20 de julio de 2019
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Un hombre gris

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
14 de diciembre de 2018
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
14 de diciembre de 2018

En 1911 Enrique Banchs publicó La urna. Fue una edición de autor, sencilla, de la cual regaló algunos ejemplares a sus amigos, y seguro habrá dejado otros a resguardo de un librero con cierto desdén convencido de la inutilidad del acto. La gran mayoría de los trescientos ejemplares fueron a parar al fondo de un trastero y cuando comenzaron a estorbar demasiado a los trajines y necesidades domésticas, fueron regalados al vendedor de diarios de la esquina, con el compromiso de que los obsequiara poco a poco a sus compradores.

Antes, Banchs había publicado tres libros, uno por año, entre 1907 y 1909, inencontrables –y tal vez tampoco valga la pena buscarlos–. La urna en cambio ha tenido dos reimpresiones, una en 1999 por la editorial Proa, otra por Sibila en 2013, esta última además aprovechó las anotaciones que el poeta hizo sobre el ejemplar guardado celosamente en su biblioteca.

Después de la publicación de La urna, Banchs guardó absoluto silencio durante más de cincuenta y siete años, solo roto por la publicación de unos brevísimos textos en prosa y la de algunos cuentos para niños presentados en el diario La Prensa bajo los probables seudónimos de J. Olive y E. Lloret. Borges, en 1936, celebró en la revista El hogar las bodas de plata del silencio de su amigo y conjeturó: “Tal vez no quiere fatigar el tiempo con su nombre y su fama. Tal vez —y ésta será la última solución que propongo al lector— su propia destreza le hace desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil. Es grato imaginar a Enrique Banchs atravesando los días de Buenos Aires, viviendo una cambiante realidad que él sabría definir y que no define: hechicero feliz que ha renunciado al ejercicio de su magia”.

Contrario a lo que cabría suponer, Banchs no renegó de su literatura ni de su condición de escritor, todo lo contrario, dirigió la Sociedad de Escritores Argentinos y recibió de ella misma en 1954 el Gran Premio de Honor. Pero es evidente que por alguna razón entendió que había dicho, con su último libro, lo que tenía por decir. Cien sonetos, concebidos y elaborados a la manera más clásica posible, que ciertamente anticipan, a veces, al propio Borges: “Tornasolando el flanco a su sinuoso/ paso va el tigre suave como un verso/ y la ferocidad pule cual terso/ topacio el ojo seco y vigoroso…/ El reposo en la selva silenciosa… / Espía mientras bate con nerviosa/ cola el haz de las férulas vecinas,/ en reprimido acecho… así es mi odio”.

El poeta habrá sentido culminada su labor, predicha además en el soneto número noventa y cinco: “Tranquilo y majestuoso río ha sido/ mi Silencio en que nace mi labor/ como un nenúfar; y el mejor favor/ que me concedo es el pasar sin ruido”; le correspondía entonces asumir la vida de un hombre tranquilo, dedicado al periodismo, a su esposa enferma Luisa Malinverno, y a las rosas que cultivaba en su casa de la calle Zapiola del barrio Colegiales, justo a la vuelta de donde hoy queda la bella librería Céspedes.

Borges, un tanto aterrado quizás ante la parquedad del poeta, no se abstuvo de elogios; aparte del artículo que ya cité escribió: “Un hombre gris. La equívoca fortuna/ hizo que una mujer no lo quisiera;/ esa historia es la historia de cualquiera/ pero de cuantas hay bajo la luna/ es la que duele más. Habrá pensado/ en quitarse la vida. No sabía/ que esa espada, esa hiel, esa agonía, / eran el talismán que le fue dado/ para alcanzar la página que vive/ más allá de la mano que la escribe/ y del alto cristal de catedrales. / Cumplida su labor, fue oscuramente/ un hombre que se pierde entre la gente;/ nos ha dejado cosas inmortales”. Envidioso Bioy Casares, en cambio, negaba la sinceridad del hombre que, anónimo, quería caminar por la calle.

Banchs murió en 1968, pocos meses antes que Antonio Porchia, otro poeta grande y discreto, también de un solo libro. La municipalidad de Buenos Aires le puso el nombre del poeta a una pequeña biblioteca para niños ubicada en el Parque de los Patricios, un edificio simple, concreto. ¿Qué más puede añorar un escritor de verdad? Debe ser suficiente con un puñado de lectores y legar el nombre a una casetica de libros para niños. Después que venga –gracias– el olvido.