16 de julio de 2024

Going, going, gone

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
19 de octubre de 2018
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
19 de octubre de 2018

A veces no hay que dejarlos hablar a los artistas”, escribió el argentino Luis Sagasti en Bellas Artes, un espléndido y raro volumen publicado por Eterna Cadencia, que enmaraña, como debe ser, ficción, ensayo, autobiografía. No hay que dejarlos hablar nunca, digo yo.  O si hablan no ponerles cuidado, hacer de cuenta que no dijeron nada o que dicen sandeces, tal como el primer borracho de la fiesta, ese que alcanza su paroxismo alcohólico cuando todos los demás están todavía sobrios y entonces se descubre como el primero de los imbéciles, el que más tonterías dice y el que asedia burdamente a las mujeres.

Recientemente la casa de subastas Sotheby´s vendió por un millón doscientos cincuenta mil dólares una obra de Banksy. Se trata de un lienzo que reproduce la célebre Niña con globo, que el artista ya había pintado a manera de grafiti en una pared callejera del este de Londres y que incluso había vuelto a pintar en homenaje a las niñas que padecen la guerra en Siria. En esta ocasión el lienzo estaba enmarcado en un armatoste que contenía además un equipo que, una vez cerrada la compra, se activó y comenzó a destruir la obra cortándola en tiras que fueron apareciendo de manera ordenada y pulcra por la parte inferior del cuadro. La subasta se convirtió entonces en obra de arte; de la que hicieron parte el subastador, quien supuestamente se asombraba de lo que le sucedía al cuadro, los espectadores, tanto los que sabían como los que no, y por supuesto el comprador. La Niña con globo adquirió un sentido adicional, en esta ocasión a manera de supuesta crítica al mercado del arte.

Entre tanto, para completar el performance, Banksy escribía un tuit justo cuando el artefacto cortaba en tiras el lienzo: “Going, going, gone”.  Y tenía razón en su mensaje, aunque no por la obra, que no se fue y en cambio quedó allí, a medio camino de destrucción, valiendo cada vez más; sino porque se fue, al menos en este caso, la magia que entraña todo grafiti, que, solitario, arbitrario y vándalo, subvierte y emociona sin la necesidad de discurso alguno.

Nadie puede imaginarse al mismo Banksy, o a cualquier otro artista callejero, parado frente al mural que ha sido precisamente pintado con premura, dando declaraciones a la prensa, o explicando a los transeúntes la trascendencia o el sentido de lo que acaba de pintar. Todo lo contrario, la fortuna de aquella obra es su abandono y absoluta contundencia, que no necesita de intermediación para dirigirse y conectar con el espectador. Chesterton –otra vez Chesterton–, afirmó que “…La obra sólo se convierte en obra de arte cuando pasa de un espíritu a otro” y eso es precisamente lo que sucede con la obra callejera, o con toda obra que el artista abandona y deja a su suerte para que se enfrente por sí misma, valiéndose solo por sus propios medios, a la espera de tener la fortuna de conectar los espíritus. Precisamente por eso, y al parecer lo había comprendido Banksy, es necesario que el artista sea anónimo, que permanezca oculto, para otorgarle de manera íntegra la atención a la obra. O que se quede en silencio.

Todo lo que un artista puede decir, lo dice en su obra de la manera y a través del lenguaje más apropiado, según su capacidad y talento. A no ser que la obra esté incompleta y requiera de muletas que la sostengan, caso en el cual la obra es inútil por minusválida. El poeta polaco Zbigniew Herbert estudió a los pintores holandeses del siglo XVII que alcanzaron el reconocimiento social que nunca han tenido los artistas plásticos.  Sus pinturas eran una necesidad cotidiana tan corriente como los víveres o el vestido, y eran objeto cotidiano de intercambio comercial; ser pintor era un oficio tan importante y necesario como el de zapatero, carnicero o banquero, y aun así escribió el poeta: “Las noticias que se han conservado de la vida de los pintores holandeses son parcas: en cuanto artistas, pertenecen a la raza de los que dejan tras de sí sus obras, no sus quejas…

Pero a veces asistimos a la cháchara inmisericorde de algunos, que incapaces de sentirse satisfechos con querer ser escritores, pintores o actores, y que les permitamos tal cosa, que ya es mucho, quieren ser divas de ocasión, vedetes de feria. Silencio, deberíamos gritarles. Exigirles que se callen de una vez por todas, o corran a las páginas sociales.

Manizales, 19 de octubre de 2018