19 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

Al hilo de ella

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
23 de diciembre de 2018
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
23 de diciembre de 2018

Varios meses atrás un fuerte aguacero en el ocaso de aquel invierno anunció la llegada de la desconcertante noticia. La conocí en una de las experiencias más incómodas por la que pasan ciertas mujeres, a tal punto de ‘verse en las uñas del lobo´, cuando comparte el ámbito social de quien que la coteja y a la vez, alardea de ser su pareja. Por lo que toca, la dicharachera amiga del personaje de turno lanzaba bocanadas de afirmaciones innecesarias y marcaba el territorio con simuladas anécdotas. La joven dama, entre sorprendida y resignada, asentía con la cabeza a la par que sorbía un poco de vino blanco para esconder la mueca de desagrado.

El aroma variopinto y las flores cerrándose en brazos vespertinos, la cocina callejera con aliento gourmet y las propuestas veganas rodeaban la mesa de “paracaidistas” en busca de tragos gratis después de zamparse múltiples degustaciones. La presunta “novia” del anfitrión bamboleaba sus opiniones al ritmo de las esporádicas indecisiones.

De nuevo apareció la estridente convidada: “Entonces, ¿vamos al concierto en La Macarena?”. Más que una pregunta parecía la orden de combate de alguien que relataba hazañas amorosas e inverosímiles revolcones corporales con el fin de llamar la atención de los demás asistentes. La antípoda de semejante bullicioso fue otra mujer confundida. “Él es todo lo que una mujer quiere de un hombre, pero recién terminé una relación y tengo miedo de volver a salir herida”, girando el cuerpo hacia mí pretendió encontrar consuelo y en cambio, descubrió la frase desnuda: “Escucha el sigilo de tu corazón… el amor no se inyecta”. En efecto, la confundida cerró los labios y abrió los ojos hasta el límite de lo posible.

En el extremo opuesto, la presunta novia de mi amigo estaba cercada como liebre en medio de hambrientas fieras. A momentos quería correr, tal vez, ir al concierto y dejar pasar el tiempo. A ella le interesaba hablar de otras cosas, quién sabe, solo escuchar música de fondo o tomar impulso para poner los puntos sobre las íes. Tanto es lo de más como lo de menos, la noche siguió el rumbo planeado por su galán.

Los ojos como lágrimas de miel, el cuello largo, las cejas frondosas, el pelo liso y el toque personal sobre la mejilla izquierda. La pareja de mi compañero mostraba su diseñada sonrisa y ocultaba las sensaciones. “Él no es mi novio, sólo estamos saliendo”. Como no vivía en plan de conquista ni con la intención de invadir la frontera ajena, acaté la aclaración.

Los asuntos periodísticos reducen las ciudades a pequeñas aldeas para salir al encuentro de alguien. En uno de estos volví a toparme con la graduada “novia” del compañero de bachillerato. Cruzamos los datos y el breve agradecimiento por el envío de las columnas semanales. Nada personal ni diferente a dos décadas de distancia generacional y a su transitorio saludo: “Mi querido, Carlos”.

Hoy, como perdida en el desierto, la vi sentada en el centro de un sofá con el pelo corto y la mirada recogida.

“Hola, hace días te envié un mensaje, al parecer me bloqueaste”.

Ella sonrío distinto sin mostrar la nieve de sus dientes y dijo:

“Mi querido Carlos, no tengo por qué hacerlo… Acá te tengo en mis contactos”.

Apuré el conjunto de palabras sueltas y luego utilicé la muletilla habitual: “¡Cuídate y feliz vida!”.

Atravesé el resplandeciente lobby del Hotel Dann Carlton de Medellín con la amarga sensación de impertinencia y la innegable sombra de duda. Unos segundos después repiqueteó otro mensaje. “Un abrazo grande, Carlos. No sé qué pasó. Como sabes, con el proceso por el que estoy pasando, tengo el chat a reventar”. Quedé más desconcertado que niño en el primer día de guardería. No tenía la menor idea a qué “proceso”, ella, hacía referencia. Eso mismo le escribí.

Estacioné el vehículo para leer su respuesta. “Me diagnosticaron cáncer”. Cualquier contestación impulsiva tendría el tinte de absurda o forzada. Aglomeré emociones, empujé fuerzas, hice trizas el instante y solté cuatro palabras: “Ahí estoy en silencio”.

Qué más podía decirle a aquella desconocida, a la fallida novia de mi amigo, a la profesional y a la joven mujer que intenta comprender la fuerza de la sanidad interior.

Ahora soy quien la saluda desde las entrañas del alma: “Mi querida, Carolina”.