20 de abril de 2019
Aguas de Manizales - Abril 2019

Casi nunca pasa nada

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
30 de noviembre de 2018
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
30 de noviembre de 2018

…No soy escritor, ni famoso. No me conoce ya nadie.
La carretera pasa al pie de la colina

(Azorín, según M.M.)

Alguna vez un periodista se atrevió a preguntarle a Juan Rulfo por qué solo había escrito dos libros. El mexicano, seguro de manera serena e indiferente, le contestó algo así: porque se murió mi tío Celerino, que era quien me contaba las historias. Pero aquellas dos narraciones que le contó el tío, y Rulfo escribió, fueron suficientes para convertirlo en uno de los más grandes escritores en lengua española, aunque a Rulfo le tenía sin cuidado si habían sido suficientes. El resto eran meras preocupaciones de editores, profesores, críticos, hombres de negocios y, seguro, hasta herederos. Augusto Monterroso, otro que también escribió y publicó poco, sugirió una fábula para explicar a Rulfo: El Zorro es más sabio. Según Monterroso, el Zorro, ante la insistencia de algunos para que publicara más, pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”. A mí me gusta más la historia del tío Celerino, aunque estoy de acuerdo con la maledicencia que entraña la desagradable insistencia.

Otra posibilidad es que el tío Celerino hubiera contado muchas historias y que Rulfo hubiera escogido solo Pedro Páramo y El llano en llamas. Es decir, que hubiera actuado como antólogo. Genial. Las antologías son una bendición para la humanidad, siempre por supuesto que el antólogo lo sea realmente, que se haya martirizado leyendo –o escribiendo– todo, incluida la basura, y luego haya escogido lo mejor, y siempre también, claro, que tenga buen criterio y mejor gusto.

En 1988 y 1990 Marcelo Matthey publicó dos libros breves: Todo esto lo escribí entre diciembre de 1987 y marzo de 1988 y Sobre cosas que me han pasado. Debieron ser publicaciones financiadas por el mismo Matthey. En 2013 la editorial argentina Mansalva volvió a publicarlos en un solo volumen. Nada más, de ahí en adelante, de nuevo, silencio editorial. Casi el mismo silencio también entre los lectores, que seguro se ven en aprietos frente a estos textos desprovistos de casi todo, pues se trata de los diarios del narrador que, a diferencia de aquellos escritores cargados de historias que contar, de tragedias personales, de enredos seudo-existenciales, de bohemias aburridas, no tiene nada que decir. Al menos nada diferente a lo que tendríamos para decir todos nosotros: que salimos al mercado, miramos con cuidado algún edificio o a ciertas personas, saludamos a otras, volvemos a casa, abrimos una ventana y nos tiramos en la cama a mirar el cielorraso, conversamos con los más cercanos mientras comemos o tomamos café, le hablamos a la mamá, el papá o a la mujer. Esas son las cosas que nos pasan. Sí, casi nada, pero a la vez todo.

Los dos libros de Matthey apenas sugieren, carecen por completo de juicios o análisis, no tienen afán moralizador. Se trata simplemente del registro más o menos pormenorizado de la vida de un hombre durante un periodo corto de tiempo. Nada más, en serio, aunque cueste creerlo. Contó el escritor en una entrevista concedida a Cristóbal Joannon, que antes de publicarlos leyó algunos textos a una señora escritora: “Cuando los iba leyendo de repente me preguntó: ¿y qué con esto? Leía una frase, ¿y qué? Luego leía otra, ¿y qué? En el fondo me dijo que no pasaba nada”. Matthey, imagino, guardó silencio. Otro, o yo, habría preguntado a la escritora, ¿y qué si no pasaba nada?, ¿qué quieren que pase si casi nunca pasa nada? Es más, cada vez que creemos que ha pasado algo, realmente no ha pasado nada. Casi nunca pasa nada, y cuando pasa no nos enteramos.

Matthey hubiera podido continuar hasta el final de sus días con aquel relato básico y monótono, que de tan simple termina siendo fantástico, pero no lo hizo, decidió parar. “Quizás un gallo más avezado puede seguir sin destruir lo que está hecho. Yo no, yo tengo que cortar ahí no más”, dijo. Y todo indica que cortó, ahora es un Ingeniero Hidráulico, que vive con su familia en Valdivia, una serena ciudad chilena. Se dedica a la construcción de presas, gaviones, sistemas de riego, obras hidráulicas. Tiene una página en internet que promueve su empresa. Una página sencilla y concreta. Escueta. Como la vida de todos nosotros.

¿Será que la señora escritora diría también ante una pintura de Hooper, y qué, ahora qué?

 

Manizales, 30 de noviembre de 2018.