12 de agosto de 2022
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«El culo de Antanas»

20 de diciembre de 2018
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
20 de diciembre de 2018

Horacio Gómez Aristizábal, como regalo de  navidad, me ha enviado “El culo de Antanas”. Con  este detestable título coprológico, ha publicado  Roy Barreras su último libro.

El autor es popular. Proteico, exhibe caras diferentes con tranquilo  cinismo. Con indiferencia alza el hombro para responder a sus críticos.  Cualidades tiene. Quienes jamás lo hemos abordado y apenas conocemos su rostro en la pantalla chica, valoramos sus condiciones  físicas y su evidente resplandor intelectual. No es tan enano como  Sancho y no compite en estatura con Don Quijote. Es nervioso, menudea pasos, es esquivo, le huye a los curiosos que lo asedian con sus miradas. No es adiposo pero tampoco escuálido. Da la sensación de sentirse perseguido y disimula una escondida timidez. Domina el teatro. Es imaginativo.  Su verbo es torrencial pero sobre todo eléctrico. Su cerebro es un  botafuegos para cautivar con sus discursos y estimular controversias ideológicas.

“El Culo de Antanas”, pálido y flaco, debe expedir vapores hediondos que orea como un  trofeo de ordinariez. Con el destape en el Senado revivió  la  desnudez asquerosa de su trasero. Ya lo había mostrado ante los ojos aterrados de unos universitarios. ¿Qué le aplauden? ¿Las líneas arrugadas de su piel, la menguante de sus nalgas, ese ladrillazo que dispara  a una sociedad que reclama enseñanzas y no estulticias de payaso? Se dice que el profesor Mockus sacude dormidos sentimientos  y educa con  sus escándalos. Vaya. Vaya. Siempre creímos que la cultura depende de la palabra y  no de los esfínteres.

Regresemos al libro. Es prolija la prosa de Barreras aunque desprecia el arte de la exquisitez literaria. Argumenta copiosamente. Se lleva por la calle del medio los preceptos de la gramática. Escribió con daga en mano.  Es avaro en elogios, mordaz en las críticas y pulverizador de ídolos. Es insolente, tiene  sobradez para atacar. Reparte mandobles, utiliza pica  dialéctica para derruir. Su estilo delata el temperamento que lo signa. Es olímpico, carnívoro para desgarrar los tendones de sus adversarios. Para su pluma no hay secretos biográficos. Sabe que lo insultan, que le censuran su mariposeo y acomodo en los distintos matices de su Partido, pero con un papirotazo sacude los perdigones que recibe de  quienes buscan destruirlo.

Hace un esbozo breve de los últimos   presidentes y a unos más y otros menos, a todos fustiga con férula implacable. Su lente visual penetra intimidades, las descubre y se solaza en ácidos comentarios. Es objetivo y drástico cuando aborda el tema de la corrupción. Descubre  antecedentes históricos que sorprenden. También es cómico. Su prolija explicación  sobre cómo es el ajetreo para  conseguir respaldos, desata carcajadas. Explica cómo los electoreros de profesión, hacen carambolas económicas con los aspirantes a cuerpos colegiados. El capítulo sobre “los gamonales tradicionales” es jocoso y marrullero,  tiene sabrosura deliciosa.

Barreras presenta fórmulas de asepsia. Sobre cada una de ellas y otras que nosotros  predicamos, se pueden hacer polémicas propuestas. Listas  cerradas, eliminar la circunscripción nacional para senado, reconocer que la elección  popular de alcaldes y gobernadores  es fuente de la peor corrupción, no remunerar los concejales, abrirle más espacios a la mujer, y tratar de comprometer más y más a la juventud para que se incorpore en un civismo eficaz.

Finalmente, idealizar la política. No se puede pensar que aquel que se incorpora en los manejos de opinión,  es un cuadrúpedo que se alimenta  de sobrados, bebe aguamaza y estorba. Es nobilísima la función que desempeña el hombre público. Él es la voz del pobre, el que vigila el bienestar de la comunidad y la representa, puente entre la  vereda y el municipio con el Estado, el primero que afronta las desgracias y el último que abandona los cementerios, presente en las alegrías colectivas, convoca a somatén cuando  la naturaleza se enfurece, a quien se le recompensa con un  voto en las convocatorias de la democracia. El político es profeta, sacerdote, maestro, luz que destierra tinieblas, alborada de esperanzas.

Disraeli pontificó : “Un partido ha de tener una fe. No se puede enardecer las imaginaciones de los hombres con leyes aduaneras . Únicamente la imaginación conduce a los hombres”. El espíritu hay que alimentarlo de hermosas utopías, fijándole linderos más allá de las estrellas, disparando la ansiedad del alma hacia la eternidad.

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