15 de junio de 2019
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Hace 100 años. El fin de la primera guerra mundial

26 de noviembre de 2018
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
26 de noviembre de 2018

El pasado 11 de noviembre se reunieron 70 jefes de Estado, en el Arco del Triunfo en París, para conmemorar 100 años del armisticio de 1918. Este día dijo el presidente de Francia, Enmanuel Macron que “el nacionalismo mata” y hoy está a la orden del día “porque exige cerrar las fronteras, rechazar al otro y juega con nuestros miedos”. Y la canciller alemana, Ángela Merkel, reiteró que no se ha aprendido de las lecciones de dos guerras mundiales. En 2018 “se registraron 222 conflictos violentos y hay en el mundo 65.8 millones de refugiados”. Pero veamos por qué estaban conmemorando cien años del fin de la Primera Guerra Mundial.

La Gran Guerra

En 1914 se habían formado dos bloques militares enemigos; el primero era el imperio británico, que dominaba los mares y controlaba colonias, estaba aliado con Francia, resentida porque perdió la guerra de 1870, y con el imperio ruso, que tenía contradicciones con Austria-Hungría. El otro bloque era la alianza austro-alemana. El gobierno de Alemania quería un nuevo reparto del mundo y, además, dominar en Europa. Y los líderes de Austria-Hungría querían desatar la guerra para ejercer control sobre 30 millones de checos, polacos, eslovacos, ucranianos, croatas, serbios, eslovenos, rumanos e italianos. Soñaban con someter los Balcanes y el archipiélago Egeo, así como manejar los hilos en el mar Adriático.

Turquía quería una guerra para reconquistar las provincias balcánicas y para arrebatar a Rusia las ricas regiones de Crimea y el Cáucaso. El imperio británico deseaba conservar y ampliar sus colonias y aplastar a Alemania. El inmenso Estado ruso deseaba controlar Turquía, frenar la influencia de Alemania y de Australia en los Balcanes y garantizar su libre acceso al Mediterráneo. Para Serbia la guerra contra Austria-Hungría significaba quitarse el yugo de Viena.

Pero faltaba el pretexto. El 28 de junio de 1914 fue asesinado en Sarajevo, capital de Bosnia, el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono de Austria-Hungría, por el joven nacionalista Gavrilo Princip, miembro de la organización clandestina Joven Bosnia, grupo extremista que luchaba por unificar a todos los eslavos del sur, bajo la hegemonía Serbia. Los dirigentes más agresivos de Austria-Hungría exigieron que se aprovechara este asesinato para aniquilar a Serbia y quitarle territorio; como consecuencia, el 28 de julio, le declaró la guerra. Alemania actuó rápido y, el primero de agosto hizo lo mismo contra Rusia y Francia; tres días después Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania. Todos tenían prisa para empezar el conflicto, porque consideraban que la contienda se resolvería en pocos meses, pues casi todos los monarcas de Europa eran primos entre sí, descendientes de la reina Victoria.

Alemania se había preparado muy bien, tenía una moderna industria militar y gigantescas inversiones en sus fuerzas navales, lo que le permitió abrir dos frentes para finiquitar rápidamente el conflicto. Por el occidente enfrentaron a franceses, ingleses y belgas, mientras que, por el oriente, con el apoyo del ejército austro-húngaro, luchaban contra los rusos. Muchos países querían pescar en río revuelto y se sumaron a la contienda. En agosto de 1914 Japón declaró la guerra a Alemania porque quería quitarle sus colonias en el Pacífico y, de paso, someter a China. Luego el conflicto se extendió a África, donde ingleses y franceses también querían expropiar a los alemanes.

Las contradicciones de la guerra

La guerra prolongada producía no sólo cansancio, agotamiento y hambre, sino crisis en los ejércitos, en la población civil y en los sectores dirigentes de los países; como consecuencia, empezaron las manifestaciones y huelgas contra los gobiernos. En Rusia fue creciendo un movimiento revolucionario contra el régimen, pero lo mismo estaba sucediendo en Austria-Hungría, Alemania, Francia e Italia. La situación era especialmente grave en Rusia, donde el pueblo no resistía la miseria y el hambre. En este ambiente se produjo la revolución de febrero de 1917 contra el régimen del zar, donde el abogado Aleksander Kerensky jugó destacado papel en la llamada revolución burguesa. Y se inició un gobierno provisional, conformado por terratenientes y capitalistas, que declaró continuar la guerra hasta el final. Mientras el pueblo derribaba los símbolos de la monarquía y apresaba a sus autoridades, el zar firmaba la abdicación, en un tren lleno de revolucionarios que lo llevaban a un lugar seguro. Rusia se convertía en una república.

Los combates seguían su marcha y los empresarios estadounidenses vendían equipos, material militar y provisiones a todos los países beligerantes; por esta razón práctica el alto gobierno iba aplazando su ingreso en la contienda. Pero el triunfo de los bolcheviques, las huelgas y el temor de una victoria de Alemania, convencieron al presidente Woodrow Wilson y, en abril de 1917, declaró la guerra a Alemania. Para esta época el conflicto estaba terminando y una joven potencia, como Estados Unidos, no podía llegar tarde.

Mientras tanto la revolución rusa seguía avanzando. El 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917 una alianza de obreros, campesinos, soldados y marineros, bajo la dirección de Vladimir Ilich Lenin a la cabeza de los bolcheviques, derrocó a los dueños del poder e instauró el Estado Socialista. Esta nueva situación política despertó una ola de entusiasmo en Europa; en enero de 1918 entraron en huelga los trabajadores de Viena y, en Berlín, los obreros de la producción metalmecánica, lo mismo sucedió en París. Y para rematar en el ejército austro-húngaro los soldados desertaban en masa. En julio de 1918 el movimiento huelguístico creció a grandes pasos; sólo en Inglaterra había medio millón de parados, de la industria militar.

La paz de los vencedores

Los pueblos estaban agotados y Alemania se encontraba sin recursos. Estados Unidos y sus aliados, con tropas frescas, nuevos equipos, armas y provisiones, empezaron a inclinar la balanza. En estas condiciones el 8 de agosto de 1918 los ejércitos aliados, reunidos bajo el mando supremo del general francés Ferdinand Foch, pasaron a la ofensiva y destrozaron al ejército alemán. Había terminado la Primera Guerra Mundial.

El 11 de noviembre a las 5:10 de la mañana los alemanes, derrotados, firmaron la rendición ante los aliados en el vagón de un tren, al norte de París; era el principio de la paz, porque terminaba la Primera Guerra Mundial, un conflicto que había dejado un saldo macabro de 10 millones de soldados muertos, 21 millones de mutilados y siete millones de civiles que murieron sin saber por qué.

Pero llegó el Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919 y los ganadores obligaron a los alemanes a reconocer los daños y pérdidas de los aliados, le arrebataron los territorios de Alsacia y Lorena, desmovilizaron el ejército y desarmaron al país; de este modo Alemania quedó empobrecida, endeudada y humillada. Se le exigió que asumiera la total responsabilidad de la guerra frente al resto de naciones de Europa y el país se convirtió en el único malo de la Gran Guerra. Así se crearon las condiciones para la llegada de Adolfo Hitler, del partido Nazi, del nacionalismo, del populismo y de la Segunda Guerra Mundial.  Y como olvidamos la historia, el mundo ve con horror el surgimiento del fantasma del nacionalismo de extrema derecha en Austria, Polonia, Hungría, Croacia, Italia y Estados Unidos.

En Europa observan con preocupación el fortalecimiento de líderes de extrema derecha, como Matteo Salvini, en Italia; Marine Le Pen, en Francia; Alexander Gauland, en Alemania y Víctor Orbán en Hungría, quienes luchan contra la Unión Europea. Los populistas dicen que la llegada de miles de refugiados que cruzan el Mediterráneo desdibuja la identidad nacional. Hoy sigue latente la amenaza de una nueva guerra; al respeto Macron plantea la construcción de una defensa europea independiente frente a potencias que pueden ser agresivas como Rusia o como el nuevo rumbo que está tomando la política de Trump.