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Librerías de paso

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
31 de agosto de 2018
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
31 de agosto de 2018

 

 

 

Pablo Felipe Arango

 

 

 

 

 

Existe una manera contundente de refutar la idea de que la gente no lee, o no quiere leer. Es muy sencilla: instale una mesa en un lugar público, ponga sobre ella libros, ojalá usados, y anuncie la venta; los transeúntes irán acercándose como hormigas a un terrón de azúcar. No exagero. Los libros así expuestos propician que la gente se acerque sin el temor reverencial que provocan las librerías, los lectores los sienten más cercanos y posibles, no temen preguntar y suponen que el precio es asequible. Los libros puestos sobre la mesa pierden un poco, no del todo, la imagen sagrada que les otorgamos; no se convierten en objetos comunes y corrientes, pero sí se tornan más próximos, al fin y al cabo son ellos –bueno, con la ayuda del librero–, los que han salido a nuestro encuentro. Ve uno entonces cómo los clientes preguntan por el libro imposible que llevan años buscando, por el manual para combatir cucarachas o hacer peinados, por la cartilla de cocina para solteros, por una novela de Vargas Vila o los poemas de Julio Flórez, por la novela del nobel más próximo, o los poemas más melosos de Pablo Neruda, los casi benedettianos. Y aparece también el lector empedernido, ese oculto, que pasa la mayor parte de sus horas sentado en el comedor de su casa leyendo sesudos ensayos o novelas, viviendo a costa de su madre o de algún hermano trabajador, y que tiene la piel blanca, traslúcida, ya carente de cualquier asomo de vitamina D, preguntando por Richard Sennett, claro, suponiendo esperanzado que estará cerca una edición pirata de algún libro de Sacher-Masoch, quizá la misma que dejó olvidada cuando huyó de un antro en la otra esquina de la ciudad.

A veces el parque amanece con dos o tres mesas de esas, se abren espacio en medio de vendedores neohippies. Los lectores van cayendo atraídos por esa miel inexplicable que subvierte todos los supuestos del mercado y de la retórica de la virtualidad y la digitalización contemporánea. Extiende el librero su mercancía y derrumba, sin saberlo, en segundos, las pretensiones de la posmodernidad. Uno de los primeros en llegar soy yo mismo, doy vueltas a las mesas leyendo con lentitud y paciencia los títulos, a la caza de algo especial. Casi siempre encuentro un libro que me emociona, si no, compro otra vez El latín en Colombia de Rivas Sacconi, que curiosamente siempre aparece en las ventas callejeras. Entre tanto, escucho y miro a los demás compradores, de nuevo, cual Joe Gould. La suerte ayuda: un par de jóvenes se acerca a la mesa, uno le dice al otro que quiere un libro para regalarle a la novia. El amigo le recomienda María,parce, regálele María y cuando ella la esté leyendo, usted le dice, tú eres mi María”. El librero, emocionado ante el par de jóvenes a los que se agrega una amiga, se pone serio y les dice con una retórica conmovedora que “María es la obra cumbre del romanticismo colombiano”, que “es una nota, pero que el problema han sido los profesores de colegio que han obligado a leerla”. Se atreve a sugerir además un viaje de la parejita a Amaime para que conozcan “donde fue todo”. Lo mejor sigue viniendo del amigo: “Parce, tanto las descripciones físicas como las metafísicas son una putería”.

Mis vueltas a la mesa estaban pagadas, esa conversación superó cualquier tratado de teoría literaria, y fue en la calle, en medio del humo espirituoso de dos asiduos tempraneros. Kakuzo Okakura sugirió en El libro del té que el primer hombre que recogió una flor para regalársela a su amada se alejó de la bestia, “elevándose por encima de las necesidades groseras de la naturaleza”. No hay casi diferencia entre una flor y un libro.

Seguí con mi revisión en medio del desorden ordenado y fueron apareciendo, al azar, los libros que me esperaban, porque revisar una librería de viejo es dejar que la casualidad defina nuestras lecturas. Una hermosa biografía de Francisco Antonio Zea, Tierrabuena de Jiménez Mejía y en ella un verso de Nicasio Yepes dedicado a un tatarabuelo: “qué bien que toca el violín el Señor Andrés Delgado”. Y una perla que recogí con cierta sonrisa, un libro de poesía del argentino-chileno José María Memet dedicado por el autor: “Para Mario Rivero, estos años en el cuerpo, y esta poesía. Con amistad y con un golpe de dados. Santiago, junio de 2006”. Recordé entonces a Paul Theroux encontrando, en un remate, un libro suyo dedicado a su amigo Naipaul. La amistad como era obvio se hizo trizas. Seguro va mucho, en virtudes literarias, de Naipaul a Rivero; tal vez nada en bellaquería.

 

Manizales, 31 de agosto de 2018.