12 de julio de 2024

ESPOSA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de octubre de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de octubre de 2018

Nunca supo si era amor, entrega, sometimiento o humillación. Tampoco lo quiso averiguar, no tuvo tiempo, ni sintió la necesidad de hacerlo, hasta cuando llegó la cumbre máxima que puede alcanzar un artista en la literatura. En ese instante supo que todo se entendía, pero solamente ella lograba hacerlo y que los demás, esa masa amorfa de lectores, seguidores y casi fanáticos ni lo sabían, ni estaban interesados en saberlo, ni mucho menos era oportuno que lo supieran.

A solas sintió el hastío de quien soporta un mundo enorme que es propio (no siéndolo) y que se presenta como si lo fuera. Es la angustia de lo que es pero nunca lo ha sido. Es sentir que se tuvo la capacidad de llegar hasta allí, pero nunca el valor de reclamarlo por el miedo de no ser atendida o sencillamente de ser rechazada por su género. Fue cuando logró dimensionar que lo había logrado y que si era la más capaz de elaborar relatos con todo el poder de la atracción de los lectores sin distingos de ninguna naturaleza y en todos los idiomas. Tantas horas sentada frente al procesador de palabras no se habían perdido. Es que nunca se perdieron, porque desde siempre se convirtió en el medio de recursos suficientes para llevar una vida holgada, de lujo, de comodidades, de distinciones, de reconocimiento, aunque a ella se le reconociera siempre detrás del trono, como el simple apoyo necesario para que esa realidad hubiese llegado a donde llegó. Todos la tomaban como la sombra necesaria, silenciosa, comenzando por él mismo.

Fueron 45 años desde cuando decidió que ese adusto y exigente profesor de literatura en la Universidad, sería su compañero de siempre. Nunca pudo olvidar el día en que acudió a su oficina a mostrarle un borrador de un relato que inicialmente no llamó la atención del docente. Le insistió. Al cabo de mucho tiempo lo leyó. Quedó impresionado. El también era narrador, pero sin la fuerza de comunicación y el lenguaje preciso y poético que es capaz de atrapar cualquier mente. No la descalificó, pero tampoco la calificó. Simplemente trató de que ella permaneciera más cerca, para seguir leyendo sus borradores, de los que en algunas oportunidades tuvo el descaro de apropiarse como si fueran de él, lo que a ella la hizo sentirse orgullosa en la inocencia de su juventud, creyó que si el profesor se apropiaba de sus ideas era porque eran muy buenas y se constituía en el gran comienzo de su carrera como escritora.

En la misma Universidad una mujer madura tuvo un amplio diálogo con ella y le interrogó si su propósito vital era escribir literatura, a lo que respondió afirmativamente y debió tolerar la respuesta de que no lo hiciera, de que no perdiera el tiempo, pues por el hecho de ser mujer las editoriales no se iban a fijar en su obra y sencillamente sería un esfuerzo inútil. Lo mejor era que se dedicara a otras cosas, en las que pudiera desempeñar su conocimiento y antes que nada su condición de mujer.

Ese día entendió que los sueños los debería vivir a través de una tercera persona a quien las editoriales si le dieran credibilidad. Ese profesor de literatura, un poco mayor que ella, seguía en constante contacto con ella. Se veían, hablaban de novelas, cuentos, dramas, historias y compartían tantas cosas que luego se dieron cuenta que estaban enamorados. El terminó por enseñarle sus borradores a ella y los papeles se trocaron: ahora era la alumna la que leía, revisaba y corregía los originales del docente. Un día decidieron que se casaban, para estar bajo un mismo techo, compartir la vida y hacer el trabajo de manera conjunta.

Ya casados, a él se le ocurrían borradores de argumentos que compartiendo un café o un trago de licor, discutían y luego ella se apropiaba de tal manera que se enfrascaba en la producción del original de una nueva novela. Lo revisaban, lo corregían, lo discutían, lo criticaban y finalmente él lo entregaba a la editorial. Poco a poco se fue volviendo un autor famoso, con grandes ingresos de derechos de autor y un prestigio que no paraba de crecer, en la medida en que todos los idiomas se fueron interesando en traducirlo. Eran una pareja sociable. Concurrían a los grandes eventos de las figuras universales, siempre muy elegantes, a manera de matrimonio ideal, en el que él era la gran figura y ella el gran complemento. La famosa “mujer detrás de todo gran hombre”. Trataba de disimular su inteligencia en las conversaciones para no ir a opacar a su marido. Podía decir cosas más importantes, pero se las guardaba. Podía defender y comentar mejor los argumentos de los libros de él, pero esa era tarea que solamente podía corresponderle a él. El silencio suyo en sociedad, era un buen aliado para que el éxito económico no se detuviera.

Solamente hubo tiempo, en esa carrera imparable hacia el éxito, de tener un hijo, estudioso, buen lector, buen investigador, que un día se decidió, con toda la timidez del mundo metida en el cuerpo, la timidez del que crece al lado de un monstruo de la fama y de la creación, a elaborar un cuento. Trató de hablar con su padre para pedirle que lo leyera y le diera su concepto. El padre le dijo que por ahora no tenía tiempo, pero que en algún momento lo leería y le haría el correspondiente comentario. Pasaron muchos días, muchas semanas, muchos meses y ese comentario nunca lo hubo. Conocedor del trabajo de apoyo de su madre a lo que hacía su padre, le pidió a ella que le diera un concepto sobre el cuento. Ella lo leyó de inmediato, con atención, con respeto y le dijo que era muy bueno. Eso no fue suficiente para el muchacho que requería del concepto del famoso novelista que era su padre, un concepto calificado y respetado que le daría la vía libre para ir por ese mundo de la creación literaria. Las relaciones de David con su madre eran muy buenas, pero sentía la necesidad de que las relaciones con su padre fueran mejores, necesitaba su apoyo intelectual. Este se resistía a reconocerle un valor sustancial en lo que estaba intentando. La idea comenzaba a convertirse en frustración.

El éxito estaba logrado. Quedaban muchas ideas en la cabeza y muchas palabras en el procesador para llevar al papel y convertirlo en un nuevo libro, que a su vez pasaba a ser una máquina de producción de dinero. Los años le llegaban a Joseph Castleman y el vigor no se le agotaba. Su esposa, Jean, se mantenía igual de bella, pero con la serenidad madura que van dando los calendarios, en lo que ayudaba su constante preocupación por mantenerse en la mejor forma. Nunca dejó de ser deseable y su marido nunca dejó de desearla a ella y a toda aquella que de alguna manera le diese la más leve oportunidad de acercársele y hacer las veces de constante picaflor en jardines ajenos. Una noche ella se acostó primero, cuando se estaba quedando dormida llegó él y comenzó a acariciarla y con palabras de imaginación erótica logró que se entusiasmeara y una vez vez más hicieron el amor en la comodidad de su hermosa habitación. Se durmieron en la placidez del encanto de la satisfacción sexual.

El sol comenzaba a entrar por las ventanas, desde la magnitud de la playa. Sonó el teléfono. El auricular estaba en la mesa de noche de él. Respondió entre dormido. Ella se despertó. Comenzó a hablar interrogando quien llamaba. Le dijeron que era de la Academia Sueca y le presentaban excusas por lo temprano de la llamada. Era para comunicarle que se acababa de ganar el Premio Nobel de Literatura. Guardó silencio. La miró a ella. Esta pensó lo peor. El le dijo a su interlocutor que si se trataba de una broma, ya era suficiente. Al otro lado de la línea le dijeron que era una llamada seria, que si gustaba le daban el número telefónico de la Academia para que él mismo hiciera la llamada y lo confirmara. Tapó el auricular. Le contó a su esposa lo que le decían. Ella se sorprendió inmensamente. El pidió que le permitieran que su esposa tomara la derivación del teléfono de la casa, para que escuchara toda la conversación. Los dos lo oyeron. Se miraban entre sí. No le daban crédito. Les dieron el texto del acta de adjudicación a la obra creadora. Lo felicitaron y le desearon el mejor de los viajes a Estocolmo en los primeros días de diciembre, cuando debían acudir a recibir el premio. Colgaron. Se abrazaron. El la cargó a ella. Se subieron a la cama y saltaron como un par de muchachos, como lo habían hecho muchas veces en la vida cada vez que algo bueno les sucedía. No cabían en la felicidad. Era la gran culminación de una vida literaria. El gran anhelo de casi todos los escritores de ficción.

Reposadamente ella le dijo que ese premio debía acudir solamente él a reclamarlo, pues era a quien pertenecía y a quien se lo habían adjudicado. El le dijo, una vez más, que ella debía estar, con el argumento de siempre de que él sin ella no era nadie, que la necesitaban en todo instante y que no sabría recibir el máximo galardón de las letras mundiales sin tenerla a su lado, sin verla, sin que le sonriera, sin contar con su presencia las 24 horas del día. Irían los dos. Y además llevarían consigo a su hijo David. Fue la oportunidad para que, una vez más, ella le reclamara que leyera el manuscrito del muchacho y le diera su concepto y su orientación. El le dijo que el concepto y la orientación trascendente le correspondían a ella, pues su talento era el ganador de todo. Ella le dijo que el prestigio de autor era de él y que el muchacho requería era de su concepto, de su calificación, de su apoyo y orientación. Ya ella se lo había dado, pero de nada sirvió, porque a David le faltaba la aprobación del padre famoso. Nuevamente le pidió que le opinara al joven. El dijo que era muy talentoso, que el relato le había gustado mucho, que le veía mucha creatividad. Ella le dijo que eso era lo que tenía que decirle a David, sin egoísmos, sin reservas, mucho más ahora que era Nobel de literatura.

En el vuelo hacia Estocolmo también iba uno de los más importantes periodistas literarios de una aprestigiada revista, quien arrimó a sus sillas y le hizo saber a Castleman que le habían encargado elaborar una biografía suya y que por eso estaba en el viaje , para ser testigo de su consagración, que sería necesariamente uno de los capítulos esenciales de ese relato vital. Castleman no dudó en maltratar al periodista, de quien nunca había gustado porque en no pocas ocasiones se había atrevido a dudar de su talento creador y dejó muchos interrogantes de si verdaderamente sus creaciones le correspondían a Castleman o si detrás podía haber alguien con mucho más talento. De una vez le dijo que no sería una biografía autorizada por él y que no contaría con él como fuente de la investigación. El periodista regresó a su puesto en la parte trasera del avión. Ella lo reprendió y le dijo que había sido muy grosero con el reportero, quien merecía todo el respeto de cualquier trabajador intelectual. Se tomaron otra copa de vino y se quedaron dormidos mientras cruzaban los aires del continente.

Tuvieron la gran recepción de ganador del Premio Nobel. Ruedas de prensa constantes entrevistas con intelectuales y científicos ganadores de otras ciencias. En una charla él hizo la broma de que afortunadamente su esposa no escribía y por tanto no podría ser su competencia, pero que si era el complemento necesario de un gran escritor. Ella frunció el ceño. No le gustó para nada la broma. Una bella reportera gráfica sueca fue una de las asignaciones que la Academia le hizo al Nobel, con el fin de que le siguiera en todo momento e hiciera las fotos del registro histórico. De una vez los ojos de Castleman se fijaron en ella con el morbo de siempre. La muchacha lo entendió y en su profunda admiración propició el encuentro a solas, sin cámaras, para hacer más fácil lo difícil. No pudo ser porque en ese momento le avisaron otro compromiso formal de la ceremonia y se frustró una infidelidad más de su vida furtiva, de tantas aventuras y traiciones. Todas ellas, si no perdonadas, al menos sufridas por la esposa en su decisión de no truncar el camino del éxito literario por culpa de la flojedad de la fidelidad conyugal de él.

La ceremonia del Nobel se vive con gran realismo, en lo que se denota la maestría del director de cine sueco Björn Runge, quien basado en la novela “La Esposa” de Meg Wolitzer, publicada hace catorce años, realiza una película que se exhibe ahora en las salas de cine de Colombia, con un mínimo éxito de taquilla, a pesar de ser ganadora de varios premios internacionales y seguro de ser nominada a los premios Oscar de la Academia en el 2019, que lleva el mismo título y que en otros países de habla hispana se presenta como “La buena esposa”. Una cinta en la que el espectador no tiene muchas ilusiones de que pueda ser atractiva cuando de entrada le identifican el tema. La entrega de un premio no es muy cautivante para una cinta de dos horas. Es tal la calidad de ella que en la medida en que pasan los minutos y cuando se va conociendo de que algo hay detrás de todo ese apogeo y esa felicidad, que adentro hay algo más que al final explota, se percibe la atracción del gran cine, de ese que se hace sin trucos, sin tecnología creadora, sólo con el talento de las cámaras, los diálogos, las luces, la fotografía y los grandes actores.

En una historia en la que se van sabiendo tantas cosas, se requiere la mano maestra de un director de cine nacido en Lysekil, Suecia, en 1961, dramaturgo del Instituto Dramatiska de Estocolmo, graduado en cine y televisión y realizador de 17 películas, cinco de ellas de ficción y los demás documentales, influenciado, como casi todos los directores actuales europeos, por Igmar Bergman, el gran maestro, fue encargado de la cinta por los productores, con la condición de que debía entrevistarse con Glen Close, quien ya había sido escogida como protagonista y debía darle su visto bueno al director. Runge viajó a Nueva York, desayunó con ella, hablaron durante muchas horas y al final nació una gran amistad que se vio reflejada en la calidad de la película, en la que ella realiza otra de sus majestuosas actuaciones, a que nos tiene acostumbrados, que no tendría nada de extraño le diera la oportunidad de un Oscar más en sus manos. Es una maestra de la actuación. Con ella Jonathan Pryce, quien no se queda atrás y hacen de este filme uno de los mejores de los producidos en el 2017. Al lado de ellos se vive la actuación de Christian Slater, hija de Close, pero no con ese título llegó a la película, sino con el de ser también gran actriz, quien representa a su madre joven y de Max Irons de ascendencia del mismo talante. En la cinta, que puede ser mejor que la novela original, se identifica un extraordinario trabajo de guionista: Jane Anderson, con diálogos inteligentes y poderosos en su transmisión.

Llega el final y con él el final de una vida que nunca se entendió si estaba en versión de drama, de engaño o de comedia. Tuvo de todo y es el espectador el encargado de presenciarlo no sin muchas sorpresas, sin que sus emociones sean capaces de definir el lado de la moneda en el que se van a ubicar. Es la vida real, que tanto se parece a la ficción. O es al contrario?