27 de mayo de 2022
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Y el Papa no nos vio…

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
10 de septiembre de 2018
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
10 de septiembre de 2018

Óscar Domínguez

Ahí estábamos esa tarde del sábado 9 de septiembre los dos hermanitos, reventando infantería, al sol y al agua, esperando el paso del papa Francisco a la salida del hogar san José, en el Barrio Boston, en Medellín.

El pequeño pecado de lpapa boston selfia envidia, el más inútil de todos, corroía al par de setentones. Al fin y al cabo, si hubiéramos seguido en el seminario, el papa podría ser uno de nosotros y no el che Francisco, que agotó localidades durante su visita a Medellín. Ya lo había hecho en Bogotá y Villavicencio. Le faltaba Cartagena, la cereza en el vaso de su periplo.

Sin decírnoslo, el par de proustáticos pensamos: si no hicimos historia, pues protagonisémosla estando cerca de quien la ha hecho, y muy bien. Y recordamos el salmo: “¿Quién es ese y lo elogiaremos?”. Pues el papa.

El peregrino Jorge Mario Bergoglio, su nombre pagano, pasó por nuestro lado a velocidad pontificia, despacio, pero no nos vio.

Nos tranquilizamos pensando que el oficio de papa, además de no equivocarse ni jugando lotería o fútbol, su pasión, consiste en ver sin mirar. En esa mirada “urbi et orbi” del papa estábamos los dos de Montebello. Nuestra vanidad quedó satisfecha.

Alguna vez nuestra madre, mamá Geno, dijo que le habría gustado conocer al papa. Nosotros dos lo vimos por ella y por papá Luis, quien a la hora de tirar camándula tampoco lo hacía nada mal.

“Ese señor es muy pesado, mijo”, habría dicho la mamá grande, si no nos hubiera dado con su ausencia.

Al ver pasar al papa a dos metros de nuestras arrugas y pategallinas, nos declaramos indemnizados de que se no se nos haya aparecido la Virgen, una de nuestras ficciones infantiles.

Mientras esperábamos, cuidábamos de que ningún malandro se fuera a quedar con nuestras billeteras y con los celulares. Hay que creer en Dios pero más vale cerrar bien las puertas del carro y de la casa, pensamos con pragmatismo. No nos trama redistribuir el ingreso a la brava.

Si nos hubieran entrevistado para la televisión de Afganistán, Telemedellín o Teleantioquia sobre lo que sentimos cuando vimos a Francisco, nos habrían cogido con los calzones abajo.

Para no defraudar a la familia que siempre ha creído en nosotros y que nos patrocinó la aventura con papa al fondo, digamos que sentimos un pequeño tsunami espiritual.

Exagerando, porque pa esos somos paisas, nos dijimos: “Valió la pena vivir solo por ver pasar al huracán Francisco”. Y gracias, Pessoa, por prestarme uno de sus versos. En reciprocidad, la ciudad que tuvo al papa en su Valle, le dedica a partir del 10 de septiembre y durante 7 días, la fiesta del libro a autores que escriben en portugués. De Brasil, por esta vez. Ya vendrá otra fiesta para los portugueses de Portugal, como su “pessoa”, señor Pessoa.

Al papa lo habíamos escuchado en sus homilías de ocho minutos en promedio y teníamos sus enseñanzas en la punta de la lengua. ¡Qué bien asesorado ha estado el papa! Parece que viviera entre nosotros.

Para Francisco hubo las inevitables llaves de la ciudad, carriel de nutria de Jericó con más misterios que la Santísima Trinidad, y poncho, pero nada de collar de arpas. ¡Dios sea loado!

Eso sí, ojalá no se nos olviden los derroteros que trazó. (A propósito ¿cuáles fueron, vos?).

Si bien nuestros antepasados no conocieron el celular, aprovechamos para tomar fotos del entorno donde esperábamos al pontífice y a intentar selfis con el papa Francisco. El hombre de la era de internet es un historiador con cámara en mano. Hay que hacer valer ese privilegio.

A juzgar por las fotos que tomé, el don de la fotografía no me habita. En el lamentable retrato que comparto hay más frente y gafas mías que papa Francisco. También me fue negado el dinero en exceso, pero el papa que conocimos nunca tiene plata ni para el mate. Es otro rico sin plata, “como las aves del cielo”. En estos quedamos nivelados por lo bajo con Francisco, el hombre-papa.

Además, en el seminario de los agustinos recoletos en La Linda, de Manizales, aprendimos de san Agustín, nuestro tutor ideológico: La riqueza no está en tener mucho sino en necesitar poco.

Para resumir, después de una espera de 40 minutos, el papa se dejó venir falda debajo en su cachivache de la Chevrolet, la multinacional que ha debido multiplicar sus ventas por mil para ira e intenso dolor de la competencia.

Todo el mundo a nuestro lado enloqueció. Fray Ferruco, mi superior jerárquico en el chamizo genealógico, sintió que levitaba; fray Augusto, mi alias, se sintió en un concierto con los Rolling Stones y Daniel Santos juntos.

La dicha duró una eternidad de segundos. El papa no nos determinó pero entrados en gastos, eso era lo de menos porque nosotros sí lo habíamos visto a él.

Misión cumplida, nos dijimos los hermanos que de pronto nos reunimos para contarnos las arrugas y deshacer pasos por las calles de Medellín que nos son afines

Finalmente, cuando el papa trastornó la esquina de Boston, subimos hasta el hogar san José donde había estado el visitante, tratamos de entrar pero nos sacaron tallados. Entonces nos sacamos selfis con el mosaico del papa (del ahogado el sombrero) y los que emprenden la retirada bajo el cielo medellinense adonde llegamos de Montebello hace 65 años por cuenta de otra de las violencias que Dios en su extraña bondad nos ha dado.

Por cuenta de mi compañero de aventura, tomamos rico algo en una cafetería de la avenida Oriental, cerca de la iglesia de san José, donde reposan los restos de nuestros abuelos paternos Amalia y Carlos, católicos de amarrar en el dedo gordo, y regresamos a nuestros cambuches, ligeros de equipaje.

Y felices, así el papa no nos hubiera determinado. “Chuleado el papa”, resumió fray Ferruco. Y los hermanos mayores (casi) siempre tienen la razón. El Mundo.