15 de junio de 2019
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90 años de la masacre de las bananeras

3 de diciembre de 2018
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
3 de diciembre de 2018

Esta inolvidable tragedia se convirtió en un hito del movimiento sindical y contribuyó a la caída del gobierno; veamos las raíces históricas. Después de la Guerra de los Mil Días (1899-1902) el país había quedado disminuido por la pérdida de Panamá y los partidos políticos estaban postrados, sumergidos en el sectarismo, en los odios y en la polarización. Sin embargo el período de paz, la relación económica con Estados Unidos y el auge de la economía cafetera, empezaron a transformar el campo, los pueblos y las ciudades. En esta coyuntura aparecieron nuevos grupos sociales que produjeron cambios en los liderazgos políticos y en los partidos. El país era rural; las tres ciudades más importantes, Bogotá, Barranquilla y Medellín, apenas concentraban el 6% de la población, y los habitantes del campo, que en su inmensa mayoría no sabían leer ni escribir, eran controlados por los gamonales. Pero todo fue cambiando lentamente, por los empréstitos para obras de infraestructura y por la inversión norteamericana. Estaba creciendo el número de obreros que trabajaban en las empresas bananeras de la United Fruit Company, en las petroleras de la Tropical Oil, en los puertos y en los ferrocarriles; las inversiones también llegaron a los centros urbanos.

En los años veinte se expandió más el cultivo y comercio del café; a las divisas del grano se le suman los 25 millones de dólares como indemnización por Panamá, más el crédito público y el privado; es lo que se conoce como la “Danza de los millones”. Un paquete grande de estas divisas se invirtió en el transporte: ferrocarriles, carreteras, cables aéreos, caminos y en la navegación por el río Magdalena. Como consecuencia aumentó la población urbana y creció el mercado de manufacturas; entonces, fue un hecho el desarrollo de la industria.

La crisis y la masacre

La modernización se produjo, fundamentalmente, durante el gobierno de Pedro Nel Ospina (1922-1926); después de esta administración llegó Miguel Abadía Méndez (1926-1930) a quien le correspondió lidiar con la crisis de la hegemonía conservadora y con los conflictos sociales. En septiembre de 1926 estalló la huelga del Ferrocarril del Pacífico, cuyo gerente era el dirigente conservador general Alfredo Vásquez Cobo, aspirante a la presidencia del país; en este conflicto participaron ocho mil trabajadores, dirigidos por Raúl Eduardo Mahecha. Pero a comienzos del año siguiente se desató una huelga en la Tropical Oil, que se extendió a lo largo del río Magdalena; el criterio del Gobierno era dejar la solución de los conflictos sociales al Ejército para evitar una revolución. Como en diferentes poblaciones del país se estaba organizando el Partido Socialista Revolucionario (PSR), los funcionarios del Estado vivían aterrados con el fantasma del comunismo. En este ambiente de miedo el Congreso aprobó una ley especial sobre orden público que dotaba al gobierno de facultades extraordinarias de represión. Esta ley, conocida como Ley Heroica, se aprobó el 30 de octubre de 1928 y comprendía un conjunto de normas represivas dirigidas a prohibir la oposición política; buscaba reprimir la actividad sindical, ilegalizó al PSR y creó un clima de amedrentamiento contra el Partido Liberal.

Pero la Ley Heroica coincidía con la huelga de las bananeras. Desde el mes de octubre los representantes de la United Fruit Company se habían negado a recibir a los delegados de los trabajadores para negociar el pliego, a pesar de la solicitud del gobernador del Magdalena y de los funcionarios de la Oficina del Trabajo. Los directivos de la empresa no querían crear un precedente de diálogo y preferían la intervención militar para cuidar sus intereses. Ante los hechos se declaró la huelga el 12 de noviembre de 1928, en la zona bananera de Ciénaga, cerca de Santa Marta. Fue una huelga jamás vista en Colombia, porque 25.000 trabajadores de las plantaciones se negaron a cortar los racimos de bananos. Y el gobierno preparó la represión; el 4 de diciembre el Diario Nacional denunció una ofensiva contra los trabajadores; al día siguiente se declaró turbado el orden público en la zona y ese día por la noche el Ejército preparó las medidas represivas. El general Carlos Cortés Vargas ordenó disparar sobre la multitud reunida en Ciénaga. Se justificó con el siguiente informe: “Las multitudes permanecieron impasibles, nadie se movía. Parecía como si estuvieran prendidos del suelo aquellos hombres que sin cesar de vociferar estaban sordos a todo llamado […] Qué momentos más angustiosos. La ley debería cumplirse y aquellos insensatos envenenados hasta la médula por las doctrinas soviéticas permanecían indiferentes como si se tratara de una burla”.

Según la versión oficial solo murieron nueve obreros, pero años más tarde el General Cortés Vargas reconoció 47. Sin embargo, el embajador de Estados Unidos, Jefferson Caffery, en una comunicación oficial del 16 de enero de 1929, afirmó “que el número total de huelguistas asesinados por el ejército colombiano superó los mil”. García Márquez en Cien Años de Soledad, habla de tres mil, pero esto hace parte de la ficción del escritor; sin embargo esta anotación adquirió tanta fuerza como la misma historia.

Fue el representante a la Cámara, Jorge Eliécer Gaitán, quien hizo posible que el país conociera sobre esta  masacre; Gaitán viajó a la región y estuvo en la zona durante 10 días, a partir del 18 de julio de 1929. Aquí habló con testigos y con la comunidad y se relacionó con Nicolás Ricardo Márquez, tesorero de Aracataca, quien le entregó información sobre algunos de los hechos; este personaje era el abuelo de Gabriel García Márquez y por esta razón el escritor tenía información sobre la masacre de las bananeras.  Gaitán hizo el debate en la Cámara y el país se horrorizó con la dimensión de la tragedia.