11 de mayo de 2021
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Bolero

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de noviembre de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de noviembre de 2018

Muy niño conoció un piano en la Iglesia de su pueblo. Fue una casualidad. Lo llevaron a algún oficio religioso y cuando salían del templo se le ocurrió mirar hacia un mesanín donde alguien se movía. Le pidió a su mamá que lo dejara subir a ver que era eso. Ella le dijo que no tenía nada que ver, que era un piano. El niño insistió y la madre le pidió que fuese y no se tardara. Fue. Vio a un hombre que asentaba con delicadeza sus dedos sobre un teclado de color blanco y negro y fue como un acto de magia. Veía que cada que ese hombre asentaba un dedo en una de las teclas, salía un sonido que se iba combinando con el siguiente y formaban esa melodía que se escuchaba en todo el espacio del recinto religioso. Quedó extasiado. Bajó pronto a encontrar a su madre y se fueron a casa, a pie, dadas las cortas distancias de esa calurosa pequeña ciudad.

Le preguntó a la progenitora porque ese aparato, de mueble grande y teclas blancas y negras se llamaba piano y ella le dijo que era el nombre que alguien que lo había inventado le había colocado y que así se llamaba, pero que ella de pianos y de música nada sabía. La dama pensó que allí terminaba la conversación, lo que no fue cierto porque el niño todos los días le preguntaba cosas de pianos y un día le pidió que le permitieran aprender a tocar piano. En Soledad no había donde estudiar música. La familia ya estaba pensando en irse a la cercana Barranquilla para darle una mejor oportunidad educativa a sus hijos. Ya en la capital del Atlántico el infante insistía todos los días en su deseo de aprender a tocar piano. Se decidieron a llevarlo a Bellas Artes, donde efectivamente lo matricularon y comenzó a tener ese contacto maravilloso de sus dedos regordetes con las teclas. Le parecía un sueño. Poco a poco fue aprendiendo la razón de ser de la colocación de las teclas y los movimientos que debían hacerse sobre su superficie para armar melodías que fuesen capaces de transmitir mensajes musicales completos.

La profesora de piano Ana Carrasquilla fue fundamental en su formación como pianista y además la persona que lo apoyó para que fuese posible su permanencia en su proceso de aprendizaje en Bellas Artes durante cuatro años. Cuando la señora Ana, ya muy anciana, se fue de la vida, le dejó el enorme vacío de quien pierde un maestro en el que se tienen afincados tantos sueños. La muerte de la profesora la asimiló gracias a su juventud, pero ella ha quedado en el recuerdo constante de la formación inicial y de la consolidación de su vocación de pianista. Cuando habla de su formación musical siempre tiene palabras de elogio y agradecimiento a esa insigne educadora, a quien conoció gracias a la amistad que con ella tenía uno de sus primos hermanos, de quien ha sido el mejor amigo desde siempre.

Formarse como pianista en la plenitud de su aceptación es demasiado extenso en el tiempo y en costos. No tenía ni el tiempo, ni los recursos económicos en su familia como para quedarse muchos años pegado a ese aprendizaje para llegar a ser lo que soñaba: un extraordinario pianista. Ya se defendía con los sonidos. Ya era capaz de distinguir los ritmos, de combinar las notas, de sacar melodías y especialmente aquellas populares que no demandan tantas exigencias técnicas y de conocimientos profundos de los secretos de la música. Llegó la hora de trabajar. Muy joven se vinculó a pequeñas orquestas y conjuntos fiesteros de Barranquilla, donde le dieron la oportunidad como pianista. Ganaba poco, pero era feliz. Estaba haciendo lo que le gustaba, lo que siempre soñó.

En muchos ensayos, cuando los músicos tratan de experimentar sonidos y formas de presentarse ante el público, para volverse más atractivos y por ende mas comerciales, se sentaba al piano e intentaba cantar algunos boleros. Se le oía distinto, un poco extraño. Ese tono profundamente nasal y esa entonación un poco más lenta de la que usaban los boleristas de entonces, de alguna manera llamaba la atención, pero sus compañeros de trabajo no entendían si llamaba la atención porque era muy buena o por lo contrario. Unos dijeron que era otra manera de cantar los boleros. Otros dijeron sencillamente que así no se cantaban los boleros, que requería de mayor armonía en las letras y de mayor penetración con el sentido de cada canción. Le dijeron que intentara hacerlo acompañado por otros músicos, pero no sonaba igual que cuando lo hacía acompañándose él mismo en su piano. Había algo que atraía, no se sabía qué, habría que buscar para definirlo.

Los compañeros de orquesta le decían que “eso suena vacano, pero por aquí no pega, aquí es el ritmo, el baile, la parranda”. El mismo se oía y entendía que era cuestión de afinar un poco más antes de arriesgarse a cantar como solista. Se puso a trabajarlo, siempre acompañado con el piano, nada más, de pronto de vez en cuando alguna percusión. Era cuestión de oírse, de entenderse consigo mismo. En los ensayos de la orquesta cuando los demás músicos se iban a casa, se quedaba con su piano intentando cantar boleros. Era lo que sonaba bien en su voz. Intentó otros ritmos, pero la cosa no funcionó. Si lo iba a hacer y se pensaba dedicar a eso, tendría que hacerlo bien. Se distinguía entre sus compañeros de trabajo como un tipo de músico diferente, casi extraño. No ingería licor, no parrandeaba, no bailaba, no iba más allá de su trabajo. Tomaba la vida demasiado en serio, pero con esa manera de ser iba logrando poco a poco lo que se estaba proponiendo en sus proyectos vitales.

En 1965 no le dio más vueltas al asunto. Se decidió. Iba a ser cantante de boleros y se iba a acompañar el mismo. Reunió muchos de sus ahorros, era muy metódico con lo que ganaba, se compró un piano portátil eléctrico, que pudiese llevar en una maleta a donde fuera, porque estaba dispuesto a cantar donde lo llamaran, no desaprovecharía ninguna oportunidad por pequeña que pareciera. Serían él y su piano. Ese sería todo el show que ofrecería.

El primer bolero que grabó fue el de Cristóbal San Juan, ya cantado en muchas voces. Él llegó a cantarlo de otra manera:

“Que tratas de insinuarme con tus actos

a mi que te saqué

de la amargura,

engáñame ……”

“Odio gitano” cantado de otra manera. Cantado con la voz nasal y ese manejo un tanto brusco de las teclas del piano, concentrado en el público, siempre mirándolo de frente, estuviera sentado o de pie en el escenario. Era un nuevo estilo en ese tradicional ritmo con el que tantos amores se han tejido y destejido. Muchos de esos boleros hablan de tantos desengaños. En su voz lucían mucho más desengañados aún. En la zona caribe del país poco a nada se oía. No llamaba la atención. Esa no es la música de esa idiosincrasia. Cuando lo comenzaron a oír en el interior, especialmente en Antioquia y en el eje cafetero, la recepción y empatía fue inmediata. Se volvió la música de las cantinas, de las fondas, de las denominadas “Fuentes de Soda”, donde tanto hablaban los novios tomados de la mano, haciéndose tantas promesas de amor, la mayoría de las cuales no pasaban de allí, aunque muchas se hicieran realidad como un matrimonio, en el que hacían sonar una de esas canciones de victrola interpretadas por Alci Acosta, el bolerista distinto que nacía en la música colombiana.

La conquista del gusto popular no fue fácil. Cantaba boleros, pero sonaban tan diferente a los demás boleristas, los tradicionales, tanto extranjeros como nacionales. A quienes les gustaba lo volvían su cantante favorito, a quienes no, preferían no escucharlo. Pero había algo en él que contagiaba. Bastaba con verlo una vez en persona, en alguna presentación para entender que lo que hacía era bueno, serio y consagrado y que su seriedad y respeto por el espectador y por los ritmos románticos requerían de una oportunidad de oírlo con la debida atención. Era atento con el público, pero no permitía confianzas de ninguna naturaleza, ni mucho menos de compartir con los clientes en los bares y discotecas donde se presentaba. Estaba en lo suyo. Salía al escenario, hacía su presentación en el tiempo contratado, regresaba al camerino y allí permanecía hasta cuando le volvía a corresponder el turno de seguir en el show. Siempre atendiendo las solicitudes de muchas de sus canciones que el público se fue aprendiendo con el paso del tiempo. Son costumbres adoptadas desde el comienzo y que mantiene intactas. El mismo se reconoce como un costeño raro. Su profesionalismo y seriedad lo han hecho una figura respetable en la música nacional y en muchos países de habla hispana donde es un verdadero ídolo como Ecuador, Perú, Bolivia, Guatemala, México, Honduras, Panamá e incluso en numerosas ciudades de Estados Unidos, en las que sus presentaciones siempre agotan boletería.

Esa primera canción fue todo un éxito. Luego la volvería a grabar a dúo en una ocasión con Olimpo Cárdenas y en otra con Julio Jaramillo, con quien además hizo muchas canciones y se volvieron grandes amigos. Cuando Jaramillo murió en 1978 fue un golpe muy fuerte para Alci Acosta, pues eran una sola presentación en muchas ciudades con asistencia masiva de público. Ese dueto agotó boletería en grandes coliseos de diversas ciudades de América Latina. Se entendían a la perfección como intérpretes y se complementaban como personas, de lo que salió esa sólida amistad que los llevó por tantos caminos exitosos.

Ya son más de treinta trabajos de larga duración, cientos de videos, más de quinientas canciones en su repertorio y una agenda que se mantiene copada todo el año de presentaciones tanto en Colombia como en el exterior.

Es difícil para quien escucha música popular no haber oído esta transmisión nasal de sentimientos, con la compañía de un piano, que en muchas ocasiones ha tenido acompañantes como “Borolas”, un viejo payaso pereirano, que con un par de maracas ha ido con él, a su lado, de pie, en silencio, acompañándolo en sus giras por el eje cafetero, copiando del cantante su seriedad y profesionalismo.

Tantos tragos de licor se han degustado  oyendo:

 

No renunciaré

a esa paz que tu me das

día tras día,

a cambiar mis penas por tus alegrías,

y a ese amor que me das con garantía

 

No renunciaré

a esa flor

que tu me das cada mañana,

a vivir constantemente enamorado,

a soñar juntos  los dos de madrugada

 

No renunciaré

 ni a tus ojos

ni a tus brazos

ni a tu boca

ni a la risa

ni a tu loco proceder,

ni a tus besos

con los que me vuelvo loco,

ni a la fuerza con que tu

me haces querer.

 

No renunciaré

a la luz que tu me das

si estoy a oscuras,

a saber que esto es amor

y no aventura,

a encontrar limpio el camino de la duda.

 

No renunciaré .

Yo sin ti sería un barco a la deriva

uno mas de los que van

por hay perdidos

y sin ti sentido

no tendría mi vida.

Una declaración de amor cantada lentamente, con los acordes de ese piano que también se volvió característico. Un bolero para compartirlo con ese ser amado, con el que se quiere permanecer por siempre jamás.

Y cuando en esas celebraciones afectivas a las que les consagran tantas fechas de orden comercial, pero que de alguna manera generan expresiones reprimidas o poco sinceras, a Alci se le ocurrió cantarle a su padre, a su viejo, sin dejar de reconocer que en muchas ocasiones hubo falta de empatía con los hijos, por la manera de ser de las personas de edad y en un bolero dijo:

Mi querido cascarrabias,

hoy te vengo a saludar

y a reclamarte ese abrazo

que se quedó en tu regazo

cuando salí a caminar.

 

Yo te llamo cascarrabias,

aunque a veces es verdad,

como cuando yo era niño

te lo digo con cariño

bien lo sabes Papá.

 

Quiera Dios que no me faltes

en la aurora de mañana

para mirar tu figura

recostada en la ventana.

Tus consejos me han servido

para escalar mil montañas

por eso viejo querido

que Dios bendiga tus canas.

 

Yo recuerdo cuando niño,

si me ibas a castigar

me escondía tras la puerta

me perseguías por la huerta

y también por el solar.

Se inventó una manera diferente de cantar el bolero y sólo ha cantado esta clase de música, en la que se ha consagrado, llegando a todos los públicos, con algunos seguidores que lo consideran el mejor, con otros que  les gustan algunos de sus temas, pero con el respeto de todos, porque se lo ha ganado, con fundamento en su seriedad, responsabilidad y profesionalismo al momento de pararse en un escenario, sin generar jamás  razones para llevarlo a páginas de escándalo, de actitudes salidas de tono. Siempre en lo suyo: responder al público que lo ha consagrado. Elegantemente vestido, al pie de su piano, respondiendo él solo por el show.

Alcibíades  Alfonso Acosta Cervantes nació en Soledad, se hizo pianista por el gusto y la pasión por ese instrumento, se hizo cantante por el deseo de contar y cantar el bolero de otra manera, ha sido un esposo  dedicado a una sola mujer, padre responsable, abuelo consentidor y un perdido bisabuelo que cuando está en su casa en Barranquilla, siempre se levanta a las 5_30 de la mañana, pues debe cumplir con el deber auto impuesto de llevar y recoger a su bisnieto Matías al Colegio. Le hacen falta esos dos paseos cuando anda de gira de conciertos. Se llamó artísticamente Alci –y así se quedó- porque nadie es capaz de volver comercial el nombre de Alcibíades.  A este bolerista de tonos diferentes y voz profundamente nasal le ha dado por cumplir por estos días 80 años, en plena actividad artística, lo que se explica  por el gran cuidado que ha tenido de su vida personal y la seriedad con que ha asumido desde niño ser artista. Apenas son sus primeros 80 añitos.