28 de febrero de 2024

Algunos aspectos del libro en Colombia

27 de septiembre de 2018
27 de septiembre de 2018
Imagen Pedro Felipe Hoyos

Pedro Felipe Hoyos Körbel 

Entre el escritor y el lector se yergue toda una industria. Obviamente, si esta maquinaria no esta sincronizada los más importantes participes en esta obra llamada libro nunca se conocerán.

Es corriente oír la queja de parte de los escritores acerca de lo difícil que es publicar un libro. Algunos acusan al estado, otros señalan la indiferencia del lector, otros reclaman el apoyo de la academia, hay escritores que opinan que los medios de comunicación no aportan. No cabe duda que el escritor se encuentra ante unos obstáculos los cuales él solo no es capaz de franquear. Y es curioso, porque el libro en su aspecto tangible, su parte material, es una mercancía que se rige por leyes como la de la oferta y de la demanda. Los escritores producen (escriben) porque los lectores consumen (leen). Ahora ¿qué pasa que esta simple regla no se hace efectiva, que trabas existen en el sistema que todo se dificulta?

Pero si continuamos analizando esta situación de forma integral o sea hablamos de industria, de una cadena de producción y le echamos una mirada al siguiente eslabón encontramos que este punto de apoyo, el empresario de libro, léase editor, no existe.

El editor se encarga de la financiación del libro, asume la coordinación del diseño e impresión y se hace cargo, a través de un distribuidor de libros, del mercadeo. Le corresponde a este hombre recortar en gran parte la distancia entre el autor y su lector. Su importancia no ha sido resaltada en forma justa y acertada. Es el editor el intermediario más importante en la industria del libro. Sin su positiva intervención no hay libros fuertes sino un gran número de impresos frágiles.

El próximo elemento en esta cadena es el librero. Resulta que en nuestro país solamente las capitales de departamento, y en varias ni siquiera en ellas, existen librerías.

Si alguien en un pueblo intermedio de Colombia se entera de un libro, ya sea por la radio y o porque haya visto la reseña en televisión, y quiere adquirirlo pues tendrá que vestirse de paciencia porque debe hacer el pedido  a través de un amigo a la capital para que se lo traigan después de varis semanas de espera. Esta es una situación parecida al libro en épocas de la colonia: había que pedir los libros a España, esperar que el galeón llegase a Cartagena y después de embarcar la mercancía impresa en un champan y remontara el río Magdalena  y finalmente a lomo de mula llegase a la recóndita capital. Esto, dentro de un marco de sociedad de consumo, es insostenible. El comprador con la plata en la mano espera que se le entregue la mercancía inmediatamente u optará por adquirir otra “cosa” que este en el mostrador.

Vemos pues que la cadena del libro sufre una reducción a ciertas ciudades dejando gran parte del país sin cubrir. ¿Por qué no existen librerías en las poblaciones pequeñas? Pues porque no existe una demanda y este es el inicio del fatal circulo vicioso que oprime al sistema.

Otro importante integrante de este sistema es el promotor de libros. Al decir “promotor” se invoca un termino genérico porque en si todos somos promotores. Pero para promover industrialmente libros se requiere de un aporte muy específico. ¡En Colombia, inclusive, hay que dar un paso atrás y no solo promover un libro en particular sino que se debe fomentar la lectura en si! Existe una enorme apatía hacia la lectura y por ende al libro. La gente joven prefiere otros pasatiempos y relegan el libro como fuente de esparcimiento y adquisición lúdica de conocimiento. Al parecer la sociedad vive a espaldas del libro y solamente en ciertas fechas se saca del baúl la mascara y el disfraz de la lectura y del libro. Los gobiernos, departamental y municipal, se han vuelto expertos en representar esta farsa carente de proyección. Muchos colombianos jóvenes ignoran las bondades del libro a pesar que ostentan titulo de bachiller y es de suponer que tuvieron contacto con libros. Se sabe que los profesores, casi todos y de todos los niveles, son malos lectores. Ellos omiten en dar el ejemplo; sus pupilos no llegan  al libro y sus riquezas a través de ellos. En esta lista se pueden incluir los padres que tampoco promueven el “uso” del libro. Seguramente ellos  al igual que los profesores, cuando jóvenes, no les inculcaron el hábito del libro.

En la promoción, en la forma como destacar cierto autor o libro, a los medios de comunicación masiva les corresponde un papel preponderante. La audiencia de la televisión y de la radio es mucho  mayor que el de los medios impresos. Los medios no se han puesto en la tarea de plantear un aporte a este tema. Y si ellos creen que con mostrar un libro en la sección de farándula de un noticiero o presentan un programa cultural están siendo parte de la solución, se les debe advertir que están equivocados. Los medios masivos deben ayudar a promover el libro integralmente, en sus telenovelas y demás programas, deben resaltar el libro como algo importante y digno de nuestra cultura. No se trata de emitir unas simpáticas cuñas sino deben mostrar la diferencia que existe entre la gente que lee y la que no. Deben, dentro de los valores que promueven, incluir a la lectura, el conocimiento y el libro. De esta forma sensibilizan a su audiencia acerca del libro porque un lector insensible y desinteresado es el obstáculo invencible de este sistema.

Llegamos en nuestra lista al último aspecto en esta cadena: el lector. Sin lectores impregnados de una santa curiosidad toda la industria del libro, incluyendo al escritor, quedan obsoletos. El lector es la razón de ser del libro. Un lector motivado le da aliento a toda la cadena y la mantiene viva. Para la existencia del libro es tan importante el escritor como el lector.

Vemos pues como la industria del libro existe solamente fragmentariamente en nuestro país. Esto implica que el escritor y su lector están siendo condenados a ser extraños. La chispa de la comunicación nunca se dará entre ellos debido que el sistema no es operante.

Fotos del archivo de Pedro Felipe Hoyos