20 de septiembre de 2021
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Una gota de tolerancia

26 de agosto de 2018
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
26 de agosto de 2018

TRIBUNA UNIVERSITARIA

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

En el auge que vienen teniendo las redes sociales y su papel dentro de la concepción de la libre expresión y el libre desarrollo de la personalidad, cabe preguntarse ¿Cuál es el límite de los comentarios que estigmatizan la posición personal de algunos usuarios hacia otros, solo por el hecho de no pensar como ellos? Infortunadamente, contrario a lo que se podría pensar, son muchas las personas intolerantes frente a sus semejantes cuando no piensan como ellos, tal situación está llevando a un punto de quiebre insostenible para las diferentes relaciones en sociedad.

Ahora, preciso, no es que el fenómeno se presente solamente a partir de los comentarios de las redes sociales, lo que pasa es que es una plataforma digital que ayuda a generar una exteriorización de las pasiones a través de una pantalla, mucho más fácil que si fuera personalmente. Como se divulga dentro de los dichos populares, temas relativos a la religión, la política, el fútbol y los derechos que rozan con la moral, son los que más ampolla levantan a la hora de socializar ideas. Pero qué importancia tiene estigmatizar a otros sino más bien persuadir a unírsele a nuestro argumento.

Martha Nussbaum muestra esta faceta como un problema sociológico, pues indica que esta actitud es propia de la solidaridad que existe entre grupos que piensan igual, creando una especie de invulnerabilidad sustituta. Creería uno que apropiarse de sus actos, así como de lo que escribe, sería una buena forma de establecer un diálogo con tolerancia para evitar esta empatía destructiva. En tal sentido dice Nussbaum “la idea de ser responsable por los argumentos propios y de intercambiar opiniones con los demás en un entorno de respeto mutuo por la razón es fundamental para la resolución pacífica de las diferencias, tanto en el seno de una nación como en el mundo cada vez más polarizados por los conflictos”.

Qué sentido tiene pues, como lo diría mi profesor de Derechos Humanos, la palabra convivencia, si el problema es con quienes piensan diferente a nosotros, pues con aquellos con los que simpatizamos en ideas, no tenemos por qué asumir reparo alguno. Todas esas generaciones pasadas, con entereza, han luchado a punta de sudor y sangre para que la nuestra pueda expresar sus opiniones libremente sin ser castigados o señalados. Aun así, nosotros no hemos sabido valorar ese esfuerzo histórico, no tenemos una cultura de tolerancia hacia el prójimo, ni tampoco, no sobra decirlo, al respeto por los derechos humanos. Esas son palabras sabias de este académico.

Hace poco veía en Facebook una publicación de un importante medio de noticias que entregaba información general sobre la consulta anticorrupción. Como es un tema que es imposible desmarcarlo de la esfera política, es de esperarse encontrar en los comentarios, argumentos sustentados en una u otra postura, pero lo que no es común es hallar amenazas e insultos, peleas cazadas por usuarios por el simple hecho de fijar una posición. Pero así ocurre, por ejemplo, en otros sectores de la política, como la demarcación insulsa entre petristas y uribistas, de manera que cualquier apoyo hacia uno de los dos grupos, genera el descontento del otro. Lo mismo ocurre cuando alguien se quiere apartar de alguna de sus posturas, literalmente, se evapora la pequeña gota de tolerancia que tienen. Este podría ser un ejemplo de invulnerabilidad sustituta de la que habla Nussbaum.

En un espectro un poco más complicado, la discusión sobre la legalización o no del aborto en Argentina volvió a revivir la discusión, principalmente moral, acerca de los derechos reproductivos de la mujer. En este desolador panorama se topa uno con posturas contrarias que señalan a quienes defienden la práctica como insensibles e inhumanos, así como también estigmas para quienes se oponen al aborto, también con su buena carga de veneno en las palabras de sus contradictores.

No es que esté mal discutir sobre temas como los mencionados, que además se prestan para discernir de una posición. No obstante, si la finalidad no es convencer al receptor de adoptar la medida que nosotros consideramos correcta ¿qué sentido tiene una discusión? Seguramente que con descalificativos e insultos es imposible lograrlo. Y cuando estamos del otro lado funciona igual, puesto que es un contrasentido intentar convencer sin escuchar lo que el otro tiene para decir, es más, podríamos resultar persuadidos con un buen argumento que plantee el emisor.

Hannah Arendt escribe en su libro ¿Qué es la política? que “la facultad de mirar el mismo tema desde los más diversos ángulos reside en el mundo humano, capacita para intercambiar el propio y natural punto de vista con el de los demás junto a los que están en el mundo y consigue, así, una verdadera libertad de movimiento en el mundo de lo espiritual, paralela a la que se da en lo físico”. El ambiente de restricción de las ideas, según esta línea, resulta ser una práctica malsana para la misma libertad, de ahí la importancia de que los prejuicios queden en un segundo plano y los argumentos pasen a un primero.

La gota de la tolerancia es tan pequeña que gracias al calor de los sentimientos, se desvanece hasta quedar hecha vapor, se esfuma como el humo. La gota debe crecer y llenar el terreno inundable del dialogo y el respeto para lograr dar el primer paso de refundar la civilización y la cultura que sacrificamos con nuestros actos intolerantes. En cuanto a las redes, la discusión seguirá por mucho tiempo dando de qué hablar, esto es, en temas de restricciones a las libertades  por las consecuencias que trae para con los terceros. Lo que sí es cierto es que como enseña el cuento “arreglar el mundo” de García Márquez, primero hay que arreglar el hombre. El resto viene por cuenta propia.