23 de julio de 2024

Pan de flor

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
26 de octubre de 2018
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
26 de octubre de 2018

Sentada en el desvencijado taburete de madera, color verde “hospital”, María, canta el Rosario y cruza de, lado a lado, las extensas tiras de pelo, aún húmedo, en el levante de su vida. De vez en cuando, mira la chocolatera tatuada de hundidos y cicatrices a consecuencia de la centena de batallas espumadas en la cocina. Huele a café con agua de panela, a yerbabuena y limoncillo. Apesta a la mixtura de tiempos amontonados en el pequeño cuarto de 3 x 4 metros en donde, 35 años atrás, se refugió con su vientre de 4 meses de embarazo y dos niños pequeños de 3 años de edad y otro con apenas unos meses de nacido. Ella, quedó desamparada en medio de la disputa por el control del contrabando de tabaco y la pelea por la herencia de unos cuantos predios fértiles en el municipio de Rionegro. En el fondo del río del mismo nombre, Juan Manuel, su esposo perdió la salud de los pulmones y la dejó viuda a flor de agua.

El discontinuo pisar el pedal de freno de aire anuncia en la parte alta de la calle Ayacucho la llegada del camión de escalera repleto de flores y legumbres frescas. La jornada había comenzado a las 4 a.m. en el Corregimiento de Santa Elena de Medellín. Decenas de familias campesinas de varios municipios de oriente antioqueño arruman los productos y los aromas de la tierra hasta asfixiar los compartimientos y el techo del transporte veredal. Sobre bultos de papa, racimos de cebolla junca y ataos de claveles, la gente de campo viaja acurrucada con el propósito de abastecer la tradicional Placita de Flórez, ubicada en la calle 50, más conocida como Colombia, entre la avenida Giraldo y la carrera 40, en las inmediaciones de los barrios Boston, Buenos Aires, Las Palmas y El Salvador.

Paco, el loro, escucha las bocanadas de aire del pesado automotor aproximándose al portón e inicia la retahíla de vulgaridades aprendidas de los nietos de María: “Ahí viene la culona de Catalina tirándose pedos… ¡hurra, Catalina!”. “Un día de estos te voy a cocinar, loro marica”, la setentona matrona enseñaba los dientes al ave cada vez que ponía los bultos a un lado de la entrada a la Escuela República Argentina en espera de los compradores y la apertura de la Placita de Flórez. Siendo la celadora del instituto femenino, la versión masculina estaba aislada a nivel locativo, Doña María hacía las veces de bodega de almacenamiento o centro de acopio de algunos productores de las 14 veredas del corregimiento de Santa Elena y otros pueblos cercanos.

La desinteresada colaboración de la conserje se convirtió en la huerta de ‘pancoger’ y fuente de alimentación de su familia. Una “pucha” de maíz, un manojo de perejil liso, un kilo de zanahoria, unas hojas de laurel, ½ libra de alverja y una arroba de papa criolla; entre muchas otras muestras de gratitud, dejaban los cultivadores a la señora encargada de cuidar, asear y organizar la escuela pública. En aquella década de los setenta, María, fue un referente para los habitantes de la zona y los comerciantes de la Placita de Flórez.

Este mercado minorista ha sido testigo de la construcción del tejido social y promotor de la dinámica económica y cultural de la capital paisa. En el último período del siglo XIX (1891), Rafael Flórez, donó los terrenos para la edificación de un espacio tan polifacético y cambiante como la misma sociedad medellinense. En 127 años de historia, el uso del suelo pasó de circo de toros a patronato de obreros de Coltejer, convento y escuela de niñas huérfanas y vecino dadivoso de la sala cuna guiada por una congregación de religiosas. En 1955 tomó forma la estructura de la actual Placita de Flórez.

María, más que centinela de la Escuela República Argentina, estuvo prisionera de la rutina y dependiente de las obligaciones asignadas por el municipio. Siempre que barría y trapeaba los largos zaguanes del establecimiento educativo abría los oídos al tintineo de la campana del tranvía en dirección a Santa Elena. Nunca hizo el recorrido entre el Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, y el cementerio San Pedro. De ningún modo, exploró la línea del Parque de Berrío hacia Aranjuez y Manrique. Su viaje más largo consistía en comprar, cada quince días, 250 gramos de paletero y recibir los “gordos” envueltos en papel prensa que, le proveía Adelfo, el carnicero de la Placita. Experta en transformar los obsequios su fogón olía a frijol verde cocinado con hueso de cola, ajo, comino, cilantro y demás verduras que pasaban de las manos de los cultivadores a la generosa olla de la guardiana.

“Catalina, mija, no se vaya a ir sin tomarse el caldito. Le guardé un hueso carnudo”, “Evaristo, me corre esos costales pa’ acá. Mire, que no me deja espacio para limpiar”, “Venga, doña Hortensia, lávese las manos. En la poceta del patio hay jabón de tierra”, “Teobaldo, ¡qué plátanos!, ¿quiere uno con el quesito que me trajo Margarita?”, “Adiela, le cambié el agua a las rosas y las puse en otro balde. Cogí una para ponérsela a la Virgen del Carmen”, “Tómese esta agüita aromática con penca sábila, Heliodoro, pa’ que se le quité el dolor de barriga”. Así, tejía decenas de obras solidarias y relaciones cordiales con aquellos persistentes campesinos que, cada madrugada, durante más de 3 décadas tocaban el pesado y desbaratado armazón de madera del colegio situado a un costado de la Placita de Flórez.

Las manos coloreadas con los pétalos de rosas eran el espejo de las mariposas que flotaban alrededor de su cama de hierro macizo. “La elegida de Dios”, María, con lechugas y zanahorias desechadas en la plaza de abastos alimentaba 3 conejos, el loro real y el armónico sonido del sinsonte. A escasos metros del plantel, el maestro Carlos Vieco Ortiz, daba clases de música y canto en el Cefa, Institución Educativa Centro Formativo de Antioquia. Desde la Placita de Flórez se veían los cerros Pan de Azúcar y El Salvador. “Echen pal Morro” recordaba la tradición de “armar sancocho” en las laderas del costado oriental del Valle de Aburrá. Esta composición del inmortal, Carlos Vieco, resonaba en las aulas del Cefa, y como rumor musical, inundaba los locales comerciales, el Instituto Bellas Artes, el teatro Pablo Tobón Uribe y el Palacio Arzobispal. Todos lugares aledaños a la Placita y a la Escuela República Argentina, declarantes de un otrora incomparable.

El día que la administración municipal le dio con la puerta en la cara a doña María sin indemnización ni liquidación de prestaciones sociales, los tulipanes desvanecieron el color, los camiones silenciaron los frenos de aire, Catalina arrugó los labios y cruzó los brazos, las colegialas lloraron y Paco, el loro, se voló de la jaula. Tampoco hubo función matinal en el teatro Colombia; mientras tanto, los torbellinos y las romanzas del maestro Carlos Vieco Ortiz repiqueteaban al interior de los bares, los graneros y los billares en honor a la cuidadora de todos. La “Excelsa, la elegida de Dios”, ¡de una vez para siempre!, salió de la escuela.