18 de agosto de 2022
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Del Morro de La Paila al Solio de Bolívar

13 de diciembre de 2018
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
13 de diciembre de 2018

El antioqueño municipio de Amagá está preñado de minas de carbón. Sus laderas son verdes con ondulación de mar. La plaza pública tiene un suave desnivel. El clima es grato y la población urbana corretea por su calles afanosamente.

“Allá nació  Belisario. Esa vereda se llama El Morro de la paila”. El guía señala , lejos, un ameno declive con una  vacada de ubres  ostentosas. Es de presumir que bajo esa tierra existan negros socavones que algún dia serán despedazados para convertirlos  en materia prima de las fraguas. El monitor se emociona cuando habla de su paisano presidente. Recuerda  que en su infancia  utilizaba pitas largas  para hacer malabarismos con los trompos, o estaba provisto de caucheras homicidas para  sorprender en los matorrales a las tórtolas.  También narra otras croniquillas que dan salero a la biografía de su ilustre coterráneo. Dice que era  paupérrimo, que ni siquiera tenía cotizas. Sus pantalones  cortos eran un mapamudi de remiendos y su cara pálida, posiblemente por las hambrunas acumuladas. Afirma que dualizaba el aprendizaje con el arreo de mulas. En los inviernos, hijueputeándolas y embarrado hasta la coronilla,hacía demostración de su habilidad para los descargues de los bultos, la ligereza  en la manipulación de los rejos, y otra vez en el amarre del bastimento para regresar  a la falda  en donde estaba el  rancho de su hogar. Finalmente –agrega- terminó sus estudios de primaria, se desapareció de Amagá  y pocos años después regresó como doctor y político.

Se conocen sus penurias para terminar la secundaria y coronar su ambición como abogado. El infortunio  lo apretó. Lo discriminaron socialmente por no encajar con la holgura económica de sus compañeros, lo menudearon, y él, silenciosamente, aguantó la marginación, pero a todos superó  en inteligencia  y obstinación  intelectual. Leía con voracidad. Es verídico  que debió dormir  en la Plaza de Berrío de Medellin bajo la sombrilla  de los árboles, con sus libros como almohada. Tan pobre era. Vidas ejemplares,  la de Belisario hijo de labriego y Marco Fidel Suárez,sin  padre conocido, con madre lavandera.  Ambos ¡antioqueños de fábula! fueron  mandatarios de Colombia.

¿Cuáles fueron sus zarpazos moceriles? Se hizo abrir las puertas de la democracia. Diputado, representante a la Cámara y  en un  santiamén, senador. En Medellín  se publicaba  un  polvorín azul : “La Defensa”. Betancur fue su director. Saltó a Bogotá y tuvo responsabilidades en la orientación ideológica del matutino “El Siglo”. Repudió el gobierno de Rojas Pinilla  e hizo parte del “Batallón Suicida” grupo beligerante que combatió sin miedo al dictador. Fue ministro y embajador y por último Presidente.

Era inmenso su bagaje cultural. No tronaba en los balcones. Columpiaba  las palabras  como en un  bailoteo de garrucha, las balanceaba,  las acariciaba antes de pronunciarlas, al principio con énfasis disminuído y después  con tono confesional para persuadir. No era orador clásico de penacho indócil, ni tampoco tenía la frialdad del expositor. Como tribuno  era  bisexual.

Fue periodista. Con Otto Morales Benítez, su coetáneo liberal, alimentó una página universitaria en “El Colombiano”. Después, con fusil dialéctico al hombro, montó botafuegos cavernícolas que desde La Montaña disparaba diariamente, en prosas  cerriles,  contra los adversarios. Fue radical como parlamentario. Visitó  como preso las  cárceles bogotanas por su agresividad contra el régimen militar. Cuando era Ministro del Trabajo, fue suya una  decisión polémica.  Autorizó a los obreros de una fábrica antioqueña para que tomaran su dirección. Tuvo mano firme para superar el funesto impacto de la toma del Palacio de Justicia por el M-19. Igualmente con entereza ejecutiva enfrentó  la avalancha de lodo  que sepultó el municipio de Armero y la inesperada crisis del sistema bancario. Supo gobernar.

Fue versificador. Viajó por el mundo husmeando librerías para  avituallar su biblioteca que después como un suicida regaló. Lloró cuando de su apartamento bogotano salían las cajas en dirección a Medellin. Escribió libros. Su vena era social, muy cercano al pobre. La temática de sus obras tenía qué ver con el hambre, los destechados y los carentes de educación.

Era aguardientero. Le atraían las fondas adornadas con enjalmas y las pailas de los trapiches con sus burbujas de miel. Empujaba carros cuando se atascaban y en sus bohemias  le daba solaz a su nostalgia  con la quejosa canción  “Desde que te marchaste”. Nunca  se supo qué morriña recóndita atormentaba su corazón.

Hace pocos meses publicó “Canoa” para lucir, una vez más, alcurnia intelectual. Este fue su testamento antes de morir.

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