20 de septiembre de 2021
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A los viejos queridos y olvidados

25 de julio de 2018
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
25 de julio de 2018

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

Recuerdo que hace algunos años, decaído por un pésimo día en la universidad, transitaba por las calles de la ciudad de Manizales. Iba concentrado en mi camino, cuando de repente observé que a mi derecha se encontraba una viejecita sentada en un andén, pedía plata y tenía sus piernas dobladas hacia un lado. No contaba con más compañía que unos cuantos cartones a medio cortar, una bolsa de papel con panes y un viejo y sucio gorro de navidad que hacían juego con sus tristes harapos. Su mirada apagada no entonaba con la sonrisa que me ofrecía, pero trasmitía paz y humildad que era lo que necesitaba yo ese día para aprender a quiénes es que hay que dedicar un lugar especial. Desde aquel momento esos viejos queridos lo ocupan en mi corazón.

A partir de este encuentro, tal vez simple para muchos pero que para mí significó un cambio en la manera de ver el mundo, comprendí cómo se olvidan y hacen a un lado a esas personas que han dedicado su vida a construir el futuro de nuestra sociedad. Por eso es que me afecta sentimentalmente cada acto en su contra, sea cual sea, aún más cuando en la calle residen miles de ellos. Particularmente estos viejos no encuentran lugar alguno en los homenajes y sus nombres empiezan a borrarse de la memoria de sus conciudadanos. Por eso es que dicen que es peor ser olvidado que morir, porque quien muere y es recordado, nunca muere. Ser olvidado, entonces, es morir en vida.

Cuando uno va a la plaza de los pueblos de Caldas, lo primero que encuentra son algunos viejos sentados en bancas del parque o en los cafés de las esquinas. Se dedican a contar los virajes de su vida, tiran su mirada al piso como si el peso de levantarla les generara un perjuicio; observan con esperanza la juventud plena de los niños que corretean a su alrededor. Quisiera uno saber las remembranzas que les produce esta imagen, esa energía que en ellos ya está de más.

Fuertes como los robles, infatigables andarines que voz trémula y altibajos marcados van por las calles contando historias con la misma lucidez de hace tantos años; viejos olvidados y rezagados que nos enseñaron sobre la humildad y el respeto por nuestro mayores; viejos queridos que han dejado huella en la historia de la “espléndida comarca”, ustedes también merecen reconocimiento. Las canas son el mensaje del ajetreo de los años, de la sapiencia que otorga la experiencia. Sus consejos e historias son el camino abonado que poco o nada oyeron y por eso quieren enseñarlo a los jóvenes.

No sería igual la imagen de un parque con viejos en las bancas que sin ellos. La primera impresión de llegar a un pueblo es ver cómo ven pasar la vida sin afán, con la satisfacción del deber cumplido y expectantes para lo que acontezca en el trascurso del día.

Por ejemplo, pocos sabrán que hace unas semanas en mi natal Aranzazu, uno de esos viejitos queridos nos dejó. “me hace el favor” decía con mirada gacha y humildad profunda para pedir una moneda o un atado de panela. Andaba hasta horas de la tarde, de la plaza a la galería, intentando a ver qué recogía.  “debe ser por el frío que no hablan estos muchachos” solía decir cuando la gente no lo saludaba. Su imagen siempre me pareció de humildad y resiliencia, parecía congelado en el tiempo. Desde que tengo memoria lo conocí así: de alpargatas, ruana y sombrero, de pantalón negro y una camisa rasgada que intentaba conservar quién sabe hasta cuándo, parece que hasta su muerte. Como quien dice, un caminante cual arriero por su pueblo.

Pero como expresamos en las líneas anteriores, era de esperarse que su muerte pasara desapercibida. No hacía falta contar las personas en su velorio. De esta manera se nos han ido muchos de nuestros viejos, solos y desamparados, sin un abrazo siquiera como símbolo de cariño en la última etapa de su vida. Decía Elisabeth Kübler-Ross en su bello libro La rueda de la vida que, paradójicamente, son los niños quienes abandonaban este mundo sin prejuicios ni apegos materiales. Esta situación no la viven los adultos, de hecho con ellos pasa totalmente lo contrario. Sin embargo, yo creería que quienes llegan a su etapa de vejez, y gracias a esa capacidad de resiliencia que tienen nuestros viejos, vigías de nuestras calles y parques, ellos también vuelven a ser niños, tal como el comienzo de un nuevo ciclo.

De nuestro amigo nunca supe su nombre, de hecho entre tantas personas que consulté, ninguna lo sabía. No quisiera que el desamparo de los abuelos siga siendo foco del olvido total. Este reconocimiento es vital para conservar su memoria, esa compañía hace más alegre las visitas a nuestros pueblos. En ese sentido, pues, es necesario terminar con esta analogía que a mi juicio grafica mejor que nada el mensaje a compartir:

Así como una casa en familia pero sin mamá se siente vacía, igual ocurre en un pueblo con viejos pero abandonados a la deriva del fatigoso paso de los años. Ellos también fueron queridos, pero tal como se repite en el ciclo de la vida, se encuentran olvidados por quienes hacen fila para que les llegue el momento de serlo.