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Monseñor Gonzalo Restrepo Restrepo De párroco de barrio a Arzobispo de Manizales

16 de diciembre de 2018
16 de diciembre de 2018
El Arzobispo de Manizales, monseñor Gonzalo Restrepo, es un jerarca de lavar y planchar. Así como suena. Viajó hasta Campoalegre en un campero, una vereda de Aranzazu, para entrevistarse con un campesino, Alonso Gómez.

Por JOSE MIGUEL ALZATE

Tiene la apariencia de un hombre bondadoso. Su rostro, delgado, de líneas ligeras, un poco pálido,  enseña el semblante interior de un hombre formado en valores. Unos ojos que se esconden, vivaces, detrás de dos espejuelos, revelan una mirada atenta. Es la mirada de un hombre de Dios que ha tenido la oportunidad de recorrer el mundo, que a través de los años ha podido acumular lecturas, que está llamado a brindar luz en momentos de oscuridad. Las manos, delgadas, con un anillo sagrado en el dedo anular derecho, se entrecruzan sobre el escritorio dejando ver, momentáneamente, unos dedos largos de uñas bien cuidadas. El Santo Cristo de plata que pende del cuello y cae, perpendicular, sobre el pecho, inspira un respeto sagrado.

Es Monseñor Gonzalo Restrepo Restrepo, el Arzobispo de Manizales, el prelado que tiene sobre sus hombros la responsabilidad de conducir a la Iglesia Católica caldense por caminos de renovación carismática. No muy alto, de constitución delgada, caminar pausado y sonrisa espontánea, el jerarca es una persona sencilla, sin esa estampa prosopopéyica que suele caracterizar a los altos prelados. Llegó a Manizales el 7 de octubre de 2009 para colaborarle a monseñor Fabio Betancur Tirado como Arzobispo Coadjutor. Vino procedente de Girardota, donde se desempeñaba como obispo titular de esa diócesis. El Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo titular después de que aceptó la renuncia, por quebrantos de salud y edad cumplida, de Monseñor Betancur Tirado.

Proviene de familia campesina. Su padre, Guillermo Restrepo, fue un agricultor apasionado por el derecho. Tanto que en la población antioqueña de Urrao, donde era un ciudadano respetado, lo consultaban en asuntos de leyes. Todo porque desde niño sintió inclinación por esta disciplina. En la finca Santa Isabel, ubicada en la vereda  Quebradarriba, a una hora del casco urbano,  mantenía libros de derecho que leía con interés. Sin haberse graduado de abogado, asesoró a varios ciudadanos en asuntos civiles. “Mi padre era un hombre de mente ágil, muy bueno para las matemáticas”, responde cuando el cronista le pregunta por su círculo familiar. Entonces cuenta que, a la hora del almuerzo, reunía a toda la familia en torno a la mesa del comedor y, antes de empezar a digerir los alimentos, sometía a los nueve hijos a prácticas con los números. “Ahí empecé a interesarme por el estudio”, dice con ese asomo de humildad que se le descubre a primera vista.

Monseñor Gonzalo Restrepo recibe al cronista en su despacho del segundo piso en el Palacio Arzobispal. No es, la suya, una oficina ostentosa, como podría pensarse. Al contrario, es un despacho sencillo, sin nada que demuestre poder. Sobre un escritorio metálico reposan papeles eclesiásticos que debe revisar. Al fondo, sobre una pequeña mesa de madera,  hay un computador de pantalla plana, de última tecnología. Es lo único sofisticado en este espacio donde se decide el destino de los asuntos religiosos del departamento. El teléfono timbra poco. En cambio, su celular suena en forma insistente. “Estos son adelantos tecnológicos. Ya todo se maneja por intermedio de este adminículo”, dice en tono resignado mientras contesta una de las tantas llamadas que le entran al día.

En Urrao, el pueblo donde nació el 8 de agosto de 1947, alcanzó a vivir apenas hasta la edad de cinco años. La familia se tuvo que trasladar a Medellín por amenazas contra su padre. Fue en la época de la violencia política. De allí que no conserve recuerdos de sus tiempos de infancia en esta población antioqueña. La única imagen que conserva en la memoria pertenece a su época de estudiante, cuando cursaba la primaria en el Colegio El Sufragio, de Medellín, de la Comunidad Salesiana. En vacaciones se iba con su mamá y alguna de sus tres hermanas a visitar a las tías que entonces tenía en el pueblo. Subían hasta la finca Santa Isabel. Pero eran visitas cortas. Todavía tenía vivo en el recuerdo las razones que causaron el desplazamiento. “Monseñor: ¿le habría gustado vivir su juventud en ese pueblo?”, le pregunta el cronista. Y con una voz donde se asoma una ligera  nostalgia, contesta: “Habría sido interesante. Sobre todo por ese sentido de la solidaridad que existe en los pueblos”.

En la forma como narra la historia del desplazamiento de su familia se descubre su sencillez. No hay en su vocabulario palabras ofensivas. Tampoco un sentimiento de odio por las circunstancias en que la familia abandonó a Urrao. Simplemente acepta que esa fue la vida que le tocó vivir a su padre. Ir de allá para acá, buscando siempre la estabilidad económica para garantizar el bienestar de la familia. Así se hizo, en Calarcá,  comprador de café. Recuerda la llegada al pueblo quindiano. Salieron de Medellín una madrugada, los corotos en un viejo camión. Arribaron en las horas de la noche, cuando ya la luna había aparecido en el firmamento. Como a esa hora estaba cayendo un fuerte aguacero, entre todos descargaron los enseres. Al día siguiente ya estaba matriculado en el Colegio Mariscal Sucre, donde cursó cuarto y quinto de primaria. Años más tarde se trasladaron a vivir a Armenia. Allí se instalaron en una casa grande, cerca de la iglesia de San Francisco.

Al joven estudiante Gonzalo Restrepo Restrepo nunca se le pasó por la mente la idea de hacerse religioso. Es decir, en su infancia no dio demostraciones de querer servir a la iglesia. Aunque asistía a misa todos los días, jamás simuló en su casa la celebración de la Santa Misa. Tampoco cuando inició el bachillerato en el Colegio Jorge Robledo, de Armenia. Ni siquiera en 1962, a la edad de quince años, cuando ingresó al Seminario Menor de Medellín, donde se graduó de bachiller académico. Su vocación se manifestó en el seminario. Al regresar a Armenia, terminado el bachillerato, su mamá, a quien cariñosamente todos llamaban Ramoncita, que era una mujer devota de la Virgen del Carmen,  lo llevó un día a misa a la Iglesia de San Francisco. Fue allí donde sintió por primera vez el deseo de hacerse sacerdote. Todo porque, debido a la cercanía del padre Horacio Gaviria Vélez, que frecuentaba su casa, empezó a ver esta opción como un proyecto de vida. Eso sí, sin pensar jamás que alcanzaría la dignidad de arzobispo.

Una tarde, recién llegado del seminario, mientras leía un libro en la sala de la casa, ya con el grado de bachiller, el papá le preguntó: “¿Qué quiere estudiar, hijo?”. Y él, levantándose de la silla, le contestó: “¡Quiero ser sacerdote!”. Sorprendida, doña Ramoncita enarcó las cejas. “Excelente noticia. Yo siempre he soñado con tener un hijo sacerdote”, dijo con una voz donde se adivinaba una alegría interior. Entonces la familia organizó todo para que viajara nuevamente a Medellín e ingresara en el Seminario Mayor para estudiar Filosofía. A la mamá el sueño se le hizo realidad ocho años después, el 1 de junio de 1974, cuando vio a su hijo recibir la ordenación sacerdotal de manos de Monseñor Tulio Botero Salazar, Arzobispo de Medellín. Ese día todo fue regocijo en la familia. Los seis hermanos asistieron al acto. Sobre todo porque fue el único miembro que optó por el estudio. Los demás se dedicaron a oficios menores: comerciantes, conductores, empleados, Desde entonces se convirtió en el orgullo de la casa.

Los feligreses de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, en Medellín, jamás se imaginaron que ese sacerdote joven, apuesto, estudioso, que había llegado días antes como coadjutor, llegaría a convertirse en alto jerarca de la iglesia. Lo veían como un sacerdote más, de esos que llegan a los barrios para cumplir una misión social sin pensar que la vida le puede deparar grandes sorpresas. Cuando se enteraron que había sido nombrado profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana, sólo atinaron a decir: “Es un sacerdote estudioso”. Por esta razón, no se sorprendieron cuando, un año después, estrechándoles la mano, se despidió de ellos. Se iba a estudiar filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma. Allí obtuvo el doctorado en filosofía con una tesis que monseñor Peter Henrici calificó como excelente. La tituló “El deseo fundamental del hombre”. Era una tesis novedosa desde el punto de vista teológico. Analizaba el pensamiento de Jean Paul Sartre sobre la angustia del hombre. El entonces padre Gonzalo Restrepo proponía, frente a ella, la esperanza cristiana.

Monseñor Gonzalo Restrepo es el único prelado que ha recibido la noticia sobre su exaltación al episcopado directamente en la Ciudad de Roma. Fue el 4 de diciembre de 2003. Era una mañana despejada. La noche anterior había caído una lluvia menuda. En la Ciudad Santa se encontraba, haciendo diligencias relativas a su cargo como Nuncio Apostólico de su Santidad en Colombia, monseñor Beniamino Stella. El padre Gonzalo Restrepo también estaba allí, en gestiones de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Se desempeñaba a la sazón como rector de ese plantel de enseñanza superior. Había sido elegido como tal para el período 1998 – 2000. Y nuevamente para el período 2001 – 2003. Por su excelente labor, fue reelegido para el periodo 2004 – 2007. Pero la noticia de su nombramiento como Obispo  Auxiliar de la Arquidiócesis de Cali cambió su destino. Tuvo que renunciar a la rectoría para asumir sus nuevas responsabilidades al lado de Monseñor Juan Francisco Sarasti Jaramillo.

Esa mañana el Nuncio lo citó al Domus Santa Marta, el lugar donde se hospedan los jerarcas de la iglesia católica cuando van de visita a Roma, donde ahora reside el papa Francisco. Su sorpresa fue grande cuando Monseñor Beniamino Stella le dijo: “El Papa Juan Pablo Segundo lo acaba de nombrar obispo”. Se estremeció con la noticia. En ese instante sintió como si un viento suave recorriera su cuerpo. Se hacía, por fin, realidad ese vaticinio que desde años atrás circulaba en Medellín en el sentido de que sería ascendido a la dignidad episcopal. Al despedirse del Nuncio se dirigió a la Basílica de San Pedro, para orar. Quería agradecerle a Dios esa designación. “Mi madre, que falleció hace 33 años, habría llorado de la felicidad”, dice mientras muestra al cronista, ya  ajada por los años, una fotografía de su progenitora.

Monseñor Gonzalo Restrepo Restrepo viajó a Roma el 27 de junio de 2010. Para esa fecha, cuando en la Ciudad Santa se celebra la fiesta de San Pedro y San Pablo, se programó la entrega del Palio por parte del Papa Benedicto XVI. Allí se reunieron todos los nuevos arzobispos designados por el Sumo Pontífice en ese año. Ese día este prelado que ahora recorre la geografía caldense llevándoles a los católicos un mensaje de esperanza recordó el primer viaje que hizo a esa ciudad en 1975, cuando todavía Pablo Sexto ejercía como Papa. Recordó también el día en que, años después, regresó para estudiar Teología Fundamental en la misma Pontificia Universidad Gregoriana. Y recordó que gracias a estos estudios superiores logró fundar en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín la facultad eclesiástica de filosofía. Entonces sintió, en lo más recóndito de su alma, la misma alegría que sintió la mañana en que Monseñor Beniamino Stella le comunicó la noticia sobre su designación como obispo.