14 de mayo de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Londres, ciudad diez

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
14 de noviembre de 2018
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
14 de noviembre de 2018

Escenario por estos días del match por el campeonato mundial de ajedrez, Londres es la capital de tres países en cuya jurisdicción han pelechado “juguetes” tan disímiles como el fútbol, el golf, el whisky, las

novelas de detectives, la anestesia, la monarquía, el humor, la paradoja.

Y como si lo anterior fuera poco, los ingleses descubrieron a los gringos.

Pero la ciudad diez es mucho más. Un londinense no le niega una paradoja a nadie. Si no tiene a mano una de Wilde, se la cambia por una perversidad de Shaw. O por una sonrisa muda de Chaplin, de quien los británicos afirman que es  “todos los domingos del año”. (Foto, escultura de Chaplin en Rio de Janeiro. Es de alambre).

Si desea convertir cualquier día del año en nostálgica noche navideña, relea a Dickens.

En Londres a los espectadores de gallinero les dan el alias de “the gods” (los dioses) por su cercanía al cielo. ¡Aleluya!

Conservan dos costumbres: el té que toman a la torera hora de las cinco de la tarde y que importaron (el té, no la tarde) a bordo de chalupa desde la India; también decidieron eternizar la monarquía, una institución tan arcaica como un periódico de la semana entrante.

En la plaza Trafalgar, el almirante Nelson recibe monumental homenaje por haberle estropeado el currículo a la flota franco-española. La columna levantada en su memoria es imponente. El almirante quedó tan alto que no se le puede ver la cara de satisfacción que puso cuando vio correr a sus vecinos, aprendices de invasores.

El turista de cámara Kodak, tenis y mal olor, tiene que contentarse con asombrarse con los leones de Trafalgar Square. El león, rey de la selva, es el símbolo de los ingleses. A su imponencia no le serviría un felino menos arrogante.

Bernardino Hoyos, único londinense nacido en Santa Rosa de Osos, Antioquia, sintetizó así la leyenda sobre la tal flema británica: “Es una mezcla de intelectualidad y frialdad, mezclada con dosis de fino humor”.

No deje de mirar la prensa: es posible que ese día el Príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la Reina Isabel II, meta las de caminar y le arranque una sonrisa mezclada con asombro. (Bueno, el Príncipe metepatas ya se retiró a sus aposentos Tuta. La que no tira la toalla es la Reina. Y su hijo Carlos languidece esperando su turno al bate).

Ian, un irlandés que conduce uno de los famosos taxis ingleses, le enmendó la plana a Darwin y nos juró que el hombre desciende del árbol, no del mico. ¿La razón? Elemental, queridos Watsons: que el mico desciende, o baja, del árbol.

Los ingleses profesan devoción especial por el tiempo. De allí su exquisita puntualidad. En homenaje al tiempo, la encopetada Londres luce en su mano derecha el Big Ben, un reloj que pesa 13,5 toneladas. La hora del Big Ben está con la del Espíritu Santo. Ni a mi mejor enemigo le deseo que le caiga un segundo de ese reloj encima.

“Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores”. Pero en Londres hay que ir a Piccadilly Circus, la esquina del movimiento. Un aviso allí le cuenta un ojo de la cara a cualquier multinacional japonesa de ojos rasgados.

No en vano el matutino y el nocturno de la publicidad pasa por ese Greenwich de color, ruido y leyenda que es Piccadilly. Ojalá  me hubieran atracado allí para tener algo movido qué contarles a los herederos de mis deudas.  

(La veintiúnica vez que visité Londres se podía leer esta frase de Walt Disney: “Si lo sueñas, lo puedes realizar”. Lo que no es cierto: he querido ser Bill Gates solo por unas horas para experimentar cómo es eso de ser rico, o Pablo Coelho, para vender un millón de libros en un día, y luego volverá a ser yo, pero no se me ha dado).

En Hyde Park, redentores del mundo, Demóstenes al viento con la teja corrida, gritan gratis su recetario para salvar a la humanidad. La humanidad anda como anda porque no les ha parado bolas.

La torre de Londres es un monumento a la vanidad. Morir decapitado era casi un privilegio. Muchas inminentes decapitadas daban propinas anticipadas al verdugo a cambio de certeros y estéticos cortes de franela que no estropearan el manicure o el pedicure, que entonces no se llamaban así. Les quedo debiendo la, o las palabrejas.

Una visita al 10 de Downing Street, residencia del Primer Ministro, es todo un baño de democracia, definida por Churchill, tutor ideológico de los fumadores de puros, como el menos malo de los sistemas políticos.

¿Tiene algún cachivache viejo heredado de la tatarabuela, con ínfulas de joya? En Christie’s o Soteby’s se la compran y lo vuelven rico. Después de hacer más ricos a los subastadores, claro. La caridad siempre empieza por casa. Hasta en esa isla con río, el Támesis.

Londres es la única ciudad del mundo donde los taxis se parecen a los policías. Los dos son solemnes, serios, elegantes, displicentes. A los taxis solo les falta meter gente a la cárcel. A los policías solo les hace falta llevar taxímetro.

Los vehículos llevan el timón a la derecha, lo que da la impresión de que en gran Bretaña los carros fueran conducidos por nadie. O por fantasmas. Al último que uno ve es al conductor cuando ya se había cansado de buscarlo.

El timón a la derecha es la forma “made in England” de notificar que no tienen interés en parecerse a ninguno.  Los británicos viven a la enemiga. Para ellos, lo que no es inglés es un lapsus.

¿Amaneció con ganas de un asesinato? Elemental: Lo espera una novela de Agatha Christie o de Sir Arthur Conan Doyle.

Se aconseja visitar los parques de Londres. De pronto le puede caer una  bellota encima. Ahora, si le cae, no intente descubrir la ley de la gravedad. Le madrugó un señor de apellido Newton.

Un punk del Soho, el barrio bohemio, le tarareará Satisfaction, de los Rolling Stones, o Help, de Los Beatles.

Si no fotografió un cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, no estuvo en Londres, de la misma forma que un famoso no ha muerto del todo, si la noticia no aparece publicada en el severo Times.

Imperdonable pecado de lesa gastronomía sería no despachar su dosis personal de fish and chips.

El subterráneo (subway) es el subconsciente de la City. Las minifaldas que alborotan el metro local le recuerdan al voyerista que la creadora de ese minúsculo adminículo, Mary Quant, (febrero 11-34) taconeó en esos predios.

Los maridos infieles que pasan por Londres compran en Harrods para sus amantes y en Mark & Spencer para su mujer. Nos lo dijo la guía turística.

Nadie tiene que poner cara de haber sido abandonado por todas sus novias para ingresar a un pub. Para aplazar la borrachera los londinenses suelen ejercitar en esos lugares el tiro al blanco.

En uno de esos pubs, llamado Brodie, en Escocia, nació el mamagallismo. La leyenda que es cinco veces más contundente que la realidad, asegura que a Brodie caía todas las noches un juez que agotaba las existencias nocturnas de escocés. De día impartía justicia, muerto del guayabo.

En esta dicotomía se inspiró Robert Louis Stevenson para escribir la historia del Dr. Jekill y Mr. Hyde, que muestran las dos caras que tenemos solo seis personas en el mundo: yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos.

A los londinenses les da lo mismo que los demás sean los amos del mundo. Ellos se contentan con ser los dueños de los  gringos. Por eso dicen que si Harvard piensa que puede cambiar el mundo, Cambridge piensa que es el mundo.

God save London.