillo de los viajeros que nos llegan, pretenden subsanar el fracaso monumental que significó el estúpido negocio del cable a Los Yarumos?

Hace algunas semanas encontré en este diario un artículo cuyo título era algo así como “Manizales cada vez peor” o “Manizales de mal en peor”, o algo parecido, en el que se criticaba la implantación de la tarjeta para acceder a las taquillas del cable. No le di mucha importancia porque supuse que allí había algún error de interpretación del columnista. Desafortunadamente estaba equivocado. El problema realmente es como se describía en el artículo. Y es imposible entender cómo Manizales está desaprovechando esta característica casi única en el mundo, de tener desde la terminal de buses a la que llegan desde el resto del país todos los transportes públicos, un acceso vial tan inmediato, tan fácil, tan expedito, complicándolo con tan extrañas decisiones administrativas. Si desde el punto de vista de infraestructura se ha logrado esa combinación perfecta, entrabarlo por los caprichos o las ideas de unos funcionarios no tiene explicación. Y menos aún la tiene el que nadie diga nada, que no haya protestas, que nadie se oponga, que la medida siga tan campante.

Pido encarecidamente, que durante la Feria de Manizales, se suspenda temporalmente la exigencia de la tarjeta. Por supuesto, para el futuro, debería darse un debate ciudadano sobre este tema. Pero que, por lo menos durante le época de mayor llegada de turistas a la ciudad, se les facilite la vida permitiéndoles que, como ocurría antes, simplemente compren un pasaje para el cable y puedan llegar al centro sin abusivos sobrecostos absurdos, que lo único que logran es disminuir el uso del servicio por parte de aquéllos a quienes de manera especial debería estar orientado.