24 de julio de 2024

CRITICA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
5 de octubre de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
5 de octubre de 2018

Víctor Hugo Vallejo 

La historia no es para contarla una sola vez. Ese criterio fue recogido de mucho tiempo atrás, cuando los gobiernos determinaban quien contaba la historia y como se debía contar, teniéndola como instrumento de ejercicio de poder, con matices positivos en que se deducía que todo lo que se había hecho desde las esferas oficiales era lo mejor y que quienes llegaran después deberían rendir culto constante a esos hechos y a esos hombres, incluso con estatuas que se mantienen sin ninguna justificación, pues se trata de bastantes personajes que por encima de todo fueron personajillos que no merecen ni el cemento que se han gastado en sus pedestales. Desde lo que se llamó el movimiento de la nueva historia, que tuvo sus raíces en Francia y en nuestro medio con una representación trascedente desde la escuela de historia de la Universidad del Valle y luego la de la Nacional,  esa misma historia se ha contado de nuevo en diversas ocasiones, lo que ha permitido  que las actuales  generaciones conozcan con más cercanía a la veracidad de lo que ciertamente sucedió en el pasado, que ya fue, pero que no por ello debe ser calificado, como un todo, de bueno. Lo de que “no hay muerto malo”, no pasa de ser un dicho popular nacido de las emociones de no ofender a quien no se puede defender. Hay y habrá muchos muertos malos, la emoción no nos puede hacer perder la razón.   No todo lo pasado y  sus protagonistas es respetable, ni bueno, ni digno de gloria. En la historia hay algo de  gloria, pero mucho de basura que de habérnosla podido evitar, de pronto el curso de los días de hoy no sería  el mismo.

Con los nuevos historiadores y con el ejercicio científico  de los métodos de investigación en el pasado, se ha construido una visión muy diferente de lo que ha sido el mundo y Colombia y de esta manera establecer  fundamentos  reales de lo que sucedió y la razón de muchos de los hechos que ahora lucen desmesurados y no son más que el producto de herencias fatalistas que se sembraron en la sociedad.

Cuando la historia se cuenta como sucedió, no como los gobiernos han querido que sucedió,  se conocen hechos y circunstancias que dejan  en claro lo ocurrido y que nos llevan a entender muchos de los fenómenos sociológicos de la actualidad. Con esto se arruina más de un pergamino, más de una sangre azul se vuelve negra y muchas estatuas se dignifican cuando las palomas se cagan sobre ellas, pues apenas se merecen  el excremento animal para mantener  esa memoria.

La historia es una sola. La forma de contarla es bien variada. La historia es lo que sucedió, como sucedió, con quienes sucedió. Contarla es tener una mirada sobre esos hechos y esos personajes y hacerlo saber a quienes no la han vivido –comenzando por el historiador- para tener referentes sociales y económicos que han generado unas circunstancias  sobre las que de alguna manera se ha construido el presente y seguramente el futuro. La historia, como cualquier ciencia social, se cuenta con intenciones. Por eso cuando el gobierno la cuenta, no tiene otra que crear mitos y rendir cultos a lo que les interesa, pero en muchas ocasiones alejados completamente de la veracidad. La historia mejor contada es aquella que asumen los historiadores independientes, como ejercicio intelectual en el que necesariamente se va a detectar su ideología y sus intenciones, en lo que el lector debe ser prevenido y adquirir capacidad de análisis para mantener su propio concepto. La historia cuando se cuenta de manera crítica, sin compromiso alguno, se acerca mucho más a la veracidad y admite  que lo que se conoce sobre los mismos hechos se puedan cuestionar con fundamento.

La historia de Colombia la hemos oído muchas veces. La hemos leído otras tantas. Las generaciones de antes la debieron estudiar en sus aulas, ahora es apenas un referente accidental sobre el cual la juventud se asombra o se burla. Antonio Caballero, con su ironía, con su capacidad  de cuestionamiento, con su mirada  frontal, con su criterio de carecer de compromiso con nadie y ser capaz de decir lo que piensa sobre lo que sea y quien sea, sin que pida excusas o tregua para hacerlo,  dice lo que piensa y piensa libre, muy libre, con el sello editorial del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional, ha publicado “Historia de Colombia y sus oligarquías”,  en el que hace un recorrido desde el denominado descubrimiento de América hasta 1991, con la expedición de la Constitución Política actualmente vigente, con todos los remiendos de “articulitos” y parágrafos que los de siempre le han introducido. Es una historia de Colombia ceñida a la veracidad, pero con un lenguaje que abre muchas puertas de conocimiento en lo que se conceptúa y como se deben conceptuar los acontecimientos. Un recorrido que se ayuda con versiones de hechos y personajes en la pluma de su capacidad de caricaturista, en lo que conserva el mismo tono sarcástico e irreverente de sus columnas periodísticas,   que no asume compasiones con nadie, ni con nada.

Un recorrido distinto por la historia de este país, en 423 páginas, de la mano de un escritor de exquisito estilo y enorme poder expresivo, en el que comienza desde cuando los españoles llegaron a estas tierras a depredar, arrasar y robar todo lo que encontraron a su paso. A sangre, fuego, cruz y exterminio llegaron a apoderarse de todo, con la legitimación de bulas papales que  entregaron unos derechos que nunca antes habían sido de la iglesia.

Se calcula que el noventa y cinco por ciento de los pobladores indígenas de América perecieron en los primeros cien años después de la llegada de Cristóbal Colón, reduciéndose de unos cien millones a sólo tres, por obra de las matanzas primero y de los malos tratos luego, de las inhumanas condiciones de trabajo impuestas por los nuevos amos y, sobre todo,  de las pestes. 

De ahí viene la llamada “leyenda negra” de la sangrienta España, propagada en primer lugar por los ingleses y los franceses celosos del poderío español, pero iniciado por la indignación cristiana de un sacerdote español,  Fray Bartolomé de las Casas, autor de la terrible “Brevísima relación de la destrucción de las indias” y de otra docena de obras en las que denunció los horrores de la conquista y la colonización español (página 14).

No fue ni hazaña, ni sabiduría, ni tarea de grandes hombres. Fue la improvisación de un viaje imaginando una ruta diferente hacia las Indias (Asia) en busca de especias que tanto valor tenían en el mercado europeo. La precariedad de quienes viajaron no podía ser mayor.

En las famosas tres carabelas del descubrimiento – aunque solo una lo era: la Niña; la Pinta y la Santa María eran naves de otra clase-  venían marinos andaluces, carpinteros navales, un médico. En viajes posteriores vendrían más españoles e, incluso, algún italiano o portugués –sin contar al propio Almirante-. Eran soldados sin empleo tras el fin de la reconquista contra los moros, veteranos de las guerras aragonesas de Italia,  convictos de Castilla, pequeños comerciantes, artesanos, segundones arruinados de casas nobles, pícaros, escribanos, estudiantes. Viajaban también mujeres aunque no muchas. Y funcionarios de la corona, esos si bastantes: ya en los tiempos de los Reyes Católicos la burocracia hispánica era la más numerosa, enredada y enredadora del mundo, y estaba entregada a un crecimiento constante y canceroso que se iba a volver delirante bajo su bisnieto Felipe II, primer funcionario del reino, y sería heredada y reproducida con entusiasmo en las colonias americanas”. (Página 29)

Los conquistadores y colonizadores vinieron a lo suyo y en ello empeñaron la vida de todos los que encontraran a su paso, incluso la de quienes eran sus compañeros de saqueo. No había en quien confiar.

Se ejecutaban a menudo los unos a los otros estos hombres bárbaros y leguleyos de Castilla: Pedrarias condenó, sin oírlo, a su yerno Balboa, constituyéndose  simultáneamente en acusador y juez. No reparaban en métodos: decapitación, horca, garrote vil, empalamiento, o traicionera puñalada debajo de la capa (puñalada trapera). A Rodrigo de Bastidas, gobernador de Santa Marta, lo asesinaron a cuchillo sus soldados, descontentos por su excesiva blandura hacia los indios; y ellos a su vez fueron juzgados en Santa Domingo y descuartizados en la plaza. A Pedro de Heredia, gobernador de Cartagena, que había sobrevivido a una riña a espada perdiendo media nariz –pero le reimplantaron otra: Castellanos que lo conoció bien, “médicos de Madrid o de Toledo/o demás largas y prolijas vías, / narices le sacaron del mollero/ porque las otras las hallaron frías…-, a Pedro de Heredia, digo, lo procesaron por el motivo contrario: por su gran crueldad en las guerras de saqueo de las tumbas de los indios zenúes.  (Página 54)

Establecieron  gobiernos en nombre de Estados que los legitimaban, pero al que desconocían y desobedecían, porque lo único que acataban eran sus propios intereses. Nadie los vigilaba y cuando se quiso vigilar, se armaron los debates de nunca acabar mientras las cosas seguían igual. Cualquier parecido con el hoy, no es coincidencia, es herencia social.

En el Nuevo Reino de Granada, entre tanto, reinaban la violencia, la corrupción y la anarquía. Para frenar los excesos de los gobiernos despóticos de los primeros conquistadores   – Hernán Pérez de Quezada, Alfonso Luis Fernández de Lugo- el Consejo de Indias decidió crear en Santa Fe una Real Audiencia con la misión de pacificar el territorio. No fue muy bueno el remedio: vinieron entonces los gobiernos caóticos de los burócratas: magistrados civiles que operaban a golpe de memorial y se enredaban inextricablemente en las infinitas querellas personales  y políticas de una Audiencia colegiada. (Página 92)

Hubo el coraje para librar batallas de libertad, con la participación de seres humanos exageradamente disimiles, con pensamientos lejanos, y con ausencia de capacidad de administrar lo que siempre pensaron que debía ser un nuevo Estado. Las luchas nunca se acabaron y mientras tanto los recursos no daban para un  estado permanente de guerra.

Durante los años de estancia de Bolívar en el Perú, gobernó Colombia el vicepresidente Santander,  con grandes dificultades. La más grave era la quiebra de la República, pese a un segundo y basto empréstito inglés que se diluyó en gastos de funcionamiento del gobierno,  en corrupción y sobre todo  en el mantenimiento del ejército. Un gran ejército de treinta mil hombres – cifra oscilante al ritmo de las deserciones y las levas forzosas- para una Colombia que, sumadas sus tres partes, tenía poco más  de dos millones de habitantes. El ejército era por una parte un lastre fiscal, pero por otra constituía la única vía de promoción social  y la única fuerza de cohesión de un país de tan diversas regiones, de tan malos caminos y tan grande extensión territorial.  Desde sus campañas del sur Bolívar reclamaba  sin cesar más tropas, más armas, más dinero. Y Santander respondía: “deme usted una ley, y yo hago diabluras. Pero sin una ley… “. La discusión, a través de correos que se demoraban  semanas en ir y volver, llegaba a callejones sin salida: más que un diálogo era un intercambio de principios. Bolívar seguía actuando  como en su juventud de niño rico y manirroto, mientras que Santander era tacaño tanto en lo personal como en lo público.  (Página 199)

Las discusiones eternas entre los colombianos han sido un camino para que aquellos que han querido aprovecharse  de nuestras riquezas lo puedan hacer. Mientras todos discuten, el que se va a llevar lo valioso actúa. Y en  esas se ha seguido. Unos debaten si es si o es no. Mientras otros definen que es lo que se quieren llevar consigo y se lo llevan.

En previsión del rechazo colombiano al tratado Herrán-Hay se había venido preparando  en Panamá una sublevación, pagada por los Estados Unidos con la modesta suma de cien mil dólares, con el propósito de que el nuevo gobierno local  se mostrara más dócil. Pero en Washington el Presidente Roosevelt perdió la paciencia ante el remoloneo de “esas despreciables criaturas de Bogotá”,  y envió sus buques de guerra a respaldar a los insurrectos con sus cañones y sus infantes de marina. Al final, sin embargo, no fue necesaria la revolución: la separación se dio en forma de comedia y de farsa. El gobernador Obaldía cerró los ojos, el  comandante militar de la Plaza, general Huerta, se prestó, por veinticinco mil dólares  a poner presos a los jefes de las tropas enviadas por Bogotá para sofocar la sublevación inminente,  y al cabo de tres días el gobierno norteramericano  reconoció  como soberana a la nueva República. Un ingeniero francés de la antigüa y quebrada  Compagñe Universelle, Philippe-Jean Bunau Varrilla, firmó en nombre del nuevo gobierno la entrega  a perpetuidad de la zona del canal. El nuevo gobierno de Panamá recibió a cambio  diez millones de dólares: cifra inmensa para el presupuesto de un Departamento colombiano de la época. 

Roosevelt resumió el episodio en una frase: “I took Panamá, and let the congress debate”  (“Yo tomé Panamá, y que el Congreso discuta”).  (Páginas 271 y 271)

La colección de épocas oscuras es grande. Lo que no se logra entender, cuando se puede conocer la historia como ciertamente sucedió, es la reivindicación de personajes a quienes se les coloca en sitiales de preferencia, cuando lo único que se han ganado con su vida sería el olvido. Olvidamos fácil, precisamente por falta de conocimiento de lo sucedido.

Bajo el gobierno de Laureano Gómez no es ya el conservatismo el que se instala, ni siquiera  en su más extrema variedad ultramontana: sino el fascismo. Un fascismo cristiano, un nacional catolicismo respaldado por la iglesia a la manera  del impuesto en España por el régimen franquista, pero que no reposaba  como allá en el ejército vencedor de una guerra civil abierta, sino en las políticas paralelas, irregulares y secretas  de la “guerra civil no declarada”, como se llamó desde entonces a la creciente violencia: la Popol (Policía Política), el detectivismo –del SIC, Servicio de Inteligencia Colombiana, antecesor del DAS-, y los chulavitas  de los pájaros, que le servían al régimen de fuerza de intimidación y control rural. Hasta los primeros años cuarenta, mediada la guerra mundial, Gómez había sido simpatizante del Nazismo alemán,  que había visto crecer durante sus años de embajador de Colombia en Berlín a principios de los treinta; pero con la derrota de Hitler, y apoyado en su propio fanatismo anticomunista, no le fue difícil reconciliarse con el victorioso nuevo imperio norteamericano, hasta el punto de empeñarse en participar  en la guerra de Corea: el primer gran conflicto  militar de la guerra fría entre los Estados Unidos y el bloque comunista de la Unión Soviética y la China, todavía solidarias. Colombia fue entonces el único país de la mansa América Latina que contribuyó en el conflicto de la remota península asiática con un batallón de soldados y una Fragata. En  defensa, como se dijo entonces, de la democracia.  (Página 348)

Llegó un momento en que participaron muchos y quisieron obtener una solución por la vía de la democracia. El resultado no fue del todo malo, pero de inmediato los mismos de siempre emprendieron la tarea de tratar de regresar las cosas a su estado primigenio, lo que de alguna manera han logrado. Cuando se quisieron corregir errores por iniciativa de la juventud.

De ahí salió la Constitución más larga del mundo: 380 artículos y 70 disposiciones transitorias. A lo que hay que sumar las treinta y un reformas  y añadidos  que ha tenido en veintiséis años, incluida la que autorizó la reelección presidencial  de Álvaro Uribe y la que luego prohibió de nuevo  la reelección presidencial posterior a la de Juan Manuel Santos. 

Una Constitución  de avances sociales: en primer lugar la acción de tutela para proteger derechos fundamentales –entre ellos un vago “libre desarrollo de la personalidad”- que se ha prestado a las más estrambóticas demandas –se constituyó el sistema penal acusatorio y se crearon la Fiscalía y la Corte Constitucional, así como varios mecanismos  de participación ciudadana muy usados: plebiscito, referendo, consulta popular, revocatoria del mandato. Se impulsó la descentralización – que desembocó en la democratización   de la corrupción-.  (Páginas 401 y 402).   

Son muchas las estatuas, los pedestales y las coronas que se desmoronan y deshacen  al leer este moderno texto de historia de Antonio Caballero, bajo su mirada ácida y profundamente irreverente. Como debe ser el estudio de las ciencias sociales.  Lo que fue de esa manera, hay que contarlo así. Adornarlo es valerse de la mentira como enseñanza. Y la mentira nunca hará bien a nadie.  La crítica es el inicio del análisis serio.